Historia y Política - 25/03/18

En la cuestión catalana, contentarse con una victoria cuando se podría alcanzar un pacto demuestra muy poca ambición política.

 

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De la clase política actual, de acá y de allá, no cabe esperar solución alguna medianamente razonable para el problema político de más enjundia de esta España nuestra. No es porque carezca de ella, pero por su estrecha visión cortoplacista y electoralista, no tienen el coraje de aplicarla. Y los partidos que la tienen y la defienden, precisamente por ello son castigados electoralmente. Mas, los políticos de verdad, los que tienen sentido de Estado, son aquellos que piensan en las generaciones futuras no en las próximas elecciones. En esta España nuestra, políticos con este sentido de Estado yo no los veo.

 

Por ello, resulta pertinente recurrir al ámbito de la filosofía con el objetivo de vislumbrar un pequeño resquicio de luz en este laberinto tenebroso. Uno de los filósofos que más piensa y con mayor criterio sobre nuestra situación política actual es Daniel Innerarity. Lo he leído en numerosas ocasiones y siempre me ha parecido un ejemplo de sentido común. Su libro reciente, de marzo de este año, Política para perplejos continúa en la misma línea, y  en el que hay un capítulo breve, pero pleno de calado político: ¿Qué hacemos con las naciones? Especialmente este capítulo lo he leído varias veces y lo he reflexionado en profundidad. Me tomo la licencia  de extraer sus ideas fundamentales, con las que me identifico plenamente. Y lo hago porque muestra algunas salidas razonables a este interminable túnel. Sus ideas las iré desgranando, utilizando sus mismas palabras, ya que tienen un significado muy preciso,  e iré  incorporando algunos comentarios personales, que estarán en cursiva.

 

Si uno hace una descripción de cualquier problema (en este caso es el catalán, aunque también español) y lo que resulta de entrada es un campo binario, polarizado y sin lugar para posiciones matizadas o intermedias, puede tener la seguridad de que el diagnóstico no está bien hecho. Si además sucede que en esa descripción, pretendidamente objetiva, unos tienen toda la razón y otros están en el rincón de los locos, los estúpidos(los abducidos), entonces es uno mismo quien tiene que hacérselo mirar. Esto no impide tener una posición propia y defenderla por principio: lo malo es quedarse en ella al principio y al final; habiéndose privado de esa experiencia incómoda y fascinante a la vez, de tener que matizar, corregir e incluso abandonar su posición inicial. (Desde ambos lados la postura es la misma al principio y al final, no quieren matizar, porque han interiorizado  el estar en posición de la verdad absoluta, aunque quizá no quieren matizar para no ser acusados de claudicación. Al respecto me parecen muy oportunas las palabras de Pedro Sánchez cuando asumió su candidatura a la presidencia de Gobierno: Si algo hay claro en el panorama político actual, es que estamos obligados al diálogo. Ya no sólo como un imperativo moral, sino como una necesidad funcional. Y el diálogo y el acuerdo exigen el reconocimiento de la dignidad moral del adversario, exigen el respeto al otro, exigen escuchar al otro. Exigen arriesgarse a un diálogo del que ninguno saldrá igual que cuando lo inició. Un diálogo verdadero exige asumir el riesgo de ser convencido…”).

 

Los conflictos se vuelven irresolubles cuando caen en manos de quienes los definen de manera tosca y simplificada (gran parte de la clase política y de los más importantes medios de comunicación de acá con una visión reduccionista de la realidad aducen que lo que ocurre en Cataluña es exclusivamente producto de 30 años de adoctrinamiento, lo que supone un desconocimiento de la historia, y tal visión además ha calado en buena parte de la sociedad española; como también allá la idea no menos simplista de España nos roba. Estamos donde estamos en gran parte, según palabras de Pedro Sánchez, porque  ha faltado el diálogo entre el Gobierno central y el de Cataluña. Ha sido y es de una irresponsabilidad política descomunal que dos gobiernos democráticos hayan vivido de espaldas uno de otro, calculando los réditos electorales del conflicto, sin comprender la ruina colectiva a la que nos llevaban sus cálculos.); desde el momento en el que los problemas políticos se reducen a cuestiones de legalidad u orden público, cuando aparece una idea de legalidad que invita a los jueces a hacerse cargo del asunto, en cuanto se enfrenta un «nosotros» contra «ellos» de los que se ha eliminado cualquier atisbo de pluralidad y todos los matices de la pertenencia… a partir de entonces todo está perdido hasta que no recuperemos una descripción del problema que lo acepte en toda su problematicidad. (El haber trasladado por ineptitud o incapacidad del Gobierno de Mariano Rajoy el problema político a los tribunales, el problema no solo no se soluciona, sino que se agrava cada vez más, tal como estamos observando hoy mismo cuando escribo estas líneas, con la prisión incondicional para Turull, Rull, Romeva, Bassa y Forcadell… Lo grave es que siendo este hecho tan claro, es que persistan todavía en la misma dirección).

