Publicaciones - 24/02/18

Belchite frente al pasado

El hispanista Stéphane Michonneau (catedrático en Lille, antiguo director de Estudios en la madrileña Casa de Velázquez) estuvo dando mil vueltas por el Belchite viejo y el nuevo, haciendo a otros y a sí mismo muchas preguntas, reflexionando con modernos métodos y lenguajes sobre lo que pasó y aún pasa con ese pueblo en ruinas y las evocaciones desde el nuevo y las memorias diversas de una guerra que arrasó y una dictadura que recuperó e hizo símbolo y utilizó todo eso. De resultas, publica un libro estremecedor: “Fue ayer. Belchite. Un pueblo frente a la cuestión del pasado” (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2017).

Le impactó el paisaje, que le recuerda al Oeste americano: “una meseta calcárea de extrema aridez, sacudida por los vientos, atravesada por unos valles encajados entre montañas por los que discurren unos arroyuelos que se alimentan de las resurgencias”. Pero sabe que hace un siglo era mucho más verde y poblado. Colige que ahí, la relación con el pasado se comprende a través del espacio, y comienza a recorrer sus huellas: ruinas, monumentos, objetos, trincheras, búnkeres, paisajes modelados por las heridas de la guerra. Porque todo eso, nos dice, es fundamental en la construcción de los imaginarios contemporáneos, del patrimonio victimario: “pruebas de un crimen de la historia que las generaciones actuales creían poder juzgar, el de las poblaciones civiles bombardeadas, el de los exilios forzados y, sobre todo, el de las represiones de cualquier tipo”.

Belchite es una de las principales ruinas gloriosas del franquismo, como el Alcázar de Toledo, el Cerro de los Ángeles, Santa María de la Cabeza, la Ciudad universitaria madrileña… convertido en espejo del régimen franquista y vanguardia de una cierta modernidad arquitectónica y urbanística. El historiador establece la cronología del desastre; analiza los usos políticos de esas ruinas; adopta una postura antropológica ante las diversas representaciones actuales del pasado. Recurre a la historia de la memoria y sus usos políticos, ya casi con medio siglo de ejercicio, y sus marcos sociales y su traumatismo. Lee todo lo que puede sobre la guerra dejando atrás la literatura militante de los dos bandos y se fija en la larga duración, algo muy francés.

Y es que Belchite se le ofrece “como un formidable laboratorio histórico en el que se descubren modos de operar difíciles de encontrar en cualquier otro lugar”. Todo comenzó con la catástrofe de la guerra, “un acontecimiento inacabado que todavía resuena en el presente”. Una ola de violencia excepcional se abatió sobre este pueblo: una batalla que echó abajo la mayor parte de sus edificios, el éxodo y el empobrecimiento extremo; una reconstrucción lenta y penosa de trabajo forzoso, proscripción y exilio de muchos habitantes. Estudia el curso de la guerra en España y en Aragón, la batalla en sus fases, la exitosa defensa republicana humillante para los nacionales, maniobra de distracción ineficaz y severa represión de una mayoría de belchitanos que quiso sencillamente defender sus tierras. La reconquista, casi dos años después, por el bando sublevado, los bombardeos que evocan los de Barcelona y el año anterior en Guernica. La feroz represión del signo contrario ahora, no sólo de autoridades civiles y políticos republicanos, sino que más de la mitad alcanza a agricultores y jornaleros.

Y luego, una política social que dará prestigio a la Falange, que se adueñará de la dirección reconstructora (un cuarto del total español), a la vez que la “adopción” por Franco, primera de las que encabezó, encauzando numerosos donativos, leyes y normas protectoras, esa “arquitectura imperal” típicamente fascista, un regionalismo algo folkórico y muy catolizado, casi 700 edificios nuevos según un concepto jerárquico e inmovilista de la sociedad, construidos durante 26 años por Regiones Devastadas. El autor, que cree hubo mucha corrupción, no acepta en cambio la que califica de leyenda, de responderle al dictador que prefieren los habitantes pueblo nuevo a regadíos.

