Política - 24/02/16

A cada cual lo suyo

Decía Cajal a los 80 años, que los viejos no deben meterse en política. No lo he hecho, desde hace 40 años, aunque sí he opinado, escrito, hablado. No faltaría más. Ahora llevaba meses sin hacerlo: mucho trabajo y enorme pereza. Comparezco resumiendo algunas sensaciones e ideas sobre esta tremenda coyuntura. Y pido perdón por la tardanza.  Seré breve, telegramático:
PP. Su líder, fijo en su mantra, sordo incluso para los suyos, se obstina en que ganó las elecciones (tuvo el que más votos, que es otra cosa) y en que solo él tiene las llaves de salvación de España. La crónica negra de la corrupción, en sus días más intensos, parece no afectarle, no pasa nada, son los que más y mejor luchan contra ella. Haría bien, aunque espera agazapado ver pasar el cadáver de Sánchez, en darle la mano, ofrecer una abstención que a nada obliga, y facilitar reformas sin amenazar con bloquearlo todo en el Senado. Pero esperar eso es soñar.

PSOE. Pedro Sánchez, tras las vergonzosas presiones de los barones (muchos de los cuales gobiernan apoyados por podemitas) contra Iglesias, intenta armar un gobierno estable y de progreso, si unos y otros le dejan. La campaña de populares, prensa, banca y empresas, Europa, en favor de un «gran pacto» es vergonzosa. Hasta El País se sumó el miércoles titulando un editorial «Propuesta innegociable. El PSOE debe rechazar con contundencia el programa de Podemos». Toda propuesta  es negociable, hasta lo eran
los duelos a pistola. Otra cosa es que, en este juego del mus, se responda a los órdagos con mucha calma y hasta algo de pachorra, que es lo que está haciendo el líder socialista.

Podemos. Muchos que no les votamos agradecemos la capacidad de poner el país patas arriba, creíamos que ya no veríamos nunca otra cosa. Buenas sus críticas a la vieja política, la apuesta por un claro cambio constitucional, la sensibilidad hacia el tema catalán y hacia los parados y necesitados. Son en ello los únicos, en Madrid, y se les acusa con un odio que espanta, repetida y falsamente, de «querer romper España» cuando quizá la única posibilidad de resolver ese damero maldito sea plantear bien esa consulta en que todos puedan igualmente defender posturas. Luego, ha llegado la hora de la teatralización, la provocación, la impaciencia, la ambición shakespeariana. Porque los tiempos y las formas de la vieja política siguen mandando, con una increíble lentitud, y no se puede mojar la oreja de quien esperas acepte parte de tus propuestas.

Ciudadanos. Muy prudentes, procurando llevarse bien con todos menos con sus rivales principales (Podemos) a los que rechazan con la misma energía que son rechazados. Pueden ser clave de una jugada maestra integradora, al final, o quedarse compuestos y sin boda, o abocar todos, tan tercos, a nuevas elecciones. La gente está cansada, harta de tanta tramoya y tanto ir y venir a la Zarzuela y al Congreso, declaraciones, rumores, desmentidos. Y es posible, y sería terrible, que las abstenciones, y más a fines de junio, fueran muy grandes. Malo. Lo que muchos esperamos es que Ciudadanos, que parece ha negociado a fondo y rápido, acepte cierta forma de colaboración de Podemos (tripartito, abstención de unos u otros), y sea correspondido del mismo modo.

Izquierda Unida. A todo el mundo le resulta respetable y amable la figura del joven Garzón, por su mesura, razonabilidad, discreción. Él decía hace poco: «No me quieran tanto y vótenme». Es bochornoso que la larga y no tan perfecta transición haya mantenido la férrea limitación electoral fundamentalmente anticomunista (los viejos y caducos padres del PSOE le temían más que al pedrisco), y que cuando todavía mantienen casi un millón de votos eso se traduzca en dos diputados, mientras en otros partidos y circunscripciones son docenas.

Todo este largo, recurrente, aburrido proceso, ante el que los medios están aguantando con un seguimiento modélico (salvo los voceros de siempre, cabeceras y columnistas o tertulianos), tiene una virtud: ha hecho que millones de ciudadanos hayan vuelto sus ojos y oídos, sus mentes y sus sentimientos, de nuevo hacia la política, que parecía asunto solo de unos miles de diputados y concejales. El paso dado en unos meses es asombroso: la propiedad con que muchos, bastante informados, hablan de unos y otros asuntos, el interés, la pasión incluso. Con dos riesgos graves: uno, que si esto no termina pronto y bien, el repudio puede generalizarse e incluso llegar a plantearse posturas preautoritarias, y ya me entienden. Y el otro, que nunca había visto, ni siquiera en el tardofranquismo, hablar de los otros, de partidos considerados adversarios, con tanta crispación, tanto odio. Estoy asustado.

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