Cultura y Sociedad - 15/02/17

Homenaje a Alberto Gil Novales

El día 8 de febrero se dedicó en el Instituto de Estudios Altoaragoneses un homenaje al fallecido historiador Alberto Gil Novales. Presentó el acto el Vice-Rector del Campus de Huesca y coordinador del Centro de Estudios Costistas del IEA, José Domingo Dueñas, y hablaron el director de las Prensas Universitarias de Zaragoza Pedro Rújula, el hermano de Alberto, Ramón, escritor premio Aragón, y nuestro compañero Eloy Fernández Clemente, que al haber escrito su intervención nos la puede ceder.

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1, Gil Novales

Gil Novales ha sido y sigue siendo en su obra, uno de nuestros grandes maestros del costismo, en la estela de Cheyne, Alfonso Ortí y Cristóbal Gómez Benito. Altoaragonés de 1930, prestigioso catedrático de Historia contemporánea, además de esa vertiente de gran costista, es el gran experto sobre la primera mitad del XIX, director de la acreditada revista Trienio durante más de treinta años, ha estudiado como pocos esa época, también para Aragón. Sobre eso hay especialistas que hablarán con toda precisión aquí.

Supe pronto de Alberto Gil Novales, hace más de medio siglo. Al documentarme para preparar la entrevista que le hice a Gabriel Marcel en el Ateneo de Madrid, pude conocerle, indirectamente todavía, en un momento en que, tras sus estudios en Alemania y un tiempo como profesor en los Estados Unidos, regresaba a España ese mismo año 1964. Autor ya de Las pequeñas Atlántidas (Barcelona 1959), Derecho y revolución en el pensamiento de Joaquín Costa (Ediciones Península, 1965), y pronto Antonio Machado (Barcelona 1966), había realizado precisamente la traducción del libro Filosofía concreta, de Marcel, para la editorial de Revista de Occidente, en 1959. Y la suya fue mi principal guía para una entrevista que, en aquellos tiempos, me pareció toda una hazaña, y la publiqué con todos los honores y un par de buena fotos en la revista El Pilar.

Eran aún escasos los estudios renovadores sobre Costa, en años en que las cosas comenzaban a cambiar. Pero ese nuevo impulso llevó al notario altoaragonés Alberto Ballarín a sugerir a TVE un debate sobre nuestro autor en Prado del Rey, en la serie de Historia España en llamas, vaya título, y a proponer que me incluyeran en él. Recuerdo que estaba también Gil Novales, y recuerdo la comida a la que luego de la grabación nos invitaron en el legendario restaurante Mayte Commodore, donde la propia Mayte nos atendió desviviéndose, como hizo también con un comensal de otra mesa, a quien reconocí y con quien luego he tenido bastante trato, Juan Velarde.

Pocos años después, cuando comencé a acudir a los coloquios de Pau organizados por Manuel Tuñón de Lara, le encontré, en la plana mayor de historiadores ya prestigiosos entonces como el P. Casimiro Martí, Jacques Maurice, Eugenio Lasa, Antonio Calero, Manolo González Portilla, Manuel Aragón, Jean-François Botrel, Robert Marrast, Juan Luis Guereña, etc.,  y, oh sorpresa, el mismísimo Juan Velarde, siempre fiel al régimen de Franco pero también en la cordial frontera con los opositores que consideraba civilizados. Alberto acudía desde Barcelona, junto con los jóvenes Lola Albiac y José-Carlos Mainer. Y repitió, como yo cuando pude, en años sucesivos. También, poco después, nos encargó Tuñón para la colección que dirigía en Siglo XXI, un libro a cada uno: hice en 1975 el Aragón contemporáneo, y él en 1980 El Trienio.

Con esos buenos lazos, logré que colaborara en la GEA, junto con otras firmas ilustres de Madrid que iban enviando puntuales sus trabajos: Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Martín Almagro, Manuel Alvar, José Luis Lacruz, Eduardo Martínez de Pisón, Juan José Sanz Jarque y otros catedráticos, académicos, investigadores, o eruditos.

