Historia y Política - 03/02/17

La recuperación de Híjar por la columna “Ortíz”

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Antonio Ortíz Ramírez

 

 

 

El periódico “Solidaridad Obrera”, de tendencia anarquista y publicado en Barcelona, envió un corresponsal para dar cuenta de las vicisitudes bélicas en el frente de Aragón, que trataban de recuperar Aragón para el gobierno de la República, que había sido ocupado por las tropas golpistas. A tal efecto vino un corresponsal, Alfonso Martínez Rizo, maestro e ingeniero, y anarquista, el cual va a enviar una serie de crónicas tituladas, “De Barcelona a Zaragoza”, que nos permiten conocer la entrada y las primeras actividades de las tropas republicanas en Híjar, en los últimos días de julio de 1936.

El susodicho corresponsal escribió una crónica desde Híjar con fecha de 1 de agosto de 1936, en “Solidaridad Obrera” apareció el 6 de agosto de 1936. Es harto interesante. Sólo voy a presentar una breve síntesis.

“El miércoles día 29, ocupamos pacíficamente, como ya he relatado el pueblo de Híjar, y por la noche hicimos varios proyectos que deberían tener realización el día siguiente. ( La crónica de la ocupación no apareció en “Solidaridad Obrera”, lo cual puede entenderse que, o se perdió, o no se publicó).

Pero en la guerra eso de formar planes es solamente un pasatiempo, ya que lo imprevisto tiene una fuerza decisiva enorme.

            El día siguiente, jueves 30, como si hubieran querido celebrar el número el grupo de los Treinta decidió por cuenta propia, aunque con autorización del Comité revolucionario local, avanzar sobre Azaila para ocupar dicho pueblo.

            Salieron muy de mañana y mientras nos desayunábamos, escuchamos violento fuego de cañón, con el que fueron recibidos los expedicionarios. Inmediatamente enviamos otro camión con veintitantos hombres para apoyar su retirada y apenas acababan de salir, cuando me dirigía a La Puebla con Domínguez en su coche verde, nos enteramos que los Treinta ya se habían retirado, abandonando su camión rojo y perdiendo ocho hombres.

            Intentamos avisar al segundo camión de que era innecesaria su salida, pero ya era tarde. Acudió a Azaila y se batió valientemente. Lo recibieron con tiros de pistola y cuando estaban más confiados, abrieron fuego de ametralladora y cañón; y tuvieron varios heridos.

            Los Treinta-¡vaya nombrecito!- reducidos ahora a  veintidós, es un grupo inquietante. Obran siempre por cuenta propia y es difícil contar con ellos en un plan orgánico. Ellos hacen su aprovisionamiento con independencia del resto de las fuerzas, lo que les conduce a procurar siempre entrar los primeros en las nuevas posiciones ocupadas. Son valientes y decididos; y recuerdan por su independencia bravía, a los guerrilleros de la Independencia. Pero son también alborotadores y exigentes; compañeros de pelea algo molestos. Hasta hay quien los encuentra sospechosos. El caso es que pagaron en Azaila una importante contribución de sangre.

Con Domínguez  marché en su coche verde a Caspe, pasando por La Puebla.

            En esta posición está el batallón de Infantería de Alcántara, con el que las milicias guerrilleras no acabamos de entendernos. Hay allí, además, 14 cañones que prestarían entre nuestras manos efícaces servicios, pero de los que el comandante no consiente en separarse ni un solo momento.

            A Caspe fuimos a llevar dinero; once mil y pico pesetas en billetes de banco, plata y calderilla; y treinta y tres monedas de oro, además de objetos de plata y oro de ley con un peso total aproximado de dos kilos.

            Estos valores han sido requisados en iglesias y conventos, así como en los edificios abandonados por los fascistas fugitivos. Además, los prisioneros enemigos que, tras de las oportunas averiguaciones, no resultan merecedores de la pena de muerte, son castigados con crecidas multas. Esta guerra la han de pagar los ricos.

            Tuvimos noticias de que durante la semana en que los fascistas dominaron estas tierras, salió de este pueblo un camión para recorrer los próximos con un cargamento de muchachas bonitas, que iban extendiendo el brazo como para ver si llovía, haciendo propaganda del fascismo con ese saludo ritual tan ridículo.

            García Miranda consiguió averiguar el domicilio de dos de ellas y les hizo una visita.

            Las chicas, de unos quince años, eran bravías.

            -Nosotras somos fascistas- le dijeron- y lo tenemos a mucha honra. Puede usted fusilarnos si quiere.

            -Nosotros no fusilamos criaturas. Como volváis a meteros en esos trotes, el castigo que os daré será levantaros las faldas y propinaros una ración de azotes, y no seáis idiotas. Vuestro fascismo debe proceder de que habrá venido aquí algún pollo, pera ondulado y os habréis enamorado de él.

            -No nos íbamos a enamorar de usted que casi no le quedan dientes.

            -No me preocupa eso, ya que bien pudiera ser vuestro padre. Vosotras sois dos criaturas inconscientes y no es posible tomaros en serio. Pero vuestro padre que se ande con cuidado.

            Entérese el lector, por este relato, de que a pesar de la sangre derramada por dolorosa imposición de las circunstancias, no somos fieras sanguinarias. Somos revolucionarios que hacemos la guerra pero, independientemente de esta modalidad circunstancial, somos anarquistas y, por lo tanto, humanitarios.

