Publicaciones - 30/06/17

La tinta y la hierba

Lina Vila 1,9 megas

Lina Vila fotografiada por Vicente Almazán

Exposición de pinturas de Lina Vila

La Casa Amarilla

Paseo de Sagasta 72, Zaragoza

 

La Casa Amarilla -galería de arte inaugurada el pasado noviembre en el paseo de Sagasta- programa un ciclo de conferencias bajo el sugestivo título de “Ante la imagen”. Durante los meses de junio y julio las conferencias versarán sobre la exposición “La tinta y la hierba”, de la pintora Lina Vila. Algunas de ellas reciben el nombre de “mesas de trabajo”, y nos invitan a reflexionar en torno a las obras expuestas desde una perspectiva literaria: a través de novelas, poemas o ensayos que inspiraron a la autora, o bien a otros participantes en el ciclo, como la escritora y periodista Irene Vallejo.

Antes de nada conviene aclarar que “La tinta y la hierba” celebra los veinticinco años transcurridos desde la primera exposición individual de Lina Vila, así como la personalidad e influencia de su padre, Pedro Vila, amante de la jardinería cuyo jardín en San Mateo de Gállego ha heredado la artista.

¿Qué es el jardín para Lina Vila? Es, para empezar, un espacio utópico, un paraíso particular donde puede desarrollar su imaginación y su arte. A partir de esta idea inicial, de este punto de partida y de llegada, busca o encuentra referentes literarios: similitudes con aquello que quiere representar, modelos de artistas con los que identificarse. Una de ellas, de la cual trató Irene Vallejo, es Elizabeth Von Arnim, cuya novela autobiográfica “Elizabeth y su jardín alemán” trata sobre el deseo de la autora de vivir y crear literatura en el jardín de su mansión de Pomerania, lugar del cual era oriundo su marido: “el hombre airado”, que la regañaba por pasar demasiado tiempo a la intemperie. Las costumbres de Von Arnim eran adversas a una alta sociedad del XIX en la cual la mujer debía obligatoriamente cuidar de su casa, criar a los hijos y dirigir a la servidumbre. En ocasiones, Von Arnim fantasea con la idea de ser un hombre para poder hacer lo que desea con libertad.

Heliotropo_baja_web

Heliotropo (2017)

Una reflexión parecida la encontramos en otro de los libros favoritos de Lina Vila, traídos a colación en “Ante la imagen”. Se trata del Diario de la joven rusa María Bashkirtseff, quien el 2 de enero de 1879 escribía: “Lo que deseo es la libertad de pasear sola, de ir y venir, de sentarme en los bancos del jardín de las Tullerías (…); de detenerme ante las vitrinas artísticas, de entrar en las iglesias y en los museos; de pasearme al atardecer por las calles viejas. (…) Esta es la libertad sin la cual nadie puede llegar a ser un gran artista. (…) ¡Oh, cuánto me desespera ser mujer! Me arreglaría unos vestidos ridículos y una peluca con el fin de volverme fea y quedar libre como un hombre”.

Del extracto anterior debe subrayarse la coincidencia en la fantasía de ser hombre, tanto de Bashkirtseff como de Von Arnim, y el hecho de que para ambas los jardines se conviertan en metáforas o en espacios de libertad. La rusa falleció a los veinticinco años habiendo escrito decenas de tomos de sus famosos Diarios, los cuales fueron censurados y cercenados hasta el punto de resumirse en un solo libro. Ahora, según parece, se va a proceder finalmente a su publicación íntegra en castellano.

Pero las investigaciones de Vila y Vallejo acerca de mujeres y jardines no se limitan a personajes contemporáneos, sino a otros de la antigüedad o de la Edad Media, como la reina asiria Semíramis o la religiosa cristiana Hildegard Von Bingen. Esta última fue autora de un tratado sobre plantas medicinales, además de abadesa, mística, escritora, médica y compositora de música. A Semíramis, por su parte, se atribuye la creación de los Jardines Colgantes de Babilonia. Irene Vallejo subrayó el carácter utópico de estos jardines, levantados en pleno desierto mediante un sistema de terrazas o gradas a las cuales subía el agua por medios mecánicos, a través de molinos, poleas y cubos: una especie de mecano que, en el silencio del desierto, emitiría sonidos similares a los de un organismo viviente.

Todo jardín es para su propietario una pequeña utopía, un espacio creado a su gusto, un paraíso particular que surge de un proceso consistente en domesticar la naturaleza. La naturaleza es agreste, peligrosa; los jardines, en cambio, son confortables y tratan de reproducir la belleza de aquella en términos ideales.

Citaré a otro de los referentes de Lina Vila, el escritor y pintor chino Gao Xingjian: “Buscas el placer de la mancha de tinta y del toque del pincel y, al mismo tiempo, te dedicas a la imagen, no separas de forma definitiva la figuración y la abstracción, la similitud y la desigualdad; cuando pintas hombres y cosas los dejas deliberadamente equívocos, no los describes, prefieres crear así un espacio para la imaginación del espectador”. La anterior podría ser la premisa de dibujos como “Heliotropo” o “Crisantemos” (2017), que representan flores en blanco sobre fondo negro; quizá las obras de la exposición que más tienden a una cierta abstracción.

Se incluyen en “La tinta y la hierba” tres obras que integraron la instalación “Un jardín para Petronila”, expuesta en la iglesia románica del Palacio Real, donde, según la tradición, Doña Petronila se casó con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. La reina de Aragón decidió acabar sus días retirada del mundanal ruido en su paradisus claustralis. En la instalación oscense, situadas en el suelo, las acuarelas de rosas, azucenas y fresas (2016) nos recuerdan a parterres separados tal vez por caminos. Ahora, expuestas en vertical en La Casa Amarilla, cobran un aspecto selvático, de intrincada naturaleza.

En el centro de la exposición se ubica la mesa de trabajo de Lina Vila, donde quedan a nuestra disposición los libros nombrados y otros que ambientan la contemplación de las pinturas: “Las cosas del campo”, de José Antonio Muñoz Rojas; “El hombre que plantaba árboles”, de Jean Giono; “El árbol”, de John Fowles; “El año del jardinero”, de Karel Capek; “Los jardines”, de Michel Baridon; “Arbres”, de Jacques Prevert; “Jardinosofía”, de Santiago Beruete… Todo ellos forman un conjunto que la mente de la artista transforma en pinturas.

 

La mesa de trabajo de Lina Vila.

 

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