Cuadernos de viaje - 11/03/18

Una visión de la provincia de Teruel a inicios de 1888 en el Mercantil Aragonés

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“Positivamente desgraciada, en su triste aislamiento, es esta provincia. Sus tierras de secano, de poca fertilidad, se destinan en general al cultivo de cereales, que en años regulares producen bastante para el consumo y aún para la exportación; pero van transcurridos ya ocho de escasez que, a una con las causas administrativas, sostienen la crisis a gran altura. No hay apenas comercio, ni es posible que lo haya, porque sin ningún ferrocarril (excepto unos pocos kilómetros), sin carreteras provinciales y abandonadas las vía vecinales, hácense los cambios en caballerías y carros, costando por ejemplo, la conducción del hectolitro de trigo, de Teruel a Valencia, tres pesetas. Tan atrasada y cara es la producción, que indican que debe valer el trigo en los puntos de consumo a 27 pesetas y la cebada a 17. Como no hay medios de salida, los vinos, en cuyas plantaciones y fabricación se han hecho positivas mejoras, “se hallan estancados y sin explotar”. Aunque se cosechan más de 36.000 hectolitros de aceite de excelente calidad, ese mismo aislamiento y la competencia los dejan casi sin valor. Su ganadería, verdadera base riqueza para este país, si se fomentara, atraviesa un difícil período, aunque no tan grave como el de Zaragoza. Los precios de las lanas y carnes se han reducido a la mitad. Salen de la provincia anualmente para Cataluña 120.000 cabezas de ganado lanar, 8.000 cabrío para Castellón, y 6.000 de vacuno para Valencia. Los ganaderos procuran desprenderse de sus existencias a todo trance y aun a precios bajos; así es que este año en la feria de Alcalá de la Selva se han presentado 7.000 cabezas de cría de ovejas; detalle hasta aquí nunca observado. Para fertilizar su suelo aspiran los labradores a que se establezcan los pantanos de Híjar (ya empezado) en los términos de esta villa, La Puebla y Albalate; del río Matarraña, en los de Valderrobres y Beceite; del Guadalope o Santolea, para toda la ribera de este río en los de Castellote; los de Cibanes y la Salada, en los de Alcañiz y límite de Caspe; el de San Blas en la capital; y el del Mezquin. Pero de tanto o mayor urgencia que estos depósitos o veneros de agua es la construcción de la vía férrea que, partiendo de Calatayud (prolongación de la gran línea diagonal de Galicia, Asturias, Santander, Palencia, Baltanás, Roa, Aranda y Ahuazán), pase por Daroca, Calamocha y Teruel, continuando a unirse con la de Valencia. Esta vía hoy, y más adelante la de Alcañiz a Montalbán, Monreal y Guadalajara, pondrán a la provincia en condiciones regulares de existencia, y no sólo abrirán salida a los productos de su agricultura y ganadería, sino que darán inmediato valor a la gran riqueza explotable con que cuenta, que es la minera, a los ponderados hierros de Albarracín, manganesos de Crivillén, zinc de Linares, carbones azabaches de Utrillas y Gargallo, lignitos de Aliaga y Parras; y salinas de Arcos, Ojos Negros y Valtapiada.

            No de otro modo espera impaciente Aragón entero, como factor indispensable para la resurrección de su vida agrícola, la construcción inmediata de la vía férrea internacional por Canfranc, que de fácil camino a los caldos, frutas y demás productos de las tres provincias para Francia y otros países. Con la exportación aumentarán las ganancias, y con estas se animarán los agricultores a preparar sus tierras para recibir el beneficio de los riegos, mejora que requiere mucho tiempo, capitales y conocimientos para que resulte útil y no desastrosa o estéril, como algunas veces ha sucedido”(1).

  1. El Mercantil Aragonés, 28 de enero de 1888, hoja 1ª, con firma de R. Becerro de Bengoa. Hemeroteca Municipal de Zaragoza.

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