Unos años más tarde, el gran historiador y querido colega Julio Valdeón, catedrático de Historia Medieval en Valladolid, que dirigía la Editorial Ámbito, me llamó pidiendo le hiciera una introducción a la reedición por provincias del mítico Diccionario… (1845-50) de Pascual Madoz, en una monumental colección que dirigía y que salió en 1985. Habían negociado con la DGA la edición desagregada de los relativo a Aragón, en tres tomos. Me encargaba introducir el de Teruel, y se ocuparían del de Huesca, Alberto Gil Novales y del de Zaragoza, Carlos Forcadell. Nuevas coincidencias.

En cuanto al costismo, Alberto es autor de libros y artículos muy importantes sobre Costa, desde su pionero sobre el Derecho hasta varias cuidadas reediciones de libros del montisonense, o la recopilación de textos tan importantes como de difícil hallazgo como Obra política menor (1868-1916). También recopiló los Ensayos sobre Joaquín Costa y su época de George J. G. Cheyne. Y un muy atractivo volumen reúne sus Escritos costistas durante medio siglo, artículos difíciles de encontrar, o desconocidos, que uno imagina escritos a mano, con caligrafía impecable, de lo fino que hilaba el profesor, sus hallazgos, sus reflexiones, sus meditadas propuestas.

Tuvo un destacado papel cuando en 1981 comenzó a editar Guara una colección muy pulcra dirigida por Cheyne, que recogía su obra [principal], en doce tomos con introducciones y notas de expertos como él mismo, Lorenzo Martin-Retortillo, Carlos Serrano, Jesús Delgado, Cecilio Serena, Juan José Gil Cremades, José Luis Lacruz Berdejo, Elías Campo Villegas, y el propio Cheyne.

Acudió, cómo no, al encuentro en Huesca en 1983, en que la foto refleja el “estado de la cuestión” humana del costismo. Se celebraba la compra por el Gobierno de España y su traspaso al Archivo Histórico de Huesca, de ricos fondos de Costa procedentes de una subasta. Acudieron al frente de las familias el nieto Alfonso Ortega Costa (cuya presencia nos impresionó a todos, de tanto como se parecía al abuelo), y el sobrino nieto José María Auset Viñas, y su hijo J. M. Auset Brunet. Y los estudiosos de asuntos políticos y jurídicos (Gil Novales, Lorenzo Martín-Retortillo, Jesús Delgado, Alfonso Ortí, Carlos Serrano, Jacques Maurice y yo mismo) o culturales (A. Sánchez Vidal, J-C.Mainer, Fermín del Pino).

En abril de 1985 participó en una serie de actos que el consejero de Cultura había acogido y apoyado: un Simposio en Letras sobre el s. XVIII, con una visita a la Zaragoza y un concierto de González Uriol. A los colegas aragoneses (la propia Albiac, Forcadell, Ferrer Benimeli, Olaechea, Gil Cremades, Andreu, yo mismo), se unieron los que venían de Madrid (Gil Novales, Aguilar Piñal, Caso), y un plantel francés de primera línea: François Lopez, René Andioc, Gerard Dufour, Lucienne Domergue, Guy Mercader. Alberto acudía siempre a toda llamada, no se hizo nunca de rogar. Llegaba con su aspecto de grandullón sabio y humilde, correcto, tímido, siempre con todo muy preparado.

Estudió años más tarde, e hizo una muy pulcra edición de la costiana «Historia crítica de la Revolución Española», de que recuerdo hice respetuosa y cariñosa reseña en los Anales, renovados en este Instituto tras la adscripción de la Fundación J. Costa. No tuve mucha suerte, en cambio, cuando en 1994, hice gestiones para ver si era posible una coedición de un libro de Alberto con el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Su directora, la catedrática y académica Carmen Iglesias, me llamó, muy afectuosa, para decir que les parecía muy bien, pero que con el presupuesto cerrado hacía tiempo, debería ir en el de 2004, lo que no obstaba para que se fuera preparando la edición en 2003. Y no esperamos.