Innerarity sigue, será por mi profesión de filósofo, que nos inclina a complicar las cosas, pero siempre he sospechado de quien plantea los problemas y, sobre todo, las soluciones, con excesiva simplicidad, porque suele terminar suponiendo mala fe en quienes aún así todavía no lo vemos claro. (Los que no lo tenemos tan claro, sufrimos todo tipo de ataques desde ambos lados. La sociedad amenaza con aislar a los individuos díscolos con el pensamiento dominante, de acuerdo con la teoría sociológica de la espiral del silencio, que es la situación, que se dibuja a medida que aquellos que tienen posiciones minoritarias son enmudecidos, y las opiniones percibidas como mayoritarias aumentan y se vuelven dominantes. Ese silencio les hace invisibles en la esfera pública, lo que provoca que acaben teniendo la sensación de que su opinión es más marginal de lo que es en realidad. Esto refuerza aún más su temor al rechazo social, creándose así una espiral donde las voces minoritarias van progresivamente enmudeciendo).

Señala que no tiene la solución al problema territorial de España (De momento nadie lo tiene, porque la imposición no es una solución, ya que el problema persiste y su insurgencia aparecerá en cualquier momento). Lo que más le ha llamado la atención, en base a explicaciones tan simples, de unos y de otros es precisamente la inocencia con la que apelan a valores como «democracia», «estabilidad» o «legalidad», sorprendidos de que no todo el mundo se ponga inmediatamente de rodillas ante la evidencia y en disposición de cumplir las órdenes que emanen de tan incuestionable principio. (También me sorprende que cada uno se apropia y monopoliza el término “democracia, y acusa al contrario de actuaciones  antidemocráticas. Cada bando da un sentido totalmente diferente a la palabra democracia).

Luego reconoce como inevitable punto de partida; eso de las naciones es un auténtico dilema y que no tiene solución lógica sino pragmática; o lo que es lo mismo, una síntesis pactada para favorecer la convivencia, de lo contrario si la alternativa es imponerse el uno al otro, el conflicto sigue. El quid de la cuestión radica en que toda nación presupone algo que no se discute, como sujeto de soberanía. El pueblo no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo. De hecho, cualquier sistema democrático es incapaz de resolver democráticamente la cuestión acerca de quién decide qué y remite siempre a un marco previo de soberanía. Cuando el sujeto es contestado, en aquellos casos en que hay un persistente cuestionamiento de la soberanía, porque unos entienden que su titular somos todos(los españoles) y otros que son una parte(los catalanes) a la que consideran todos, ¿cómo resolvemos este dilema? No hay otra solución que pensar el demos (conjunto de individuos que forman una unidad política) como una realidad reflexiva, discutible, revisable y abierta. Por eso debe haber procedimientos para renovar o modificar el pacto que constituye nuestra convivencia política. Nuestro atasco procede de que estamos considerando las identidades políticas como datos irrefutables y no todos los ven así; muchos españoles no consideran legítimo que los catalanes decidan sin tener en cuenta su opinión y muchos catalanes están en desacuerdo en que su futuro se decida dando por sentado que son una parte de los españoles, algo que les impediría de hecho la mera posibilidad de salirse de un sistema de decisión en el que siempre serían minoría.

