Cultura y Sociedad - 11/10/17

De los bosques de Eslovaquia a los parterres de la Complutense

Algunas tardes me acerco a la Ciudad Universitaria de Madrid.  Suelo entrar a las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras, sin más motivo que el de curiosear las convocatorias de lectura de tesis doctorales (recientemente tuve el privilegio y el placer de asistir a la defensa que de la suya hizo doña Josefa García Blanco y que tenía por título “El control externo por el Tribunal de Cuentas de los órganos constitucionales y de relevancia constitucional”) o los libros de sus magníficamente nutridas bibliotecas y el de experimentar la sensación de juventud recordando mis años universitarios en el alma mater cesaraugustana.

 

estatua_dubcekEntre ambas facultades unos jardines hacen gozar del paseo.  Y en ellos, entre otras estatuas (la de Camilo José Cela, obra de Víctor Ochoa, y la del matemático iraní Omar Jayyam), puede admirarse el busto de Alexander Dubcek (“Ilustre político eslovaco, 1921-1992”), obra del abulense Santiago de Santiago.  Mas algo impide recrearse en la imagen del presidente checoslovaco, de cuya muerte se cumplen 25 años.  Bajo su efigie (otras veces mancillada con pintura) se puede leer, ya desde hace demasiados meses, lo siguiente:  “Rojos no, gracias”.

 

¿Sabrá el vándalo, ni asdingo ni silingo, autor de esta felonía quién era Dubcek?  Seguramente no, ni que luchó contra los alemanes como partisano en los montes Tatra, donde fue herido este hijo de un emigrante retornado de los Estados Unidos cuando nació su patria checoslovaca.

 

Así mismo, ignorará que, gracias a la influencia soviética (que luego provocaría su caída), sustituyó a Antonin Novotny como Secretario del Partido Comunista Checoslovaco mientras tenía lugar la Primavera de Praga, cuyas ansias de libertad él asumió (algunos han sospechado que el motivo de ello fue mantenerse en el poder y no que compartiera el deseo de apertura) y que tuvo como uno de sus hitos el IV Congreso de Escritores Checoslovacos celebrado en junio de 1967, congreso del que no tendrá noticia el casi ágrafo e iletrado total que ha cometido la fechoría en Madrid.

 

Este morueco del espray no habrá comprendido la importancia de esta Primavera, que pretendió liberar la vida política, social y cultural del país, como tampoco entenderá las consecuencias de la posterior invasión soviética en agosto del 68 (y del suicidio del estudiante Jan Palach, verdadero héroe de la libertad), el traslado a Moscú de Dubcek y sus colaboradores y la posterior degradación de aquél a agente forestal en los montes eslovacos.

 

Por supuesto, no tendrá ni la más remota idea de la expresión acuñada por el que fuera investido Doctor honoris causa en esa misma Universidad Complutense en 1990, la de “socialismo con rostro humano”, pues este pobrecico grafitero no sabrá qué es el socialismo (máxime si se tiene en cuenta la advertencia hecha por Werner Sombart al hablar del “complicado sistema de pensamiento del edificio marxista”, recordada por el profesor de Derecho Político de la Complutense don Sigfredo Hillers de Luque en su libro “Derecho – Estado – Sociedad I, Doctrinas y regímenes políticos contemporáneos.  El Socialismo”) y por eso este maletilla del arte urbano se limita a intentar combatirlo con consignas de parvulario.  Y en cuanto a la pretendida humanidad del socialismo, ni siquiera recordará la canción “Perestroika” (de la Primavera de Praga se ha dicho que fue una Perestroika avant la lettre), que con tanto garbo cantaban, y bailaban, mis admirados Puturrú de Fuá (“… soplan nuevos vientos,  más calientes, más humanos…”).

