Noticias - 07/06/17

Descubriendo el cine de Jean Renoir

une-partie-de-campagne1En mi vida de cinéfilo Jean Renoir siempre ha ocupado un lugar secundario. Recuerdo  vagamente haber visto “El río” (1950). También sus dos obras maestras: “La gran ilusión” (1937) y “La regla del juego” (1939), e incluso otras películas que he olvidado. Pero ninguna de ellas me entusiasmó. Me resultaban anodinas, insustanciales (salvo, quizá, “La regla del juego”).Hace algunas semanas, documentándome sobre el siglo XIX en Francia, reparé en “Un día en el campo” (1936), mediometraje inspirado en el cuento homónimo de Guy de Maupassant, en el cual Jean Renoir quiso homenajear a su padre, ambientando la película a orillas del Sena, dando vida a los burgueses y remeros que aparecen en los óleos del impresionista Pierre Auguste Renoir.

Y de pronto, viendo “Un día en el campo”, advierto toda la sutileza de Renoir, la simplicidad y la perfección de su cine. El cuento trata sobre una familia de París: padre, madre, hija, yerno y abuela, que se van de excursión por la ribera del Sena. La madre y la hija aprovecharan la indiferencia del padre y del novio para marcharse con dos remeros a una isla fluvial, donde vivirán sendos affaires. El de la madre más carnal; el de la hija más romántico.

Mientras veía la película en el ordenador releía el cuento de Maupassant. El relato me pareció anclado en el siglo XIX;  no así su ejecución cinematográfica, muy deliberada y precisa. Renoir divide a sus personajes en dos grupos. El primero y más numeroso es el de los personajes cómicos: el padre, el novio, la madre, la abuela y el remero Rodolphe. Se trata de personajes estereotipados, exagerados hasta farsa, cuya interpretación resulta impostada. La irrealidad de los personajes sirve al director para encarnar la hipocresía, la impostura de la moral burguesa.

El segundo grupo es el de los personajes tragicómicos, que engloba únicamente a dos: a la hija, Henriette y al remero Henri. Son los únicos que albergan un sentimiento sincero, que culmina en la isla del Sena, entre cuyos cañaverales se besan mientras escuchan el canto de un ruiseñor. Cuando ambos se dan cuenta de que el idilio efímero debe concluir, para que Henriette vuelva con su novio Anatole y se integre de nuevo en la vida pequeño burguesa de París, la tragedia se desencadena bajo la forma sutil de una tormenta que cae sobre el río. Se suceden planos metafóricos de la tromba de agua sobre el Sena, de los cañaverales azotados por el viento, de las nubes cubriendo el sol…

Al igual que hacía de mayordomo en “La regla de juego”, en “Un día en el campo” Jean Renoir interpreta al posadero señor Poulain. A priori se trata de un papel carente de importancia. Sin embargo sí la tiene, porque Poulain actúa como demiurgo del relato: es él quien acepta preparar el picnic a los burgueses parisinos, propiciando de este modo la trama que culminara con la aventura de las dos mujeres y los remeros.

Existe un contraste claro entre la trivialidad del personaje de Poulain y la importancia de su significado, que encarna el deseo de Renoir de ocultarse como autor, de no delatar su presencia en el relato, aunque al final los planos y el montaje resulten inconfundiblemente suyos.

Me alegra enormemente haber descubierto a Jean Renoir. Después de “Un día en el campo” me atreveré con “Naná”, película muda de 1928, basada en la novela homónima de Émile Zola.

Para concluir alterno fotogramas de la película con cuadros de Pierre Auguste Renoir.

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Remando en el Sena

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