Publicaciones - 19/03/18

Muerte en el museo

 

Goya es un genio absoluto, esa es una verdad inalterable. Uno de los nombres indispensables del panorama artístico universal de todos los tiempos. Su vida, y sobre todo su obra,  ha sido difundida por todas las vías conocidas (exposiciones, películas, cómic…etc..). De su trayectoria artística, quizás las llamadas Pinturas negras siguen despertando en el visitante del siglo XXI, que se adentre en la sala  67 del  Museo del Prado el misterio que las rodea, pues gracias a la magia del arte y  a través de esas composiciones, podemos atisbar el alma de un hombre atormentado. La historia nos cuenta que, antes de exiliarse a Burdeos, el genio aragonés compró  una casona en la que vivió a orillas del Manzanares: Quinta del Sordo así sería conocida. En los muros de esta casa, el artista plasmaría catorce composiciones absolutamente terroríficas que el mundo entero acabaría conociendo y alabando mucho después. En el  Madrid en el último tercio del siglo XIX, un banquero alemán, con  ganas de hacer dinero, llamado Emile d’Erlanger, compró la casa y gracias a la pericia del restaurador que éste contrató para llevar a cabo su empresa, Salvador Martínez Cubells: que  habría de pasar las composiciones con la técnica de revoco a lienzo para tratar de venderlas después, y a la ayuda del fotógrafo Jean Laurent, quien fotografió las pinturas y constató que había un decimoquinto hueco en el que en ese momento no existía nada salvo pared.  Algunos expertos atribuyen una probabilidad de  que en  aquel espacio desnudo hubiera albergado en su día una pintura que anteriormente alguien se había encargado de arrancar de los muros de la casa. El nombre de esa  decimoquinta pintura perdida de Goya, sería El Ángel Negro, que es a su vez, es el título del debut literario de Laura Higuera.

En el Madrid actual, la sala dedicada a las Pinturas negras de Goya, del Museo del Prado, será escenario de un  crimen siniestro y un mensaje escrito en clave en el reverso del  lienzo Saturno devorando a su hijo, una de las obras maestras del pintor aragonés, que por su fuera poco, aparece con una cuchillada furiosa que la  atraviesa de arriba abajo. Como afirma la autora en la novela: “Ni la tormenta en la que El Coloso se adentra vaticina la negrura que les espera unos metros más adelante, ni tan siquiera en el rostro apacible que el maestro Goya trasladó a su retrato del actor Isidoro Máiquez puede uno encontrar paz o anestesia. Ante una obra de tanta mansedumbre, resulta imposible anticipar las formas terroríficas que Goya acabaría pintando quince años después en los muros de su casa. Las que les esperan como esperpentos sangrientos a pocos metros de distancia”. Premeditado o no, lo cierto es que el argumento de la novela tiene mucho que ver con Dan Brown y su Código Da Vinci, eso sí, salvando las distancias, en este thriller se mezcla realidad y ficción a partes iguales pero siempre con un fundamento histórico sólido. En poco más de 300 páginas y 39 micro capítulos (todos encabezados por una frase de un autor  célebre) la autora nos ofrece una novela sorprendente que se desarrollará  en dos tiempos, el presente más inmediato, y  en las postrimerías del siglo XIX, dónde ciudades como Venecia o París, serán testigos de la vida y muerte de Alejandra Abad, pieza clave de todo el engranaje.

La  construcción de la historia, es interesante, crear a partir de hechos verídicos situaciones  que poco tuvieron que ver con las vidas de los personajes reales que van apareciendo en la novela, no es tarea fácil, y más para alguien que acaba de publicar su primera novela, en una editorial importante de nuestro país. Pero ello no quita que, detrás del título, el tema y la sorprendente portada, se esperaba algo más, sobre todo en algunas facetas. Por ejemplo: Descripciones más minuciosas en calles y edificios del París de la Exposición Universal de 1878, la desaprovechada ocasión de describir el viaje a bordo del Orient Express. En cuanto a los protagonistas en tiempo presente, Bernardo Vera y Ada Adler, parece cogida con pinzas esa especie de “tensión sexual” que desde el primer momento parece entreverse en ambos, en medio de un asesinato. A pesar de esos pequeños “pecados”, la novela no deja flecos, su autora nos ofrece lo justo y necesario para entretener lo suficiente, y que el lector  acabe satisfecho finalmente.

Laura Higuera. El Ángel negro. Ediciones B. Barcelona, 2017. 338 pgs

 

 

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