La fecha de nuevo emblemática fue 1996, con muchas publicaciones, ya que en ese noviembre, el Ateneo de Madrid, en que Alberto tuvo cargos y sobre todo fue siempre muy respetado y estimado, organizó una serie de actos en el 150 aniversario del nacimiento de Costa. Tres mesas redondas convocaron, entre otros, a Jacques Maurice, Alfonso Ortí, Gómez Benito, Gil Novales, A. Ballarín, A. Díez Torre, Jesús Delgado, Lorenzo Martín-Retortillo, María Rivas, Fermín del Pino, V. Bielza… y a mí mismo; y se presentaron varios nuevos libros sobre el tema.

Vida muy productiva la suya, sobre todo en el terreno del Trienio, que le hizo más conocido en la historia de España del XIX, su laboriosidad, su inteligente  acción, su bonhomía, le merecieron en 2001 un libro colectivo en su homenaje, Sociabilidad y liberalismo en la España del siglo XIX, con participación de muy prestigiosos historiadores como Francisco Aguilar Piñal, Jean François Botrel, Jean-Louis Guereña, Jean-René Aymes, Lucienne Domergue.

En 2011, hubo entre otros programas con motivo del centenario de la muerte de Costa, un debate grabado en la UNED por iniciativa de Gómez Benito, una especie de mesa redonda con él, Ortí, Gil Novales y yo. Y se organizó una comisión de ateneístas «costistas» para estudiar la presencia de Costa en esa institución (Alberto Gil Novales, Alfonso Ortí, Germán Gómez Orfanel, Julián Sauquillo y otros). Y la IFC También editó una interesantísima colección de Escritos costistas de Alberto Gil Novales desperdigados durante medio siglo, difíciles de encontrar, o desconocidos.

En el número 10 de la Revista de Andorra, dirigí e introduje un dossier sobre los libros de Joaquín Costa y logré breves pero magníficas colaboraciones de (por orden de aparición): Rafael Bardají, Juan Carlos Ara, Alberto Gil Novales, Jesús Delgado Echeverría, Agustín Sánchez Vidal, Ramón Salanova Alcalde, Fernando García Vicente, Cristóbal Gómez Benito, Guillermo Fatás, Carlos Forcadell, Alfonso Ortí, Lorenzo Martín-Retortillo, Vicente Martínez Tejero, Víctor Juan y José-Carlos Mainer.

Pero además del costismo nos han unido otros asuntos. Por ejemplo, el iberismo, tema del que él publicó dos artículos muy interesantes sobre el iberismo en Costa. Colaboró en varios encuentros y publicaciones en Lisboa, y en la excelente revista Ler História, dirigida por la Dra. Pereira desde que la fundara en 1983, colaboramos ambos junto a un puñado de españoles como Nicolás Sánchez-Albornoz, Jaume Torras, Pedro Ruiz Torres, Ramón Villares, Rosa Congost, Jordi Canal, Luis Alonso, Nuria Sales, Pedro Rújula, o grandes hispanistas como Pierre Vilar.

En fin, nos unía en cierto modo, como ocurre aquí ahora mismo, su hermano Ramón, el gran escritor, que colaboró generosamente en Andalán con los Apuntes biográficos; o su texto en un extra sobre Aragón y Cataluña, y su presencia, convocado por Joaquín Ibarz en una mesa redonda con Pepe Lera, Esteban Cerdán y Miguel Soláns; o su exquisita una serie de semblanzas sobre emigrantes en Barcelona. Ibarz le hizo una buena entrevista, le publicamos unas Galeradas…, escribió Clemente Alonso sobre su novela La baba del caracol, en mi opinión la gran novela de la emigración aragonesa a Barcelona. Y, no en último lugar, nos une que fue designado premio de las Letras Aragonesas en 2008 y yo lo había sido, el primero de la lista, en 1995.

Vuelvo a Alberto, sabiendo que hablar de su hermano le hubiera llenado de gozo, en esta sesión en su recuerdo y homenaje. Terminaré con las palabras mías que destacó Antón Castro en Heraldo cuando redactó una cuidada necrológica: “«Creo que Alberto Gil Novales escribía a mano tanto física como mentalmente. Era reflexivo y perfeccionista: pensaba mucho todo lo que decía. Era un erudito, educadísimo, afectuoso, riguroso y claro». Por eso le leímos, escuchamos, seguimos, quisimos.

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