            Ayer, viernes, día 31, intervine en la requisa de un convento de monjas. Fue encargada del servicio gente de confianza, a la que me sumé curioso. Se trataba de un caserón enorme en el que las monjitas se daban la gran vida y en el que recorrimos todas las habitaciones y abrimos todos los cajones y armarios recogiendo cuanto encontramos de valor y destruyendo cuanto considerábamos pernicioso, pero respetando cuanto podía tener alguna utilidad. Nosotros no somos vándalos que gozan con la destrucción. Había allí mucha roña pidiendo ser arrojada por los balcones a la calle. Y nos cansamos de arrojar cuadros religiosos e ídolos, tras de requisar, para entregarlos al Comité, algunos objetos de metales preciosos y unas pocas monedas encontradas en los cepillos.

            Entre tanto, otras iglesias ardían. Después se hizo un gran montón con todos los documentos del Archivo Municipal, y aún está ardiendo y hay para días. El Registro de la Propiedad ardió también íntegramente. La bandera roja y negra flamea gloriosa, presenciando estas cosas tan buenas.

 

“Solidaridad Obrera” del mismo día 6 de agosto de 1936, la crónica de Alfonso Martínez Rizo lleva la fecha de 2 de agosto, enviada desde Albalate del Arzobispo, vuelve a proporcionarnos jugosos detalles de estos primeros días de las tropas milicianas en Híjar.

 

“El viernes, día 31, nos visitó en Híjar el camarada Ortiz, jefe de la segunda columna a la que pertenecemos.

            También recibimos la visita de numerosas tropas de infantería de Tarragona. Se trata de otra columna organizada en dicha capital con preponderancia de infantería y carabineros y que se encuentra en Alcañiz. A ella le corresponde, dada su línea de avance a nuestra izquierda, ocupar Belchite, donde el enemigo tiene reconcentrada numerosa fuerza, tratando de hacer de dicha posición, el último baluarte de la capital de Aragón.

            Estas tropas que nos visitaron el día último del mes, se presentaron muy uniformadas y disciplinadas, montadas en autocares, atentas a los toques de corneta y luciendo todos en la manga, cual si se tratase de un nuevo detalle del uniforme introducido por las circunstancias en el reglamento de uniformidad, sendas banderitas  catalanas y tricolores.

            Contrastaba detonantemente su aspecto con el nuestro desharrapado. Sus colorines, con la severidad del negro y rojo que todos ostentamos. Su disciplina militar con el sustituto que hemos sabido encontrarle en nuestro entusiasmo.

            Unos oficiales se acercaron a nuestro grupo.

            -¿Alguno de ustedes es militar?, preguntó un teniente.

            -Yo soy el capitán García Miranda.

            -¿Y cómo no viste usted de uniforme?

            -Mi uniforme es éste- respondió señalando los cintajos rojos y negros que pendían en su pecho.

            -Si hubiese usted llevado insignias, me hubiese cuadrado ante usted y le hubiese dicho: “a la orden de usted, mi capitán”.

            -Entre nosotros-respondió Miranda- no hay capitanes, sólo camaradas.

            -Ni órdenes-añadí yo.

            Después se manifestaron síntomas de razonamientos por cuestión de jurisdicciones. Nosotros únicamente acatamos las órdenes del Comité de Barcelona al que los de Tarragona parecen poco dispuestos a acatar. Con ellos hay un diputado de la Generalitat que constituye un elemento directivo. Logramos convencerles de que en Híjar no había más autoridad que la nuestra. Si querían alojamiento, se lo facilitaríamos nosotros… Optaron por marcharse, cantando los soldados el himno militar de su regimiento.

            Cuando salimos de Barcelona hace pocos días, aunque a nosotros nos parezca larguísimo el tiempo transcurrido, el jefe de estación de Reus nos manifestó que las autoridades de Tarragona, deseando auxiliarnos, habían puesto en libertad a todos los presos detenidos por delitos comunes y los habían enviado sin armas a incorporarse a nuestra columna. Y el jefe de la estación los tenía encerrados en el tren, porque habían armado peleas con navajas y estaban algunos heridos. Claro es que no aceptamos tan peregrina ayuda y los volvimos a enviar a la capital de la provincia.

            En Lérida también han organizado una columna que parece haberse puesto con la mandada por Durruti. Y también tenemos entendido que hay otras columnas procedentes de diferentes puntos de España.

            Terminamos el mes de julio actuando de bomberos. Motivado por causas que se ignoran, se inició un incendio en una magnífica casa, confiscada a uno de los fascistas más caracterizados de Híjar. Nosotros somos entusiastas incendiarios de iglesias, de archivos y de registros de propiedad, pero solamente destruimos los nidos de alimañas y los sustentáculos de la autoridad y de la explotación capitalista.

            Así es que, iniciado el fuego, aunque no había peligro alguno de desgracias personales, ni de que el fuego prendiese en otras casas por tratarse de un hotel aislado, nos consagramos con todo entusiasmo a la tarea de apagarlo y el edificio se salvó de las llamas con los ricos muebles y toda una lujosa instalación doméstica.

            Si en Híjar hubiese siquiera semillas de nuestros idealismos, estaría ese local indicadísimo para instalar en él un Ateneo racionalista o un Grupo Escolar.

            El día siguiente, ayer día primero de agosto, salimos por la mañana a ocupar Albalate, como os lo contaré en la próxima crónica, o tal vez en dos consecutivas, por tratarse de algo sumamente interesante que me causó vivísima impresión.

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