Memorias de un País - 09/03/10

Retomar las raíces. 2.

Memorias de mi padre, Salvador Magallón Lizana 

La acogida de la primera entrega de estos recuerdos fragmentarios de mi padre, me anima a seguir dándolos a conocer.   

Aprovecho también para dar las gracias a quienes habéis escrito los comentarios a la parte anterior, tan cariñosos. Mi padre se alegró mucho al ver que sus vivencias son valoradas.   

Transcurría el año 1918, cerca del fin de la I Guerra Mundial, en la que España no intervino por su conflicto particular con Marruecos. Y en medio de tanto follón bélico, en el mes de octubre se extendió una epidemia de gripe. En esta situación internacional, el dos de noviembre ocurrieron dos acontecimientos importantes: el final de la gripe y mi nacimiento. La gripe dejaba de llevarse vidas pero el más importante, para mí, es que vi por primera vez la luz de la vida; fue en la carretera del Chimo, hoy Ronda Belchite, de Alcañiz, Teruel.  

Nací en una familia de labradores compuesta por mi padre, Matías Magallón Ferrer; mi madre, Tomasa Lizana Torres y mi hermana Eusebia. Victorio, un hermano que nació tres años más tarde que Eusebia, por un descuido de la niñera moriría como consecuencia de unas quemaduras. Cuatro años más tarde nací yo. Y siete años más tarde que yo nació mi hermana pequeña, Pueyos.  

Mi padre vivía inicialmente en una torre llamada de Mosén Blas. A cincuenta metros había otra torre llamada de Matarile en la que vivía mi madre. Mi madre eran 8 hermanos, huérfanos de madre, pues mi abuela había muerto cuando mi tía Esperanza, la menor, era pequeña. De modo que mi madre, Tomasa, al ser la mayor, fue realmente la que crió a todos ellos. Mi abuelo pasó un tiempo buscando novia pero todas salían espantadas al conocer la existencia de tan larga prole. Finalmente se casó con Trinidad, una señora de Cantavieja, en el Maestrazgo de Teruel. Trinidad aportaba una hija al matrimonio, llamada María Escorihuela. Pero el matrimonio duró poco porque el abuelo, tras casarse, murió muy pronto; tal vez un año más tarde, yo no lo llegué a conocer.  

A poco de morir el abuelo, a los 23 años, se casó mi madre. Y el hermano que le seguía, José, al poco tiempo se casaría con María Escorihuela, su hermanastra. A partir de entonces acordarían repartir los hijos entre las dos familias. Mi madre se quedó con Salvador, Francisco y María que, pese a ser mis tíos, fueron para mí mis hermanos mayores. Y con mi tío José se quedaron Antonio, Joaquín y la Esperanza, además de la abuela Trinidad.  

Así era la Ronda Belchite de Alcañiz. Se ve el Horno de Sandalio, con las galerías y, en el centro, la casa donde nací, en 1918.

 

Al pensar en los años aquellos, cuando nací y antes, veo que es tan grande la diferencia de una época a otra, que si vinieran los de la primera sin más explicaciones se volverían a marchar, al ver la vorágine de la vida moderna de hoy.  

Si empezamos por la moneda, teníamos las siguientes: el céntimo, los dos céntimos, los cinco céntimos o ‘perra pequeña’, los diez céntimos o ‘perra gorda’; y el real, que eran 25 céntimos. Todas estas monedas eran de cobre, aunque las de más valor como la media peseta o el pesetón, de dos pesetas, eran de plata. También había de oro, por ejemplo, la isabelina, que tenía la esfinge de la reina Isabel. Y ‘dobletas’. De estas últimas de oro, no llegué a ver ninguna. En papel había billetes de 100 pts., de 500 pts., y aseguraban que también existían de 1.000 pts. Digo aseguraban porque desde luego nosotros no los veíamos.  

A últimos del siglo XIX y primeros del XX, un obrero ganaba 2 pts., por 12 horas de trabajo, eso cuando tenían trabajo, pues en muchas épocas del año se estaba en paro.  

En Alcañiz existía el ‘pago del consumo’, que consistía en hacer pagar la mercancía o género que se traía del exterior. Para efectuar dicho cobro, en los portales de entrada a la población había instaladas unas casetas, en las que unos funcionarios que se conocían como ‘consumeros’ hacían efectivo dicho cobro. Para que el personal menos pudiente economizase algún céntimo había en las carreteras de entrada al pueblo unas ventas en las que se podía consumir más barato. Allí se consumía café, vino, cacahuetes, sardinas, chorizos…  

En la carretera de Caspe, a un kilómetro del pueblo, estaba la venta del ‘Chiriguarach’ o ‘la Venta del Bigote’; en la de Zaragoza estaba “Casa Catalán” y en la de Valdealgorfa, “El Figón”. En las ventas se bebía mucho vino, precisamente porque se economizaban unos dos céntimos por litro. Decían los abuelos que esos litros, ‘en la tripa no pagan’. Se referían, claro, al pago que tenían que hacer a la entrada del pueblo.  

Un caso digno de mención, que contaba mi padre, fue lo ocurrido el año cuatro, 1904 -el año no estoy muy seguro, pero fue a principios del siglo XX. De la fábrica de aceite del vajillero, situada frente a la Glorieta, salieron los obreros en manifestación reivindicativa, cantando lo siguiente:  

 “Salimos hacia la calle,  

todos en gran reunión,  

que rebajen el consumo,  

al pobre trabajador.  

El día 8 de febrero la huelga se declaró  

para ganar nueve reales el pobre trabajador.  

Ya ganamos nueve reales ¡qué barbaridad!  

Cuantos hay que dirán  

que por nueve reales, ya podrán pasar.  

Para comprar aceite, jabón y sal,  

nuestros hijos van descalzos  

ni una palabra más.  

Pobre del pobre, ¿dónde va a parar?  

Lo cargan de leña que no puede más.  

Pobre del pobre, qué barbaridad  

Siempre trabajando  

y a morir al hospital”.  

Todo esto pasó por una carnavalada, sin más consecuencias. A algunos les pareció una broma y no les hicieron caso.  

Ocurrió que unos ciudadanos, cansados de esas trabas, un día se sublevaron, apalearon a los consumeros y quemaron las casetas de recaudación, lo que les llevó a pasar una temporada en la cárcel. Gracias a la intervención de dos senadores de Alcañiz la condena fue corta. Pero este incidente era la expresión de un descontento popular que llevó más tarde a la desaparición de esta forma de recaudar impuestos. Seguramente pasarían a recaudarse por otros medios.  

‘Casa Catalán’ es hoy en día el Restaurante ‘Los Alamos’; ‘El Figón’ desapareció hace unos años; y el año 1995, por motivo del nuevo trazado de la carretera de Caspe, desapareció también la llamada Venta del Chiriguarach o del Bigote.

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