Cultura y Sociedad - 13/03/10

Sangre y arena española

Al contemplar la posibilidad de prohibir las corridas de toros en su territorio, el Parlament de Catalunya ha provocado las iras de aficionados, intelectuales, personajes de la farándula, toreros, apoderados, ganaderos y un largo etcétera de personas que dicen amar este espectáculo y lo defienden desde el punto de vista de la estética, de la tradición o simplemente como un actividad que genera pingües beneficios económicos. A todos estos hay que sumar a los oportunistas políticos y a los anticatalanistas, que han visto en este asunto la posibilidad de utilizar lo que se denomina «la fiesta nacional», como una seña de indentidad patria frente a los bolcheviques y nacionalistas que atacan las corridas con el único fin de desmembrar y desestabilizar a este país. Ya saben, a esa unidad de destino en lo universal (sea lo que fuere lo que signifique esta definición joseantoniana) que es España, cuya bandera responde con sus colores al rojo de la sangre derramada sobre la arena gualda de la plaza.

Este ha sido el motivo de que, desde lo más profundo de la caverna derechista, hayan surgido garantes de la «fiesta» como doña Esperanza Aguirre, Camps o Valcárcel que la han ascendido a la categoría de «bien de interés cultural» en sus respectivas comunidades tildando de antiespañolismo a sus detractores. El olor de la sangre ha debido despertar su instinto para sacar tajada de la polémica y desviar así la atención de otros asuntos más escabrosos.

Pero al margen de la manipulación populista que se hace sobre la cuestión desde algunos sectores, deberíamos hacer un análisis más profundo. Una reflexión más digna de una sociedad evolucionada y sensible (como se supone que es la nuestra) sobre los mitos en los que se apoyan sus enfervorecidos defensores.

El mito del «toro bravo». Un animal, según los protaurinos, agresivo por naturaleza y dispuesto siempre a atacar que en realidad solo se trata de un rumiante que intenta escapar de la plaza para que le dejen pastar en paz.

Para que su agresividad aflore, el toro es torturado e irritado previamente. Ya en la plaza, y por si aún permanece pasivo, se pica con una garrocha que abre sus carnes para pasar luego a la «suerte de banderillas» y arponearle, repetidamente, con las puntas de acero de estos utensilios. ¿No intentaríamos cualquiera en su lugar revolvernos un poquito?

El mito del torero que se juega la vida. Esa imagen del valiente matador mirando directamente a la muerte en los ojos de la bestia, pierde fuerza cuando se conoce la «preparación» a la que se somete al astado para disminuir los riesgos que pueda sufrir el diestro.

El mito de que, sin corridas, los toros bravos correrían la misma suerte que el resto del ganado bovino disminuyendo su calidad de vida. Los antitaurinos, no solo pretendemos abolir la crueldad de las plazas de toros. Es el planteamianto global de nuestras relaciones con todos los animales lo que subyace en este debate.

Minimizar su sufrimiento nos convertiría en auténticos mamíferos evolucionados. En seres desarrollados, más allá de nuestro neocórtex de lagarto, capaces de empatizar con otros seres vivos. Incluso con los de nuestra propia especie.

No hay nada de cultura ni de grandeza en disfrutar del sádico ensañamiento con otra criatura. Más bien nos envilece y aleja de la mayor cualidad que nos hace humanos: la compasión.

Esa es la única seña de identidad común a la que quiero sumarme. La de un pueblo capaz de desterrar sus tradiciones más bárbaras, para abrirse paso a la cultura del respeto por todas las formas de vida. Algo de lo que, de verdad, podríamos sentirnos orgullosos.

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