Cultura y Sociedad - 03/03/17

Otro fantasma recorre Europa: el de la desigualdad

Son crecientes las tensiones dialécticas entre los economistas occidentales defensores del duro modelo actual de capitalismo, y quienes, desde perspectivas procedentes de un marxismo heterodoxo y renovador, analizan el más grave problema que hoy acosa a Occidente: la creciente y escandalosa desigualdad entre los muy ricos y la masa de clases medias empobrecidas y clases trabajadoras con salarios basura o en paro. A él dedicó en estas páginas un excelente artículo el profesor Vicente Pinilla y quiero continuar esa reflexión.

En mis clases de Historia económica que durante cuarenta años impartí en nuestra Universidad, solía decir, además de hacerle justicia evocando la figura de Marx como un gran científico que pasó su vida estudiando en la British Library, que los posteriores grandes historiadores marxistas anglosajones tenían la enorme ventaja de esa mezcla, que les hacía muy progresistas pero muy antidogmáticos. Desaparecida prácticamente toda esa generación de los Sweezy, Thompson, Hobbsbawm, Samir Amin, etc., y apenas como testigo de la misma Noam Chomsky (que en diciembre pasado ha cumplido 88 muy lúcidos años y acaba de hacer público su “Requiem por el sueño americano” afirmando que “el capitalismo se basa en supuestos despiadados, antihumanos”), la renovación teórica recae en los nacidos a mediados del siglo XX o a lo largo de los sesenta y setenta.

Precisamente el inglés Terry Eagleton publicó hace pocos años un importante libro Por qué Marx tenía razón, concluyendo que “si prestó una atención tan constante a lo económico fue precisamente con el propósito de disminuir el poder de ese ámbito sobre el conjunto de la humanidad. Su materialismo era perfectamente compatible con las convicciones morales y espirituales profundas. No escatimó elogios hacia la clase media; para él, el socialismo era heredero de los grandes legados de aquella: la libertad, los derechos civiles y la prosperidad material”. De su misma edad, Tony Atkinson, catedrático en Oxford y profesor de la London School of Economics, decano de la nueva escuela de estudios sobre la desigualdad, fallecido el 1 de enero de este año, acababa de publicar Inequality, what can be done? (¿Qué se puede hacer ante la desigualdad?), soltando todas las alarmas ante la plaga económica de nuestro tiempo: la extrema polarización de rentas y riqueza.

Diez años más joven, el serbio profesor en Estados Unidos, Branko Milanović, sentenció recientemente: “La brecha económica es venenosa, destroza las sociedades y es perjudicial para la democracia”. El mismo, en una entrevista de 2014, respondía a la web “Sin permiso” (donde publicó el año pasado más de media docena de excelentes artículos): “En el interior mismo de los países de la OCDE, que son históricamente los países de tradición democrática, tenemos una clase de superricos que aprovechan plenamente la mundialización, mientras que existe una gran masa que ha visto estancarse, e incluso retroceder, sus ingresos. En los Estados Unidos, donde más espectacular ha sido el cambio, a la clase media no le corresponde más que el 21% de los ingresos del país, contra un 32% en 1979, es decir, un descenso de un tercio. Para acompañar a la mundialización, los estados europeos deberían poner el acento en la redistribución. Y hacerlo de tal modo que los grandes ganadores compartan los beneficios con los que pierden. A mi juicio… sólo el Estado del Bienestar puede permitir realmente una aceptación del proceso de mundialización repescando a los perdedores. Y, sin embargo, lo que se observa es todo lo contrario”.

Y ha sido el economista más leído desde hace lustros en todo Occidente, el aún más joven, Thomas Piketty (francés formado en los Estados Unidos que critica duramente, pero donde ha tenido un éxito enorme) quien concluye su famoso libro “El capital del siglo XXI” afirmando: “Una sociedad donde los ricos poseen un alto grado de influencia económica, política y sociocultural es en muchos aspectos una sociedad indeseable.” Piketty explicó el año pasado en Madrid, en una conferencia en el Bellas Artes: “Ahora estamos llegando a niveles máximos de desigualdad y puede que ello esté contribuyendo al aumento de la imposibilidad de pagar la deuda… ¿Cómo se genera la desigualdad? Por razones políticas que desembocan en que el crecimiento de los rendimientos del capital sean superiores al crecimiento del PIB… El paro es desigualdad. “La desigualdad más importante que hay en la zona euro es la impresionante tasa de paro relacionada con la crisis, la recesión y la austeridad”.

Otros muchos economistas han volcado sus trabajos sobre el tema, como los premio Nobel Joseph E. Stiglitz, Krugman y Angus Deaton; el ex economista jefe del Banco Mundial François Bourguignon, autor de “La desigualdad de la globalización”; el reconocido politólogo de la Universidad de Princeton Carles Boix; el profesor de Berkeley Robert Reich, o la canadiense Naomi Klein (que respondía brillantemente a Jordi Évole en una entrevista magnífica). Y no todos, ni mucho menos, marxistas ortodoxos, sino más bien críticos. Como lo era el recién fallecido Zygmunt Bauman, que denunció con energía: “La izquierda abandonó a los débiles”.

Entre nosotros, el tema ha tenido sobre todo un gran difusor, en el prestigioso catedrático en Barcelona, y hasta hace poco presidente allí del Círculo de Economía, Antón Costas, quien ha escrito brillantes páginas, y a pesar de su frágil salud ha recorrido España con aleccionadoras conferencias (le oímos en Ibercaja, en un acto con la Fundación Lluch hace pocos meses), y resumía una de sus muchas ideas en una entrevista en Público: “La pobreza no viene solo de la falta de empleo, sino de los precios de monopolio. España es el país europeo con mayor número de cárteles. Es necesaria una política antimonopolio y anticártel a favor de los hogares. Ese sobreprecio detrae recursos de los hogares que pagan los servicios y los productos más caros, no por su precio real. En España la desigualdad ha crecido mucho porque el desempleo ha sido mayor, pero también porque los impuestos y los programas sociales tienen una menor eficacia redistributiva”.

Para terminar, quiero informar de la magnífica jornada que, en torno a Thomas Pikketty y su teoría de la distribución, reunió a medio centenar largo de profesores de la Facultad de Economía y Empresa, que escucharon a lo largo de todo un día, el jueves 2 de febrero, a excelentes especialistas, como los “senior” del centro Vicente Salas y Antonio Aznar y los “juniors” Alfonso Herranz y Miguel Artola Blanco, que venían, estos, de sus universidades de Barcelona y Carlos III. La reunión de tantas personas deseosas de reflexionar a fondo sobre la gran crisis occidental, hacía pensar en los primeros tiempos de la Facultad, tan vivos. Y por eso encajaba muy bien que el encuentro estuviera dedicado a uno de sus fundadores, José Antonio Biescas, tan valioso profesor e investigador, consejero de Economía en el primer gobierno de Aragón, senador y persona muy querida de colegas y alumnos, que a pesar de la larga enfermedad que le limita, asistió un breve tiempo al acto y recibió muchas muestras de afecto.

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