Cultura y Sociedad - 07/02/18

El mito de la paridera

Vivimos anegados de tecnología, nos olvidamos de las fuentes tradicionales de transmisión del conocimiento.

Esta semana Víctor, mi primogénito, me dio una alegría, cosa que hace casi todos los días (no me merezco los hijos que tengo). Había expuesto en clase la información que él y yo habíamos seleccionado en internet sobre el Año Nuevo Chino. Al disponer de poco tiempo para ello, no pudimos acudir a una biblioteca para buscar en una enciclopedia o en alguna monografía sobre China. Me complació escucharle que muchos de sus compañeros habían reunido unas pocas líneas mientras él, bajo mi “supervisión”, había tratado el asunto con algo más de amplitud. Pero a continuación dijo algo que me alarmó: una compañera suya había copiado (poco más se les puede exigir a los alumnos de primaria, su capacidad de redacción es limitada) todo lo expuesto por ella sobre el tema ¡sólo de la Wikipedia!, una fuente que a mí no me ofrece ninguna confianza (en el Heraldo de Aragón de 15 de mayo de 2015, se citaba al escritor israelí Sam Vaknin y un artículo suyo publicado en 2006 en American Chronicle titulado “Los seis pecados de la Wikipedia”, en el que había tachado a ésta de opaca y anárquica además de afirmar que iba en contra del verdadero conocimiento).

Cavilé sobre cómo un estudiante de 10 años, seguramente con la ayuda de sus padres, busca en la Wikipedia y se conforma con lo que encuentra en  ella. Seguramente, y esto es lo peor, ello ocurre no sólo con una cuestión tan actual y que cuente con una bibliografía presumiblemente no muy amplia como la del venidero Año Nuevo Chino. Muchos alumnos, y padres que les ayuden, acudirán a esta web para consultar cualquier cuestión que esté ya tratada, y mejor, en obras de referencia y en multitud de libros.

Me acordé entonces del mito de la caverna de Platón; en este caso los alumnos se contentan con la sombra wikipédica del objeto de estudio, ignorando que la realidad del mismo se halla reflejada de forma más fidedigna en letra impresa y páginas encuadernadas. Así mismo, recordé cómo mi tío materno, Pascual López (nombre, por cierto, del protagonista de una novela de doña Emilia Pardo Bazán) nos hablaba de su trabajo como pastor en el pueblo (sito en el Señorío de Molina, territorio que perteneció varios años del siglo XIV a la Corona de Aragón). Contaba que, para los días de lluvia, además de abarcas, los hombres calzaban unos calcetines de goma llamados “piales” (don Ángel Luis Monge Gil, profesor titular de Derecho Mercantil de la Universidad de Zaragoza y actual Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Aragón, al tratar de las marcas nos explicaba la novedad de éstas en ámbitos como el calzado deportivo recordando que en la España de los años 50 los críos sólo contaban con alpargatas y, el que más, llevaba calcetines). Pues bien, cuando se rompían estos piales, la goma era aprovechada. Se cortaba en tiras, que eran prendidas con un “misto” y se  utilizaban para iluminar el interior de las parideras (en nuestro Pirineo reciben el nombre de “mallatas”), por la noche (o incluso de día, ya que muchas veces la única luz allí procedía de la puerta de entrada) para poder embrosquilar una oveja u ordeñarla.

Así, pues, los pastores de las parameras de Molina, muchos de ellos zagales de corta edad, ya sabían cómo iluminarse para trabajar sin romperse la crisma. Y ello con medios no precisamente digitales, sino con trozos de piales.
Se podría hablar, pues, del mito de la paridera. En este caso el moscóforo ve el cuerpo cierto de aquello que ilumina, no su simple sombra. ¿Seremos capaces nosotros de buscar una luz suficiente para encontrar el conocimiento y desechar las sombras proyectadas por fuentes telemáticas poco o nada fiables? ¿Podremos ser tan inteligentes como aquellos pastores? Ellos se procuraban una pequeña llama para ver ovejas (en un pueblo cercano al de mis padres, también de la comarca caracense de Molina, Labros, y según recoge don Mariano Marco Yagüe en su Vocabulario de palabras típicas, al cordero le llamaban “quitolis”; sabían aprovechar el latín de la liturgia mejor que nosotros el Evangelio en lengua vernácula), ¿nos animaremos nosotros a dejar de ser tan borregos en lapenumbra? ¿Nos acordaremos de que Diógenes buscaba con una lámpara (y no con los destellos de la pantalla de un teléfono móvil), de día, a un hombre honrado? ¿Nos daremos cuenta de que sólo el conocimiento verdadero nos hace ver con claridad, como nos lo recuerda el fanal suspendido del dintel de la puerta principal de la Facultad de Filosofía y Letras cesaraugustana, de cuyas enseñanzas esa luz es alegoría?

¿Dejaremos de ser tan “modennos” para llegar a beber de fuentes de saber más dignas de confianza, como la experiencia de nuestros mayores, y poder pasar, así, de la caverna a la paridera?

Comentarios cerrados.