Historia y Política - 01/08/17

Fisiocracia y liberalismo económico en el siglo XVIII

En el siglo XVIII surgieron dos doctrinas económicas que criticaron la teoría económica mercantilista, tanto sobre el origen de la riqueza, como, especialmente, en relación con las políticas de intervención económica por parte del Estado, la fisiocracia y el liberalismo económico.

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François Quesnay (Wikipedia)

La primera escuela crítica e innovadora fue la de la fisiocracia francesa. Los dos autores más importantes de la misma fueron Quesnay y Turgot. Para la fisiocracia la riqueza procedía de la naturaleza y más concretamente de la tierra. La economía tendría unas leyes naturales en las que los Estados no deberían interferir.  Así pues, la mejor política económica sería la de no poner trabas al libre desarrollo económico y al ejercicio de la propiedad privada. El lema que posteriormente recogería el librecambismo sería: laissez faire, laissez passer, le monde va de lui-même” (“dejad hacer, dejar pasar, el mundo fluye por sí solo”).

Los fisiócratas proponían reformas fiscales, con impuestos que recayesen sobre la propiedad agraria, dado que allí es donde, según su pensamiento, se originaba la riqueza y, por lo tanto, sobre los estamentos privilegiados, y reformas económicas que fueran eliminando todo lo que impidiese la libre circulación de mercancías, como aduanas o derechos de paso, y la industria libre, eliminando los gremios.

En Gran Bretaña se configura el llamado liberalismo económico clásico, cuyo fundador fue Adam Smith. Su obra más importante es el Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776). El propósito del autor, como el que había animado a mercantilistas y fisiócratas, era descubrir el procedimiento de enriquecer al Estado, como demuestra el título de su obra principal. Pero Smith considera que es condición previa para que se de este enriquecimiento de las naciones que se enriquezcan los individuos: “Cuando uno trabaja para sí mismo sirve a la sociedad con más eficacia que si trabaja para el interés social”. Este es el meollo de su teoría: la armonía entre el interés particular y el general.

Adam Smith defenderá la libertad económica. La intervención del Estado en la economía sería inútil y perjudicial, según había defendido los mercantilistas. El orden económico se establecería por sí mismo, por el libre juego de la oferta y de la demanda. El interés del que produce (oferta) terminaría satisfaciendo al que consume (demanda), y éste al que produce por el hecho de consumir. Cuando un producto o servicio es solicitado sube el precio y esto favorece que se elabore, con lo que todo ofertante es retribuido según la importancia del bien o servicio que presta. Así pues, ni trabas al libre comercio (librecambio) ni al enriquecimiento industrial a costa del trabajo ajeno (capitalismo).

Otro de los puntos fundamentales de la teoría de Adam Smith fue el del valor y la riqueza. Si para los mercantilistas la riqueza procedía de la acumulación de metales preciosos y para los fisiócratas de la naturaleza o la tierra (agricultura), ahora el liberalismo económico preconizaba que procedería del trabajo.

El liberalismo económico introduce en la Historia el concepto de progreso económico, que Smith identifica con la acumulación de fondos o riquezas. El ahorro se convierte en la base del crecimiento. Lo que se ahorra no se consume, se invierte.

El liberalismo económico formuló, por tanto, unas profundas críticas a la economía del Antiguo Régimen por la intervención del Estado en la economía, las trabas al comercio (aduanas, aranceles) y al ejercicio de la industria (gremios), así como por la falta de la libre disposición de la propiedad privada de la tierra (amortización).  Pero, además, se atacaba a la sociedad estamental al presentar a los estamentos privilegiados como parasitarios porque nada producían y porque impedían, con sus privilegios, la libertad y el desarrollo económico.

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