Los usos políticos de las ruinas, el intento de legitimar el pasado. Porque, explica, España no conoció una posguerra, un orden pacificado, y “durante un largo periodo de tiempo, bajo el reinado de una suerte de paz armada en la que la exclusión del vencido y la venganza social fueron los fundamentos del orden franquista”. Y añade algo tan cierto como entristecedor: “el rechazo hacia la dictadura no se cuenta entre las evidencias compartidas de la cultura política española. Hubo que esperar a mediados de la década de 1990, después de la caída del Muro de Berlín, para que el pasado regresara como problema. Una nueva generación, la de los nietos, puso en cuestión los fundamentos de la Transición en su dificultad para reconocer a las víctimas de la represión franquista”. Por eso, fracasado un discurso de reconciliación,”Belchite es el centro de una recuperación de la memoria que lo convierte en uno de los escenarios de la guerra más visitados en la actualidad”.

 

Interior de la iglesia de San Martín de Tours y torre del reloj del pueblo viejo de Belchite / foto: RSA

 

Lo legendario deriva en recrear una nueva Numancia o una reedición de las guerras napoleónicas, utilizando esa mística y pasión por las ruinas como lugar de recuerdo por excelencia, herencia europea de la primera Guerra Mundial, base aquí para las conmemoraciones franquistas con liturgia del más puro fascismo, mausoleo que, como el Valle de los Caídos, supone el centro de las rutas aragonesas de la dictadura. El autor evoca los goyescos desastres de la guerra, estudia la fuerza visual de fotos, planos, películas, carteles, presidiendo una estética de la ruina. Paisajes apocalípticos.

Y cuando llegue la inauguración de 1954, es hora de reinterpretar y resignificar el mito. Porque el patrimonio artístico es ahora patrimonio de guerra, y como Memorial no tiene sentido: ¿de qué paz?. No hay ya lugar a reconciliación, el pueblo modelo del franquismo queda inmutable. En todo caso, es un museo al aire libre, un lugar turístico, un truco de embaucadores sobre sonidos psicofónicos o un escenario de rodaje de películas. Aquí ubicó su obra Pepe Sanchis Sinisterra, el gran dramaturgo con quien coincidimos Labordeta y yo en Teruel, que me pidió planos y síntesis históricas, denominaciones militares, de armas, etc, para su espléndida “Ay, Carmela”, que luego rodaría en cine Carlos Saura.

Sólo la reciente recuperación de la amarga memoria histórica en Aragón irá dando un vuelco, nunca completo, al tema. Pero salta la sorpresa: el principal obstáculo a la rehabilitación del pueblo viejo reside en la contradicción entre el proyecto patrimonial defendido por el Gobierno autonómico y el sentimiento de los belchitanos desacordes en mayoría. Sigue ahí el inmenso cementerio, metáfora de los horrores de la guerra, esos muertos, desaparecidos, espectros. Como lo son las vinculaciones aragonesas con la Virgen del Pilar, y la local del Pueyo, exaltación religiosa y veneración de las iglesias-mártires destrozadas y el viejo Seminario. Víctimas de guerra, en ambos bandos, y sólo en uno, el perdedor, de posguerra. Miseria que, me recordaba siempre José Antonio Labordeta, arrasó más que las bombas en el pueblo viejo, que él conociera vivo de niño, con sus tiendas, bares, viviendas. Luego, el abandono, el robo desmontando puertas, ventanas, rejas, tejas, hizo el resto. Así se lo expliqué cuando, llevándoles a conocer el emblemático y patético lugar, acompañé en diversas ocasiones a historiadores tan importantes como Manuel Tuñón de Lara o Josep Fontana, sobrecogidos ante unas y otras causas.

En fin, por terminar con palabras del profesor Michonneau, sepamos que “Belchite fue, sin duda, el primer intento a gran escala de conservacion de ruinas de guerra en Europa occidental, pero no el último: inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial afloraron numerosos proyectos comparables, que rediseñaron los paisajes memoriales del continente europeo como nunca antes se había hecho. No sé si sabíamos todo esto, y mil cosas más de este libro enorme, monumental, a veces difícil por las precisiones conceptuales. Pero es el mejor escrito hasta ahora sobre un lugar aragonés de memoria. El autor, en su larga lista de agradecimientos a cuantos le ayudaron, y en especial a la traductora, Sheherezade Pinilla Cañadas, da muestra de un trabajo laborioso, meditado, incorporado a sus papeles, viajes y recuerdos. Por todo ello, le debemos gratitud.

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