Publicaciones - 14/06/17

Los libros son para el verano

Esperábamos hace tiempo el último título de José María Conget, “Confesión general” (Pre-Textos) y ha valido la pena esa espera por el placer de tenerlo en las manos, con la misma siempre constante dignidad estética editorial, la promesa de una prosa inteligente, íntima, evocadora de una época y una ciudad, Zaragoza, de hace medio siglo o más.

Se eleva a sus mejores cumbres esta docena de relatos en los que con una perfección asombrosa se abordan asuntos cotidianos, más o menos lejanos en el tiempo, elevándolos a categorías y símbolos. Esa orgullosa madurez que busca elegancia, fuerza, hermosura física, cuando los males acosan y llevan al dolor y el ridículo sexual, porque “sólo el presente es real y la soledad apenas una añagaza del miedo o de la soberbia”. Ese tiempo hostil en que los recuerdos cabalgan desde el Niké a Las Palmeras o viceversa, nutriendo frustraciones. Ese bloqueo que es el gatillazo del escritor inseguro y vacío. Esos miedos de Miguel Zabala, un personaje mítico recuperado de la famosa trilogía congetiana.

1,-Conget

Como en uno de aquellos “descansos” en los cines que siempre, como los tebeos, son recordados y presentes en todo escrito de José María, glosa el autor tres canciones francesas que no ha olvidado, y que sugieren mundos tan atractivos como los protagonizados por la mítica Barbara (homenajeada en un poema de Prèvert); un Leo Ferré menor que Brassens o Brel (al que pudimos escuchar ya muy mayor pero aún genial en el Principal hace muchos años); la historia del mítico film de Truffaut “Jules et Jim”, presidida por la fabulosa Jeanne Moreau (a la que también vimos, ay cuántos años y cuantos mitos, en un monólogo soberbio en el mismo teatro municipal).

Y aunque otros tres cuentos preciosos se cruzan con ellos (un lector despreciado por su mito; los sueños compartidos de una pareja con los pies cambiados; los familiares esqueletos salidos del armario), figuran al final dos inmensos relatos, no sólo por la dimensión de novelas cortas (para quienes gustan de esas disquisiciones), sino porque producen ansiedad por llegar al final a la vez que uno no querría terminarlos nunca. Se trata de “Dentista”, una historia divertidísima, original y excitante, de la que un reseñista no debe contar más; y el que da título al libro, “Confesión general”, agridulce y sarcástica para el lector maduro que evoca aquellos tiempos inquisitoriales, tormentosos, en que el niño que aún no calza adolescencia, no comprende nada del lenguaje anatematizador, infernal, cuando despierta el sexo y no sabe qué quiere decir todo eso.

Los recursos aportados, además de ese estilo cultísimo pero sencillo, depurado, irónico, devoto de los seres humanos en sus imperfecciones y miserias, son cientos de leves alusiones a lugares y nombres que ambientan y forman paisajes espirituales. Conget promete para pronto una novela, género que nuestro autor considera quizá mayor, siendo como es maestro absoluto del cuento. Vuelta a esperar y contar los días con los dedos. El lector habrá advertido, espero, que tengo a Conget como uno de mis escasos autores aragoneses “de culto”, junto a Pisón y Antón Castro, aquí reseñados ya hace unos días, porque se me adelantaron presurosos y brillantes José Antonio Val y Ricardo Lladosa.

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Olga Pueyo Dolader, autora de una excelente tesis doctoral sobre la obra literaria de Gabriel García Badell (dirigida por José Luis Calvo Carilla), se ha ocupado concienzuda, apasionadamente, de la edición, exquisita, de su principal título: “De las Armas a Montemolín”, que edita la IFC en su excelente colección Letra última. Una apretada introducción sobre el autor y su obra (tan reiteradamente finalista del premio Nadal), los significados de la novela-ciudad, la época, los problemas con la censura (el regusto amargo del “secuestro” policial de este libro y su gran difusión justamente por ello), su ubicación en el contexto español. El aparato bibliográfico y los materiales complementarios son de gran utilidad, y servirán sin duda a otros estudiosos de esos años. Releer, casi medio siglo después, esa novela profundamente zaragozana, es una experiencia agridulce: se desmitifican gestos y palabras, ideas y vivencias, a la vez que se descubren nuevas claves, desafíos, críticas. Los personajes, en su mayor parte, resultan más repulsivos, falsos, cobardes, que otrora y constituyen, como dice Pueyo, “un universo cerrado que crea una falsa sensación de seguridad basada en privilegios económicos, dogmas religiosos y convencionalismos sociales”. Una experiencia desazonante, que se complementa con la clara decepción que la democracia, la política, le producen a García-Badell, al igual que su dura crítica del catolicismo (él, que es sin duda el principal autor cristiano en su generación, laica y alejada de la religión); o su rechazo del aragonesismo, aunque su obra aporte mucho análisis de la capital comunitaria.

