Cultura y Sociedad - 07/03/10

Ibrahima en la cueva de los ladrones

Ibrahima es un joven senegalés que también tuvo un sueño. Hace algunos años, su patera impulsada por las fuerzas que combaten a la desesperanza, llegó a las costas de Carpetovetonia. Le habían asegurado que, en esta tierra prometida, podría empezar a cumplir sus anhelos. Que si trabajaba duro en el reino de las oportunidades, algún día tendría la suya propia. Y esperando que ésta llegara, sobrevivía a duras penas vendiendo CDs pirata por las calles zaragozanas. Huyendo de la policía por el horrible crímen de practicar el “top manta”. Sintiendo, en carnes propias, como castigamos por estos lares a los que violan la ley, por muy inhumana o injusta que sea la norma quebrantada.

Actualmente Ibrahima está en la cárcel de Zuera en espera de su expulsión del país. Al delito de vender copias ilegales hay que añadir su condición de “sin papeles”. Esa negación administrativa de su existencia  que cercena, de un infeliz tajo, las raíces del sueño de Ibrahima. Que lo convierte en una sombra, sin más derechos, que el de regresar a la fuerza a su punto de partida. En un ejemplo de cómo actúa la implacable justicia española con los que vulneran las reglas de su juego. 

Pero, ¿es siempre tan ciega y metódica nuestra justicia como lo está siendo con Ibrahima? ¿No les parece que, más que ciega, permanece autista a la realidad social, eludiendo perseguir a los criminales profesionales y cebándose con los más vulnerables? ¿Favoreciendo a los, muchos más de cuarenta ladrones, que han saqueado el botín nacional y que pretenden escaparse de “rositas” gracias a triquiñuelas que transformen en acusado a su principal acusador?

Lo que está sucediendo en la actualidad con el juez Garzón, torpedeado masivamente en toda su línea de flotación, es otro ejemplo de cómo puede llegar a funcionar nuestro sistema legal. Aquí, en el paraíso soñado por Ibrahima, puedes doblegar la ley si tienes los contactos adecuados. Por eso es posible que alguien como Correa, principal imputado en la trama corrupta “Gürtel”, pueda señalar con el dedo al juez que lo encausó, con el objeto de que se llegue a anular el sumario del caso.

Los órganos judiciales del Estado no parecen inmunes a los largos tentáculos de la corrupción. Al menos, se muestran dispuestos a seguir perpetrando alianzas para favorecer a los amigos y sacarles del lío. Toda la batería de acusaciones que asedian al juez Baltasar Garzón no pueden entenderse fuera del contexto del “Gürtel”. De la estrategia común para desactivar el caso, diseñada por los presuntos implicados, salpicados por el asunto y sus “colegas” entre las más altas esferas de los poderes judiciales del Estado.

El surrealismo de la justicia española ha alcanzado tal grado de desfase que resulta fácil criminalizar y castigar a un pobre infeliz como Ibrahima pero imposible investigar un asunto que salpica a todo tipo de personajes públicos relacionados con la política nacional. La persecución contra Garzón por parte de la extrema derecha, a causa de su instrucción sobre los crímenes del franquismo, es solo otra cortina de humo liberada con la única intención de que el sabueso, o sea el indómito juez, suelte la presa que creía tener agarrada entre los dientes, osea el inquietante entramado del caso “Gürtel”.

De conseguir su propósito, los verdaderps piratas del país (nada que ver con los CDs que vendía el muchacho senegalés) saldrán impunes de sus felonías. Habrán burlado las leyes gracias a la colaboración de toda su “cuchipandi”.

Mientras, una esperpéntica réplica de la justicia, acabará con la aventura europea de Ibrahima. Con su experiencia personal sobre lo bien que funciona la democracia y del rasero para medir los delitos que nos gastamos por estos civilizados territorios. Todo un ejemplo.

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