Política - 07/10/18

Lucha por la hegemonía

 

 

Hoy se ha impuesto la hegemonía neoliberal aceptada sumisamente por la mayoría de la sociedad, marginando la socialdemócrata.  Profundizo en la cuestión de la hegemonía, porque me parece crucial. Tal sumisión generalizada, sorprendente en una sociedad con tan alto nivel educativo, nos imposibilita imaginarnos otra realidad social que Mark Fischer la llamó realismo capitalista: la imposición de una realidad irreal con aspecto de orden natural e indestructible. El neoliberalismo no tiene ningún límite. Y ante el fracaso de sus  políticas con el inevitable sufrimiento humano, se argumenta que  sus dosis son insuficientes, por lo que hay que incrementarlas. Una mezcla de sadismo y cinismo. Su apabullante dominio impide cualquier tipo  de alternativa, por lo que la democracia desaparece, ya que ésta requiere la convicción de que haya alternativas por las cuales merece la pena luchar.

 Ernesto Laclau y Chantal Mouffe advirtieron ya en 1985 del peligro de la imposición de esa hegemonía neoliberal en su libro Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. En su planteamiento hay dos conceptos claves: antagonismo y hegemonía. El  primero significa que en el ámbito político son inevitables los conflictos, para los que no hay una solución racional o definitiva. Esto nos lleva a una comprensión del pluralismo, que significa la imposibilidad de reconciliar todos los puntos de vista. El segundo, hegemonía. Ambos son indispensables para elaborar una teoría política. Hablar de hegemonía implica que cada orden social no es más que la articulación contingente (no necesaria) de relaciones de poder particulares. La sociedad es producto de unas determinadas prácticas hegemónicas con el fin de instaurar un orden en un contexto contingente.

Iñigo Errejón reflexiona sobre el concepto de hegemonía. Es la capacidad de un grupo particular de vertebrar en torno a sí el interés general, haciendo ver que su interés particular es el de toda la sociedad, de tal manera que puede hablar  en su nombre, poner las etiquetas y definir los temas y los adversarios. En nuestras sociedades mandan quienes son capaces de construir en torno a su dirección un consentimiento general y que la gente vea el mundo con las gafas, con las palabras, con los conceptos de la clase dirigente. Mandan porque tienen la capacidad de integrar y excluir a la vez. Las razones de los dominantes incluyen  en forma subordinada las de los dirigidos, les dan sentido y alguna forma de esperanza dentro de su orden. La coacción es lo último. Como señalaba Nicos Poulantzas, “el Estado capitalista agrupa por arriba y dispersa por abajo, es decir, fragmentar y dispersar el descontento”. Integra una parte del descontento y otra la manda a la resignación y a la marginalidad. Por último el poder hegemónico supone que incluso cuando los adversarios lo desafíen, lo tengan que hacer con sus propios términos. Es decir, es un poder que construye el terreno de juego, incluso un sentido común, que hace que quien le quiera ganar lo tendrá que hacer en su terreno político. Uno de los artífices de la Constitución chilena postpinochetista dijo: de lo que se trata es hacer una Constitución tal que incluso si ganara el adversario, gobernaría de forma muy similar a la que nosotros haríamos.

Retornando a Laclau y Mouffe,  este orden hegemónico es así pero podría ser de otra manera. Estas consideraciones teóricas tienen unas implicaciones políticas cruciales. Hoy oímos “No hay alternativa”. Por desgracia, los socialdemócratas han aceptado esta idea, como un dogma, y piensan que lo único que puede hacerse es gestionar este orden globalizado, dándole rasgos más humanos. Muy al contrario. Todo orden hegemónico puede ser cuestionado por prácticas contrahegemónicas que intenten desarticularlo para establecer otra hegemonía. Esta tesis tiene una serie de consecuencias para plantear unas políticas emancipadoras. Si la lucha política es siempre la confrontación de diferentes proyectos hegemónicos, esto significa que nunca nadie podrá decir que la confrontación debe finalizar, porque ya se ha llegado a la democracia perfecta. Por ello, el proyecto de la izquierda si quiere alcanzar la hegemonía es la “democracia radical y plural”, una radicalización de las instituciones democráticas existentes para hacer efectivas la libertad y la igualdad. Su objetivo es integrar las reivindicaciones de los nuevos movimientos sociales. Ese es el reto para la izquierda: articular las nuevas reivindicaciones de los movimientos feministas, antirracistas, homosexuales, ecologistas… con las de clase. De ahí el concepto de “cadena de equivalencias”. Frente a la separación total entre movimientos de algunos filósofos posmodernos, la izquierda debe establecer una cadena de equivalencias entre esas luchas diferentes para que, cuando los trabajadores definan sus reivindicaciones, no olviden las de los otros movimientos. Y a la inversa.

Si Laclau y Mouffe en 1985 nos hablaban de la necesidad para la izquierda de radicalizar la democracia para alcanzar su hegemonía y criticaban los límites del Estado de bienestar, eso no les impedía reconocer los avances que había proporcionado. Sin embargo,  hoy Mouffe en Construir pueblo, nos dice que lo urgente hoy es recuperar la democracia, para después radicalizarla. La tarea es mucho más difícil.

 

 

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