2,-Libro-G

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Emilio Gastón, uno de los grandes poetas aragoneses vivos (con Ferreró y Tello), no se deja vencer por la edad o los achaques, y discurre y escribe con enorme vitalidad sus poemas, ideas, sentimientos. Titula su último libro “La sonrisa de la nada. Poema cinético teatralizable” (Comuniter) y en él –tras renunciar a sus despachos y a la toga- se propone ser poeta, escultor, centinela, buscador de setas y de esencias, “dejar hablar tranquilos a mis amigos de la infancia”, esos “amigos viejos jubilados”; pide línea con el Universo, y se resigna: “Estamos en la muerte, y eso es todo”; abandona su lucha, sucumbe, “sin haber recogido su cosecha de sueños”. Porque pasea con Sopeña, Lambea, Labordeta, fallecidos amantes de aventuras estrafalarias, (o la pequeña Diana, tan llorada), por bares, bosques, o callejas perdidas, en fin. Y se lamenta: “He sido un mal terminador de mundos”. Y concluye con ironía: “Es que a Dios no se le puede dejar solo”. Es, sin duda, el más hondo y autobiográfico de sus libros, el más terrible y sincero.

3,-Libro-Emilio-Gastón

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Luis Alegre, que lleva una agenda en llamas de tan apretada y acelerada, reúne una serie de escritos suyos que rodearon y complementan su vivencia de “Belle époque”, la emblemática película que dirigió Fernando Trueba (con la inefable ayuda de Rafael Azcona y José Luis García Sánchez) que obtuvo un merecidísimo Oscar de Hollywood. Es un precioso libro que edita el Festival de Málaga, como homenaje al cumplirse un cuarto de siglo del estreno. Las crónicas sobre el rodaje en Portugal, las vivencias y anécdotas de los privilegiados actores y actrices, la felicidad ante el premio, una precisa cronología del director. Esta bella y perfecta, modélica historia, termina asegurando que la película supuso “una inyección de autoestima para un cine español que, paradójicamente, atravesaba en su conjunto un momento muy deprimente… Pero resulta imposible evitar una cierta melancolía y la sensación de haber vivido algo único: los milagros no se suelen repetir. Belle époque, la propia película y todo lo que nos trajo, también se revela como una poderosa metáfora de nuestra vida, de la vida”.

4,-Belle-epoque

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José Luis Cano, el mítico artista autor durante décadas de los mejores chistes de la prensa aragonesa, aceptó del grupo A Zofra participar en el irreverente proyecto “Quién manda en Zaragoza” y, dice, perpetró un librito “Eclesiastés aragonés”, “para recordar bíblicamente a nuestros próceres que, además de ricos, son mortales. Exactamente igual que sus clientes”. Y esas caricaturas reflejan a “ricos aragoneses, aunque unos sean más mediáticos que otros. Y todos los textos son del Eclesiastés, por raro que resulte”. Qué valor.

5,-Librito-de-Cano

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Fernando Aínsa, uruguayo oriundo de Oliete, director de Ediciones Unesco en París por 25 años, vecino de Zaragoza hace docena y media, es un ensayista magnífico, como prueba la colectánea de sus escritos, reseñas, presentaciones, reflexiones, en un libro que titula “Residencia y tránsito de las letras en Aragón” (Pregunta), en que recoge sus trabajos publicados en revistas (“Imán”, que dirigió con buena mano, “Turia”, “Crisis”, “Revista de Andorra”), prólogos de libros, en su blog (o alguno amistoso prestado), su página web, sus comparecencias en Facebook, sus presentaciones en librerías y otros actos culturales. Un gran servicio, porque se trata de materiales de difícil y raro acceso, de excelente lectura, que tratan de desaparecidos autores aragoneses o vinculados de algún modo con Aragón (Sender, José Donoso, Vila-Matas, Ida Vitale, Vázquez Prada), de consagrados ya y felizmente aún vivos (Paco Uriz, Ángel Guinda, Miguel Ángel Yusta, José Verón, Encarnacion Ferré, Eugenio Mateo), y de nuevos valores, de una u otra orilla del Atlántico, que así podemos conocer.

6,-F

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Francisco Javier Aguirre está siempre detrás de experiencias estimulantes. Ahora acaba de editar sus fantasmagorías o modernas y divertidas greguerías en “Latripatías” (Ónix), junto con unas sentencias de Quintín García Muñoz y collages fantásticos de José Manuel Ubé. En el Frontispicio asegura Angélica Morales que son “tres provocadores que pululan por la exquisitez” y en la Síntesis final, dice Carlos Manzano que “han creado este artilugio poliédrico y difícilmente clasificable donde todo es susceptible de ser una cosa  y al mismo tiempo su contraria”. Por si la obra parecía compleja y divertida, está en versiones en castellano, las suyas, aragonés y gallego (de Francho Nagore y Antón Castro respectivamente), catalán, euskara y esperanto.

7,-Las-tripatías

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