 

Ni por asomo habrá leído este maestro del sermo vulgaris el discurso pronunciado por Dubcek al recibir dicho doctorado en Ciencias Políticas, en el que habla del “excepcional avance teórico” experimentado en los últimos cuarenta años en los países desarrollados de Europa, avance que obviamente no ha alcanzado al autor de la pintada.  No podrá recordar que ese mismo año fueron también doctores honoris causa por la misma Universidad Mihail Gorbachov (también en Políticas), Umberto Eco (en Filología) y Alfonso Escámez (en Derecho).

 

La ignorancia supina de este mal salvaje obviará el hecho de que los intelectuales checoslovacos quisieron empujar a su gobierno a avanzar en las reformas (en especial la consecución de la libertad de expresión, de la que este guapito de cara sólo sabe abusar), con un manifiesto elaborado por el escritor Ludvik Vaculik, escrito que es conocido como “Las dos mil palabras”.  A nuestro artista callejero le han bastado sólo tres (se habrá inspirado en la letra del bolero:  “con tres palabras te diré todas mis cosas…”).

 

Y siguiendo con los escritores, podría recomendarle la lectura de un artículo de don Alejandro Hermida de Blas, publicado el pasado año en la Revista de Filología Románica (publicación de la Universidad Complutense), que lleva por título “Algunos reflejos literarios y periodísticos de la Primavera de Praga en España (1968-1978)”.  En él el autor da cuenta de la recepción de la literatura checoslovaca en la España de aquella década y de las obras de varios autores españoles sobre la primavera praguense, entre ellas las de Miguel Delibes, Tomás y Teresa Pàmies, Andrés Kramer Ferré y María Josefa Bezunartea.  Pero… ¡vaya usted a hablarle de Delibes al zopenco autor del “Rojos no, gracias”!

 

La incuria de este energúmeno será tal que le extrañará que en 1989 tuviera lugar la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia y que se rescatara a Dubcek de su puesto en la Administración Forestal para que asumiera la presidencia del parlamento de su patria, patria que quedó dividida en 1993 (ya muerto él), división que no habrá llegado todavía a oídos del anónimo bárbaro.

 

De la existencia de estos seres sin civilizar ya nos habló el profesor don Alberto Gil Novales en su “Vandalismo y Patrimonio (España, siglo XIX)”, que forma parte del libro, publicado en 1995 en homenaje al profesor don Antonio Durán Gudiol, ese sabio vigitano que fue canónigo archivero de la catedral de Huesca, director de la Revista Argensola y gran estudioso de la Historia medieval de Aragón (destaca su libro sobre Ramiro I, publicado en 1978 por Guara Editorial).  En ese trabajo Gil Novales recuerda la figura de don Joaquín Fontanals del Castillo, historiador del Arte, cuya misión para con la patria era combatir el vandalismo español, propio según él de ignorantes, y que confrontaba esta actitud con la existente en Alemania, donde hasta los perros respetaban los monumentos (a saber si este perrete patrio, después de pintarrajear la escultura, orinó sobre ella).  Habremos de concluir, con Fontanals, que falta ahora, como en el siglo XIX, “una conciencia nacional y cívica”.

 

Y ahí se queda el pobre Dubcek, el que fuera máximo responsable del Partido Comunista de Checoslovaquia mientras en París se discurrían consignas más sesudas y más amables que aquélla con la que algún modorro ha adornado su estatua.  Desde allí nos mira, desde la plaza de Menéndez Pelayo, en los jardines sitos entre las Facultades de Derecho, donde tiene su sede el Instituto de Derecho Parlamentario (ya he recordado que tras la última revolución fue presidente del Parlamento), y la de Filosofía y Letras, en la que desde hace un tiempo se imparten clases de checo (quizá el gracioso de marras conozca de esta lengua la palabra “pivo”, esto es, cerveza).  Dubcek, el que reconoció que, tras la invasión soviética, su “victoria sólo pudo ser moral”, que ha pasado de los bosques de Eslovaquia al césped de la Complutense.

 

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