Política - 03/07/17

A las izquierdas la Historia les pasará factura

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Si por algo se caracteriza la derecha es la unidad. No existe gente más disciplinada, organizada y fundida en torno a un líder, que la de la  derecha. Es monolítica por instinto. Conoce muy bien lo que está en juego y cómo conseguirlo. Sabe muy bien, está muy acostumbrada, para qué sirve el poder. Con él puede acumular el dinero.  Su olfato por el dinero está muy desarrollado.  Es una buena argamasa para forjar una unidad inquebrantable. Para llegar al poder o conservarlo cualquier medio es lícito. Se ha servido y se sirve de la ignorancia, de la religión, del miedo y de la academia para construir un relato, el suyo, que en el caso de la derecha española no ha tenido complejo alguno en construirlo remontándose a tiempos inmemoriales de nuestra historia: Viriato, Pelayo, los Reyes Católicos, Pavía, Lepanto, la Guerra de la Independencia, Cánovas del Castillo, Franco y Juan Carlos. Es más como vencedora se enorgullece de él, marginando y olvidando a los vencidos.

La derecha  se guía por su instinto. Va al grano. No se anda por las ramas. Escoge la idea que sabe que  más agrada  a la gran mayoría sumisa y silenciosa. Las riendas del poder están en manos de quienes han sabido y saben articular una idea fuerza, sea cual sea. En esta España nuestra: recuperación económica, con los subsiguientes: crecimiento, creación de empleo, sostenimiento del Estado de bienestar. No necesita mucho más. Eso sí, esa idea fuerza la repite de una manera permanente, por lo que va calando como el agua fina en una ciudadanía predispuesta a la obediencia y que ha asumido la perversión de la política.
Por supuesto la gran fuerza de la derecha es la desunión pasada, presente-¿También futura?- de la izquierda.  Como señala con una mezcla de crudeza y de verdad insultantes para algunos, el escritor, filósofo y periodista colombiano Arturo Guerrero, no hay gente más dividida, canibalizada y dispersa que la de izquierda-un contundente ejemplo lo tenemos hoy en España-.  La izquierda cree en la deliberación interna, pues el objetivo de gobierno y de repartición está muy lejos. Le sucede como al Nadaísmo, corriente literaria integrada por cuatro poetas que estaba dividida en cinco tendencias. Para unir a las izquierdas es menester someterlos a régimen militar, al Gulag, a la KGB, a los escuadrones que tiemblan ante comandantes todopoderosos. De otro modo, las izquierdas funcionan en plural. Cuando gobiernan, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre los cambios que ocurren en la sociedad y, cuando lo hacen, es de una manera reactiva ante cualquier hecho que perturbe el ejercicio del poder. La respuesta siempre es defensiva. Cuando no están en el poder, se dividen internamente para definir quién será el líder en las futuras elecciones. La izquierda está paralizada mirándose el ombligo, matizando, disculpándose, contemporizando…. Como la española miedosa, acomplejada, carente de autoestima, como si fuera desconocedora de nuestra propia historia. no ha sabido construir un relato, cuando no escasean sus aportaciones: la revolución de 1808-1814, el Sexenio Democrático y la II República.

 

El activista ecologista Clive Hamilton argumenta que la izquierda hace tiempo que lucha por no hundirse, como si se tratara de un montón de cuerpos quejumbrosos, arrogantemente piadosos, que chapotean en la orilla de una playa y gritan que hay que salvar el mundo sin asegurarse antes de que la ola no los arrastre también a ellos.

 

La derecha he tendido una trampa a la izquierda: reducir la realidad a lo que existe, por más injusto  y cruel que sea, y así matar la esperanza. El mundo es lo que es porque nosotros queremos. Puede ser de otra manera, si nos lo proponemos. La realidad es la suma de lo que existe y de todo lo que en ella está emergiendo como posibilidad. Si no son capaces de detectar las emergencias, las izquierdas pueden sucumbir o acabar en el museo.

 

El futuro de la izquierda depende de si logra o no construir una gran idea-fuerza, algo que los Žižek, Badiou, Hedges, Klein, Rancière, Bifo  han intuido que ha perdido. Mas esa idea-fuerza está en la historia.  La  socialdemocracia de hoy debería recordar sus éxitos del siglo XX, y las consecuencias de desmantelarlos. La izquierda tiene cosas que conservar. Es la derecha la que ha heredado el ambicioso afán modernista de destruir. Los socialdemócratas, son muy modestos, han de hablar con más firmeza de las ganancias anteriores: el Estado de servicios sociales, la construcción de un sector público con servicios que promueven nuestra identidad colectiva, la institución del welfare como una cuestión de derecho y su provisión como un deber social. No son logros menores. Que fueran incompletos, no les debería preocupar. Otros los han destrozado: esto nos debería irritar mucho más. También les debería preocupar: ¿Por qué hemos derribado tan pronto los diques trabajosamente construidos por sus predecesores? ¿Tan seguros estaban que no se avecinaban inundaciones? Renunciar a las conquistas de un siglo es traicionar a las generaciones precedentes y las futuras. La socialdemocracia no representa el futuro ideal ni el pasado ideal. Pero de las opciones disponibles hoy, es la mejor. Opción que defienden y asumen en sus programas los dos grandes partidos de la  izquierda en España. Y sin embargo, ni siquiera son capaces de sentarse en una mesa a dialogar. Lamentable. La historia les pasará factura.

 

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