El término “flexiseguridad” empezó a acuñarse en los países nórdicos y Holanda, tratando de responder a las necesidades de un mercado que reclamaba más flexibilidad en la contratación pero sin renunciar a ciertas premisas de seguridad para los empleados. En estas sociedades, el gasto público y la protección social alcanza unos
niveles tan elevados que hacen posible el equilibrio. En nuestro país las organizaciones empresariales esgrimen este concepto ante las narices de los trabajadores, como si de una tentadora zanahoria se tratara, tratando de embaucarles para aceptar una reforma laboral que supone un retroceso muy grave en los derechos laborales. Un importante órdago que la CEOE acaba de lanzar en esta línea es el modelo de nuevo contrato para menores de 30 años. Con una duración de entre seis meses y un año, este contrato para jóvenes incluye el despido gratuito, un sueldo que no supere el salario mínimo de 633 euros mensuales, carece de prestación por desempleo y propone un cero de cuotas empresariales. La sangre de los esclavistas algodoneros del Mississippi bulle jocosamente poe las venas de la patronal. Lo que denominan un “contrato de inserción”, lo es ciertamente. De inserción en la precariedad laboral y social de nuestra juventud. A esto hay que añadir su enconado empeño en reducir el coste del despido para el total de los trabajadores y de seguir “flexibilizando” las condiciones de horarios, movilidad funcional o geográfica. Amén de disminuir los costos de cotización para los contratadores y las prestaciones sociales.

Me queda claro que la primera parte de la filosofía de la “flexiseguridad” ha calado hondo entre el empresariado nacional. Lo que me plantea dudas es lo que planean hacer respecto a la segunda parte. Porque la seguridad, que es indiscutiblemente el motor de la economía, salta por los aires instalándonos en la antesala de la esclavitud. Los trabajadores de Air-Comet ya sufrieron un anticipo de lo que su patrón propugna hacer extensible a todos los asalariados. Díaz Ferrán consiguió materializar, por un tiempo, el ideal que representa: conseguir que sus empleados trabajaran de gratis y, para más gozo, sin abonar las cotizaciones sociales por ellos.
A las trabajadoras y trabajadores de este país se nos exigen grandes sacrificios para superar la crisis. Pero se olvida, deliberadamente, el origen de la misma.
Inmersos en un sistema antropófago de recursos y personas y superado ese breve periodo de inflexión intelectual que supuso el derrumbe de la economía mundial, la cultura neliberal renace fortalecida de la catársis. El miedo insuperable que el fantasma del paro provoca en la ciudadanía juega a favor de sus intereses. Comercian con ese temor y se sienten seguros frente a unos sindicatos desclasados que parecen haber renunciado a ponerse en pie de guerra ante agresiones de este calibre. Incluso los propios obreros empiezan a asumir la inevitabilidad de que la carga de la recuperación económica recaiga sobre el recorte de nuestros derechos. Nos quieren convencer de que “otro mundo”, uno que entendiera las bondades del decrecimiento contra la perversidad del crecimiento ilimitado, no es posible. Devolvernos a aquellos gloriosos tiempos medievales, de señores feudales y siervos de la gleba, sumergiéndonos en la miseria física y moral.
Enfrentarnos al tsunami capitalista sin perder la dignidad ni la cabeza va a ser un difícil reto parra la clase trabajadora. No debemos ser cómplices, ni siquiera tácitamente, de nuestra propia desgracia. Como decía en sus versos Miguel Hernández: “Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente/los que entienden la vida por un botín sangriento:/Como los tiburones, voracidad y diente,/panteras deseosas de un mundo siempre hambiento.”


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