Cultura y Sociedad - 10/01/18

Un territorio cultural común

Las ciento once parroquias aragonesas, que pertenecieron a la diócesis de Lérida y que en el año 1995 con el objetivo de ajustar los límites eclesiásticos a los autonómicos fueron adscritas por la Santa Sede a la diócesis de Barbastro, (que pasa con estas incorporaciones a denominarse diócesis de Barbastro-Monzón), constituyen más allá de esta reordenación territorial eclesiástica un territorio cultural común con las parroquias de la diócesis de Lérida, como consecuencia de la constitución en el siglo XII del territorio eclesiástico de la diócesis histórica de Roda de Isábena-Lérida.

 

    Ilustración: Agustín Ubieto

 

Roda de Isábena era el centro religioso del condado de Ribagorza, donde el obispo Odesindo había consagrado ya  una catedral el 1 de diciembre del año 956. Tras la razzia con que `Abd al-Malik, el hijo de Almazor el amirí, asoló el condado de Ribagorza en el año 1006,  resurgirán la sede episcopal de Roda y el vecino monasterio de Obarra y Roda va a vivir un periodo de gran esplendor con su mítico obispo San Ramón (1104-1126). Esta situación perdurará más de un siglo, hasta que en octubre de 1149 los condes Ramón Berenguer de Barcelona y Ermengol de Urgel reconquistan la ciudad de Lérida, y el entonces obispo de Roda Guillermo Pérez traslada de inmediato la sede episcopal a Lérida, constituyendo con ello un territorio cultural común, con cerca de nueve siglos de pervivencia, conservando Roda de Isábena su cabildo y su condición de concatedral, una condición que se irá debilitando con el tiempo, pasando a colegiata en 1797 y a iglesia arciprestal en 1851.

No cabe duda de que en la configuración de un territorio cultural común las circunscripciones eclesiásticas ( las diócesis y los arciprestazgos) han de ser tenidas muy en cuenta por los historiadores, ya que aportan una cohesión cultural de larga duración, que se remonta al mundo medieval, y explican algunos de los aspectos sociales y culturales de una comunidad mucho mejor que las circunscripciones administrativas actuales ( las provincias y los partidos judiciales), bastante bisoñas para los procesos históricos de larga duración, ya que aún no han cumplido dos siglos.

Los ciudadanos aragoneses de estos arciprestazgos, ahora de la diócesis de Barbastro-Monzón, no deben, no pueden olvidar esta historia cultural común, de la que los bienes parroquiales en litigio forman parte, ni deben ni pueden perder la conciencia de pertenecer a un territorio cultural común, a ambos lados de las fronteras autonómicas. Tal vez esta conciencia cultural pueda restablecer una concordia rota por la propia Iglesia Católica y por los políticos de ambas comunidades autónomas. Una ruptura social, que no van a resolver tampoco las sentencias judiciales, aunque se cumplan, que deben cumplirse obviamente.

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