Publicaciones - 17/09/18

Depurar y castigar: La sádica persecución franquista a los profesores de Instituto

Eliseo Moreno es uno de mis mejores alumnos en los maravillosos años de Teruel en la segunda mitad de los sesenta. Hemos seguido viéndonos y hablando de sus trabajos; asistí a la defensa de su tesis, que tuvo director y tribunal de campanillas, y que ahora se traduce en “Depurar y castigar”, un libro importante, por el tema y porque está muy bien hecho y editado, por nuestra activísima Institución Fernando el Católico. Entra, de pleno derecho, en la prestigiosa escuela zaragozana de historiografía, que lleva décadas levantando actas de cómo se manipuló, de muchas maneras, nuestra Historia. La principal, quizá, aparte la censura de tantos buenos manuales, la persecución de muchos profesores y el ascenso de tantos mediocres, impresentables, vesánicos catedráticos colocados cara al sol.

Porque tantas esperanzas, experiencias, ilusiones, puestas por excelentes catedráticos en la República, ya en la guerra, nos dice Eliseo, “las fuerzas conservadoras y oligárquicas no toleraron aquel cambio democratizador”. Por eso, “en el bando sublevado se instauró un nuevo sistema educativo basado en los principios religiosos, morales y patrióticos del Movimiento… un relato al servicio de los vencedores”. Y a mostrar y demostrar todo eso, con apoyatura de excelentes estadísticas, gráficos, listados, fotografías, explicaciones dedica la mayor parte del libro, que cuenta con una bibliografía modélica, casi exhaustiva, utilísima para futuras biografías. Muy detalladas informaciones.

Sabíamos ya, por historiadores de este y otros grupos, de la persecución en la Universidad (Jaume Claret, Luis Enrique Otero, etc.), y también entre los maestros aragoneses (Víctor Juan y otros) y de otras zonas. Pero el cuadro se completa, y contribuirá, sin duda, a la historia cultural de toda España, no sólo como era frecuente, en una comunidad, o en las principales ciudades. Es ya un libro de consulta imprescindible, facilitada por los apéndices y listados finales (en cuyos bosques, ay, uno se pierde: no sé si ha sido torpeza mía, o desacuerdo entre nombres y páginas).

Dada esa dificultad, que deploro, me limitaré a citar los que sé que fueron sancionados, los que sé que no, y los que estuvieron algo molestados, al menos. Creo que, más por viejo que por diablo, quizá pueda poner el acento en nombres que me suenan porque estudié con sus libros (no siempre con provecho), y en algunos casos llegué a conocerles. Escudriñando en las varias listas, encuentro nombres importantes de nuestra Historia, de diversa suerte o duración: fueron sancionados con mayor o menor dureza y duración Pedro Aguado Bleye, Francisco José Barnés, Ramón Otero Pedrayo, un nacionalista apenas liberal, cuya biobibliografía hará feliz a Ramón Villares; y Vicente García de Diego, Eloy Luis André, Manuel Núñez de Arenas, Pío Beltrán Villagrasa (padre de D. Antonio).

En el caso aragonés, sabemos que profesaban y fueron sancionados Francisco Cebrián, Cristóbal Pellegero Soteras, en Zaragoza (no citamos a otros allí, en Calatayud, Huesca, Jaca, Teruel, Barbastro, pero resultan conocidos e importantes Romualdo Sancho Granados, Rafael Armisén o Salvador Amada estaba en Baracaldo en 1935; Eduardo de No en Burgo de Osma.

La depuración fe atroz. Moreno eleva la cifra a un 41 %, lo que es realmente abrumador. Hay docenas y docenas de casos de castigo a excelentes profesoras y profesores, sin más acusación que ser de izquierdas o incluso meramente de no ser fascistas. Y luego,” la fiesta del Chivo”, con permiso de Vargas Llosa, la gran redada de unas falsas, trucadas, tendenciosas “oposiciones patrióticas de 1940”, que dejarían el asunto, como tantos otros, atado y bien atado, y por muchos años.

Se salvaron, confirmados en sus puestos, en Zaragoza Juan Fernández Amador de los Ríos, Juan Tormo en Huesca, Manuel de Terán, en el Instituto Escuela. Y obtuvieron, o recuperaron, con mayores o menores dificultades, cátedras: Antonio Domínguez Ortíz, José Pérez Bustamante, Antonio Rumeu de Armas, José Luis Asián Peña,  María Comas (hay pocas mujeres entonces, pero todas del temple de esta autora de excelentes libros) y, junto a ellos, muchos autores de manuales de varia calidad, y controladores de oposiciones y cargos, como Matilde Moliner Ruiz (hermana de la gran María), Jaime Vicéns Vives, Santiago Sobrequés, Antonio Palomeque, Manuel Ballesteros Gaibrois o Malaquías Gil Arantegui, (aragonés que vivió un largo exilio en Puerto Rico, hace años se leyó en nuestra Universidad una tesis sobre él redactada por su hija).  Añadamos, cursillistas de urgencia de 1936, a Juan Antonio Gaya Nuño, Ángel Canellas, Joaquín Pérez Villanueva, María Josefa Mantecón Navasal, hermana del gran José Ignacio, mítico exiliado en México.

A la cabeza de todos ellos, un aragonés de infausta memoria: José Ibáñez Martín, catedrático desde 1922 y que sería el más militante ministro de Franco en legislar, depurar, organizar. Están ahí arriba muchos de los principales nombres del régimen, en muchos casos pronto ascendidos a las cátedras de las Universidades.

Todo eso y mucho más, en esta enciclopedia de las venganzas y los odios; pero entre líneas, se contempla una cierta compasión y comprensión, por quienes tras pasar procesos inquisitoriales, decidieron reingresar, seguir trabajando en lo de toda la vida, dando clases, escribiendo libros, investigando, con casi total independencia y absoluto rigor. La sola mención de personas tan valiosas y honradas como Vicéns Vives, María Comas o Domínguez Ortíz, nos ayuda a ello, con respeto y admiración. Que no merecen otros muchos, aquí sólo citados los más soberbios y mimados por aquél régimen.

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