Historia y Política - 03/03/16

El azúcar y Napoleón

Las guerras, el bloqueo de la marina británica y el propio bloqueo continental decretado por Napoleón tuvieron una consecuencia harto interesante en la historia de la alimentación humana en su vertiente más dulce, es decir, en relación con el azúcar, o más bien, con otra forma de producirlo que no fuera a través de la caña. Las distorsiones del comercio provocadas por este conflicto generalizado de las guerras napoleónicas provocaron una evidente escasez del azúcar que llegaba de las Antillas.

Había que buscar otra forma de hacerse con un producto ya imprescindible en la dieta europea. La necesidad estimuló la imaginación y la investigación. Se trabajó en la extracción del azúcar de la uva y se llegó a elaborar pan de azúcar extraído de esta fruta. Napoleón recompensó a su autor en 1810 y se ordenó la creación de fábricas. Pero, aunque algunas se levantaron, este procedimiento industrial quedó casi al instante sobrepasado y abandonado por otro modo mejor para obtener azúcar. Nos referimos al azúcar de remolacha.

En el pasado había habido algunos intentos de obtener azúcar de la remolacha pero no habían prosperado, seguramente porque el azúcar de caña había ocupado todo el mercado. Se sabe que ya en tiempos tan alejados como los de Enrique IV se había descubierto que la remolacha cuando se cocía producía un jugo parecido al jarabe de azúcar. En el siglo XVIII, un químico de Berlín había podido aislar el azúcar de la remolacha y publicó sus descubrimientos. Este método llegó a la práctica unos años después cuando Charles Achard montó una fábrica en la Baja Silesia, pero los elevados costes terminaron con la experiencia industrial. Eso no quiere decir que el método no fuera válido. Prueba de ello es que los británicos al comenzar el siglo XIX le ofrecieran una elevada cantidad para que renunciara a seguir experimentando con el procedimiento, algo que el sabio, que era origen francés, rechazó categóricamente.

Benjamin Delessert

Benjamin Delessert

Las circunstancias descritas al comienzo del artículo, es decir las necesidades espolearon el ingenio. Benjamin Delessert y su subordinado Queruel dedicaron cuatro años a estudiar cómo sacar azúcar de la remolacha. En enero de 1811 Delessert anunció al gobierno francés que lo había conseguido. Dada la importancia del asunto el emperador fue informado inmediatamente. Napoleón en persona probó los panes de azúcar y condecoró a Delessert con la Legión de Honor, además de con un título imperial.

En 1812 el ministro Chaptal elaboró un informe sobre el azúcar de remolacha y, en consecuencia, Napoleón publicó un decreto por el que se establecían escuelas de química para la elaboración del azúcar de remolacha, además de ordenar la plantación de remolachas en distintos terrenos. Además, se concedieron licencias de exención de impuestos por cuatro años a los fabricantes que produjeran una determinada cantidad de kilos de azúcar en bruto. También se ordenaba la creación de cuatro fábricas. El emperador quería que el azúcar francés de remolacha fuera igual que el colonial, es decir blanco, por lo que había que emplear la remolacha forrajera frente a la roja, aunque ésta era más rica en contenido pero, claro está, generaba azúcar rojo.

El estímulo gubernamental tuvo una primera consecuencia evidente: el aumento del cultivo de la remolacha en Francia. Algunos personajes importantes del momento se dedicaron a promocionar su cultivo. En este sentido, fue fundamental el papel que jugó Jean Baptiste Drouet, que había estado en el arresto de Luis XVI y que había pertenecido a la Convención y después había entrado en la administración imperial. Drouet se empeñó en llenar de campos de remolacha el departamento del Marne y también en Champaña.

Al terminar la época napoleónica Francia tenía casi noventa azucareras que refinaban el azúcar de remolacha, produciendo miles de toneladas. El problema vendría cuando, al terminar las guerras, el azúcar americano de las plantaciones regresó al mercado, desatándose una verdadera guerra entre los dos azúcares en Francia, entre los plantadores y las refinerías de remolacha.

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