Tras darle muchas vueltas al asunto, Innerarity manifiesta haber llegado a la conclusión de que este dilema no tiene una solución lógica ni legal, que es imponer un marco de legitimidad como si se tratara de una evidencia incuestionable: que estas decisiones las deben adoptar todos los españoles o solo los catalanes; ambas propuestas son cuestionables y dan por sentado el marco desde el que ya queda predeterminada una única solución. Cuando las cosas están así, si descontamos la imposición de unos sobre otros como verdadera solución, la única salida democrática es el pacto. Pero si aceptamos esta posibilidad nos salimos del esquema que ha sido dominante durante los últimos años y que aspiraba a la victoria de unos sobre otros. Al insistir en el acuerdo frente a la victoria de unos sobre otros, modificamos radicalmente el campo de batalla. Porque entonces el eje de la confrontación ya no es el de unos nacionalistas contra otros, sino el de quienes quieren soluciones pactadas frente a quienes prefieren la imposición. Cambiemos la orientación y modificaremos los términos del problema: ahora se trataría de elegir no entre una nación u otra sino entre el encuentro y la confrontación, que de ambas cosas hay partidarios en uno y otro bando. (Hay muchos más partidarios del encuentro que de la confrontación. Un hecho constatable en nuestra sociedad de acá y de allá).

Miremos las cosas desde esa perspectiva y no encontraremos a la gente polarizada en torno a sus identificaciones sino preocupada por cómo hacer posible la convivencia entre quienes tampoco quieren renunciar a las diferencias que les constituyen. Quien gobierna con esa visión de la realidad social lo que se encuentra no son bloques homogéneos sino hombres y mujeres con identificaciones tan idiosincráticas, que no se dejan reducir a categorías simplificadoras.

Innenarity continua afirmando que el problema  de fondo va a seguir ahí, hasta que alguien lo aborde en toda su complejidad (Obviamente en la clase política actual no hay nadie con esa capacidad de liderazgo. Suárez se reunió con Carrillo. ¿Por qué no se reúne Rajoy? Hacerlo no es claudicación es todo un ejercicio de responsabilidad política). Las naciones son una realidad persistente. Tan absurdo es el pretender ignorarlas, como jugarse la convivencia a una exigua mayoría o a una simple imposición. Cuando en un mismo territorio conviven sentimientos de identificación nacional distintos, el problema que tenemos no es el de quién conseguirá al final la mayoría, sino como garantizar la convivencia, para lo cual el criterio mayoritario tiene poca utilidad. Y esto solo es posible mediante el pacto, aunque parezca improbable.

Las naciones son negociables, lo que las hace intratables son determinadas maneras de sentirlas y defenderlas. Que tenga un fuerte contenido emocional no impide que se le pueda dar un tratamiento razonable. Se manifiesta partidario de que en una futura solución haya un cauce para una hipotética secesión, pero dada la situación prácticamente de empate en cuanto a los sentimientos de identificación nacional, sería preferible pactar algo que pueda concitar mayor adhesión. Hoy aparecen quienes afirman que esto no es posible, aunque tampoco ofrecen nada alternativo que goce de mayores condiciones de posibilidad. Son aquellos que prefieren la victoria  e incluso la derrota, siempre mejores que un acuerdo per se, que no deja satisfecho plenamente a nadie.

Es posible el diálogo, el pacto, y la negociación en torno a nuestras identidades y sentidos de pertenencia. No en cuanto al ser, sino en cuanto al estar, el acuerdo sobre cómo distribuir el poder, qué fórmula de convivencia es la más adecuada, qué niveles de competencia son mejores para los intereses públicos, como dar cauce  a la voluntad mayoritaria sin dañar los derechos de la minoría…Conviene pactar cuando de lo que se trata son de las condiciones que afectan a cuestiones básicas de nuestra convivencia política-en las que confiarlo todo a la ley de la mayoría equivale a una forma de imposición- y cuando los números  de quienes defienden una u otra posición no son ni abrumadores ni despreciables. En estos casos, contentarse con una victoria cuando se podría alcanzar un pacto demuestra muy poca ambición política. Evidentemente ahí es clave la asunción de responsabilidades por la clase política, estatal y autonómica, para dar forma política a una voluntad de acuerdo, que seguro es mayoritaria tanto en Cataluña como en el resto de España.

He tratado de reflejar lo fundamental de las ideas de Innerarity. Si han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, habrán podido comprobar que son de calado y plenas de sentido común, algo infrecuente en nuestra clase política.  No da por cerrada la posibilidad de llegar a un acuerdo por ambas partes. La solución es compleja, por que como decía el conde  de Romanones, soluciones simples para problemas complejos, por lo menos yo no las conozco.  Evidentemente que habrán de ser soluciones imaginativas no exentas de renuncias, en las que no ganará propiamente nadie, aunque sí ganaremos todos.

 

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