Política - 26/10/15

La represión zarista: la policía política

El principal instrumento de represión que estableció en el siglo XIX la autocracia zarista fue su policía política. No fue la primera. En la época napoleónica Fouché ideó quizás la primera policía política de la contemporaneidad, sentando las bases de un organismo que sería adoptado por muchos regímenes políticos a partir de entonces.

En el año 1821, el zar Alejandro I, temeroso de la llegada de las ideas liberales a Rusia, instituyó la Policía Militar Especial, dedicada a la investigación y represión de los grupos subversivos que comenzaban a aparecer en todo el país, cuestionando la autocracia. Esta policía se esforzó en controlar el mundo intelectual, estableciendo una férrea censura de todo lo que se publicaba. Los grandes autores de la literatura rusa sufrieron dicha censura: Pushkin, Lermontov, Turgueniev, Gogol, Dostoyevski, Tolstoi, o Chéjov. La PME estableció una compleja red de espías, delatores y confidente por todo el Imperio ruso, lo que supone, dada la inmensidad de este Estado, un esfuerzo humano y económico considerable.

Kremlin de Moscú en 1900

Kremlin de Moscú en 1900

Para la policía era un delito tener o apoyar las ideas liberales, nihilistas, populistas, republicanas, socialistas o defender reformas religiosas. También era peligrosa la ciencia o la filosofía porque podían cuestionar el orden establecido. En el año 1850 se prohibió la enseñanza de la filosofía en la Universidad.

La situación empeoró con el asesinato de Alejandro II. Su sucesor instauró un régimen de mayor control y represión. En el mismo año del asesinato y subida al trono del nuevo zar, es decir en 1881, se creó la Okhrana, la policía secreta más eficaz del mundo hasta su desaparición en la Revolución de 1917. El zar Nicolás II reforzó aún más el poder de la Okhrana, ya que se elevó el número de sus integrantes hasta cien mil, y luego el doble después la Revolución de 1905. Se entró en una dinámica terrible de subversión y represión. Aunque en teoría los policías tenían que entregar los detenidos al poder judicial para ser juzgados, con condenas que iban desde la pena capital hasta el encarcelamiento y la deportación a Siberia, en ocasiones, estos funcionarios tenían licencia para ejecutar directamente a los detenidos. La práctica de la tortura era muy común.

En los años previos a la Gran Guerra la Okhrana se extendió fuera de las fronteras del Imperio ruso para obtener información de todos los países porque la mayoría de las organizaciones políticas y sociales contrarias al zarismo tenían sedes o grupos en el extranjero. Su gran éxito fue reclutar para sus servicios a Alfred Redl, el jefe del contraespionaje austriaco.

El último director de la Okhrana, Alekséi T. Vasilev, escribió un libro sobre la policía zarista que en 1941 publicó en castellano Espasa Calpe. Teniendo en cuenta quien lo redactó constituye una fuente interesantísima.

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