Ciudades y pueblos - 02/03/10

El Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra. Formación del paisaje del Alto Alfambra

A excepción de las cabeceras del Alfambra y del Sollavientos, con prados y frondosos bosques de pino albar, el paisaje del Alto Alfambra se caracteriza por altiplanos fríos y yermos, por valles de cereal y por hileras de chopos cabeceros. Una sensación encoge el ánimo de muchos viajeros. Son las parameras desnudas, los campos en barbecho, los chopos sin hojas… Un paisaje alejado de los encinares, robledales, sabinares y pinares originarios que aún se conservan, aunque en un fuerte estado de regresión. Este paisaje es fruto de una dilatada transformación de los elementos naturales del territorio. Es un constructo cultural de subsistencia, de presión antrópica sobre el medio natural, hijo de una historia en la que se suceden las crisis ambientales.

 

Resulta difícil apreciar cuál fue el impacto de los primeros pobladores, o de las etapas romana, visigoda o andalusí en estas tierras. Sí está más claro en la Edad Media y Moderna, donde la expansión de la agricultura y la ganadería llevó a establecer una estricta regulación sobre los recursos forestales y cinegéticos, que en ocasiones no se respetó, aunque pudiera ser fruto del consenso de monarquía, concejos, sesmas, comunidad de aldeas, ligallos… Existía de fondo una sorda presión sobre los recursos que no cabe atribuir mecánicamente a las capas bajas. Con todo, la regulación de los recursos significó una controlada regresión del medio natural.

El crecimiento demográfico sustentado por la expansión agropecuaria y la explotación de los recursos forestales (“fustas”, carbón vegetal), se vio ampliado por el auge del comercio y transformación de la lana. Aunque la población se redujo a partir del siglo XV y hasta el XVIII no recuperó valores bajomedievales, la presión sobre el medio se mantuvo. Que gran parte de las actuales iglesias y palacios de nuestros pueblos se construyera en esta época nos habla de dicha presión y de las formas que adquirió.

En efecto, con el fin de la época foral tras la Guerra de Sucesión, y en plena crisis de la industria lanera, las clases ricas presionaron a favor de la agricultura en detrimento de la tradicional gestión forestal por cuestión de rentabilidad económica y prestigio, lo que encajaba en los proyectos y mentalidad de la monarquía absolutista y de buena parte de los ilustrados. Es muy probable que la organización del espacio fluvial, con huertas, acequias, molinos y chopos cabeceros, que ha perdurado hasta hoy, se acabase de configurar casi definitivamente en este momento. Pero esto sucedió en un marco de incremento de los procesos de desigualdad social por acumulación de riqueza, que no cesó en el XIX con la implantación del estado-nación liberal y de la propiedad privada.

La expansión demográfica derivada de la disminución de la mortalidad, con máximos de población a finales del XIX y principios del XX, obligó a roturar tierras marginales en extremos inimaginables. Las mejores masías y fincas estaban en manos de escasos propietarios, los únicos —por otra parte— con recursos de capital para invertir en una mejor explotación. La mayor parte de la población debía conformarse con un pequeño pedazo de huerta, unos pocos animales de corral, unos pobres y dispersos bancales de cereal y, con suerte, algún chopo cabecero del que cortar leña y vigas. Fue la última crisis ambiental de este territorio. Esperemos.

Ángel Marco Barea es miembro del Colectivo Sollavientos. Ivo Aragón es miembro de la Plataforma Aguilar Natural.

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