José Antonio Labordeta - 30/04/15

José Antonio Labordeta

El día de San Jorge, Día de Aragón, en la sede de la Fundación José Antonio Labordeta se reunieron, a lo largo de sesiones de mañana y tarde, unas trescientas personas que, en su mayoría, leyeron textos del escritor y cantautor, un acto muy hermoso. Nuestro colaborador Carmelo Romero leýó este magnífico texto escrito a propósito para el momento:

Hay personas a las que, colectivamente, se las admira; bastantes menos a las que se las respeta; y todavía menos a las que se las quiere. Son muy escasas, mucho, las personas que llegan a aunar la admiración, el respeto y el cariño de una amplia mayoría de la colectividad.
En los escasos casos en los que esto sucede, se trata de personas que no han tenido entre sus objetivos vitales la búsqueda ni de la admiración, ni del respeto, ni del cariño, sino que han tratado de ser ellos mismos; esto es, consecuentes con sus principios, con su forma de entender la vida y el ser humano. Unos principios que suelen coincidir con los más elevados de la mayoría de las gentes sencillas, con los de la mayoría de lo que tradicionalmente se ha llamado pueblo. Principios, incluso, que, de alguna forma, están, o estuvieron en algún momento, en el fondo más íntimo, en el más profundo, de cada ser humano. De todos los seres humanos.

Pienso que la vida de esas personas normalmente no resulta, por decirlo así, cómoda, pues acostumbran a estar en lucha con ellos mismos y con y contra los poderes del medio social en el que viven. En lucha con ellos mismos, pues su sentido de la autocrítica suele ser elevado y su autoexigencia de dignidad incómoda. Y en lucha también con los poderes del medio, dado que la consecuencia con unos principios y la dignidad no acostumbran a ser “compañías agradables” para los Poderes.

Si alguna de esas personas consecuentes, por una parte, es creadora de pensamiento y, por otra, tiene la suficiente generosidad para desparramarlo por medio de algunos, o por todos ellos, de los múltiples canales de comunicación existentes– libros, canción, radio, televisión, o cualquiera de las variadas tribunas públicas- esa persona puede llegar a convertirse en un símbolo.

En un símbolo de consecuencia, de ser consecuente; en un símbolo de lo que individual y colectivamente muchas personas desearíamos ser; en un símbolo de dignidad y de humanismo.

La historia está llena de fracasados. Es decir, de quienes pretendiendo ser consecuentes, o terminaron sucumbiendo ante halagos del poder; o les falto arrojo y tenacidad para permanecer en su empeño; o carecieron de la generosidad que se precisa para no recluirse en su propio yo y, por el contrario, proseguir permanentemente difundiendo y compartiendo pensamiento y creación.

La historia, como decía, está llena de “fracasados”, pero también cuenta con algunos pocos triunfadores. José Antonio Labordeta fue una de esas escasas personas. Una de esas pocas personas consecuentes que no rembló ni ante incomprensiones, ni ante presiones, coacciones ni halagos del poder. Un luchador permanente por los principios más esenciales del ser humano: la libertad, el humanismo y la dignidad. Y un luchador generoso, pues siempre estuvo compartiendo creación y lucha con aquellos que, en el fondo, eran su razón de ser y de su propia consecuencia: las gentes sencillas.

Por ello, ya en vida, se convirtió en un símbolo, especialmente, pero no solo, en Aragón. En “su” universal Aragón. Un símbolo que la distancia del tiempo todavía irá haciendo crecer, agigantándolo aún más, e incrementando la mucha admiración, el mucho respeto y el infinito cariño que ya en vida aglutinó.

Hay que aprender y gozar de las vidas consecuentes; esto es, hay, ciertamente, que seguir aprendiendo y gozando de José Antonio Labordeta.

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