Semblanzas - 12/11/18

ENTREVISTA A SARA MAYNAR ESCANILLA, LA PRIMERA LICENCIADA EN DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

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En el periódico La Voz de Aragón de Zaragoza, de fecha 4 de enero de 1930 aparece una entrevista por J. Sanz Rubio a Sara Maynar Escanilla, la primera Licenciada en Derecho de la Universidad de Zaragoza. Que es una entrevista que merece interés, resulta obvio.

 

Anteayer juró los evangelios en la Audiencia la primera señorita licenciada en Derecho en la Universidad de Zaragoza: Sara Maynar, hija del  conocido y culto abogado don Manuel, mi colega en la doble vocación periodística. Ya relaté en su sección de Tribunales el solemne acto. Ahora queremos hablar de ella en otro aspecto.

Sentados frente a frente en el magnífico despacho de su padre, que preside un magnífico retrato del decano de los abogados zaragozanos don Marceliano Isabal, empieza nuestra charla.

-Usted- decimos- tiene ya su título de licenciada en Derecho. ¿Cómo cree que debe decirse atendiendo a su condición femenina, abogada o abogado?

-Pues…sinceramente, no lo sé. Don Javier Comín dice que soy abogado, pero don Domingo Miral cree que siendo abogado una palabra latina que tiene acepción femenina- advocatus, advocata- bien puede decirse abogada. De todos modos yo soy abogado.

Pero sonríe con una sonrisa blanda, amable y muy femenina.

-¿Piensa usted ejercer la carrera?

– Sí- dice- por eso he jurado ayer. Pero no enseguida. Ahora sólo me preocupo de mis estudios de doctorado. Y acaso, después, haga unas oposiciones.

-¿Qué le gustan más, los asuntos civiles o criminales?

-Los civiles. Prefiero estudiar y combatir escribiendo. Soy mala oradora.

Esta confesión no le resta méritos, ni que sea algo desmemoriada- herencia de su padre don Manuel, tan escaso de esta facultad que en sus informes necesita apuntarse el nombre del reo para tenerlo a la vista, siempre que necesite recordar cómo se llama su defendido- Decíamos que no le resta méritos. ¿Para qué necesita poseer la habilidad oratoria de un Cicerón? Su palabra, como su sonrisa blanda, tiene una suavidad convincente que ha de lograr para ella los mejores éxitos. ¡Confesamos de antemano que no nos alegraría tenerla enfrente como abogado de la parte contraria en cualquier juicio ante jurado!

-¿Le satisface el sistema universitario español?

-No- replica rotundamente—Sobre todo el modo de examinar me parece absurdo.

Aquí todo se confía a la suerte, y con esta no se puede formar juicio exacto. Otra contrariedad tremenda es tener que aceptar siempre el mismo profesor, valga o no valga, nos resulte simpático o desagradable.

– Dígame usted, cambiando de tema: ¿Qué opinión tiene de la vida?

-¿La Vida con mayúscula? – responde- Admirable.

-¿Y de España en concepto de Patria?

-Ideal. Eso debieran decir todos los españoles. Ya veo que usted me hace las preguntas de la encuesta a la juventud de “El Sol”. Es que yo creo que universalizar la idea de patria es cosa secundaria.

-Entonces, ¿usted no se siente ciudadana del mundo?

-Sí, pero primero me creo española.

-Muy bien. Por consiguiente, ¿qué juicio tiene usted del amor?

-Uno solo- contesta sin vacilación- y para toda la vida.

-¿No admite usted la posibilidad de equivocarse?

-Para eso está la separación de cuerpos. Romper el vínculo en absoluto, cuando existen hijos, me parece algo criminal.

-Aceptada la teoría- argumentamos-, pero, si no existen hijos, ¿por qué no devolver la libertad a los equivocados?

-Las leyes no han previsto estos casos de excepción. Pero además- añade- mi padre dice que en varias ocasiones en que arbitró discusiones matrimoniales, al final, aún persistiendo las diferencias conyugales, siempre se ponían de acuerdo marido y mujer para no pagar al abogado.

-Hay un remedio- expusimos- El pago por adelantado.

-¿Qué opina del feminismo?

-Yo era muy feminista. Disculpaba todos los atrevimientos. Ahora es otra cosa. He evolucionado mucho. Creo que eso de la igualdad de derechos es una utopía.

– ¿Cree usted entonces que es humanamente natural el gobierno de la sociedad conyugal por el marido?

Desde luego eso debe disponer la ley, entre otras razones, porque casi siempre es papel mojado. Los caracteres de los esposos deciden después quién debe mandar, o quién manda en realidad: sí ella o él. Mire usted: he observado en el despacho de mi padre que en la región de las Cinco Villas, quien atiende los asuntos externos de economía, y aún los más graves de complicación jurídica, es la mujer.

-¡Curiosa observación! Y usted, particularmente, ¿qué piensa de esto?

-Casarme un día. Aunque, es claro, abandonaré el ejercicio de la profesión, de no serme absolutamente preciso para ayudar al levantamiento de las cargas matrimoniales. ¡Bastante tenemos las mujeres con la casa y los hijos!

-Y usted, señorita abogada, empleará su conocimiento de las leyes en aplicarlas a la cocinera o a la doncella.

Riendo siempre, sonriendo mejor dicho, nos abandona un instante para vestirse la toga y el birrete. Ya está frente a nosotros otra vez. El negro birrete, colocado sobre sus melenas, le da un aspecto de un magistrado inglés con peluca negra. Mientras el fotógrafo enfoca, yo entretengo la espera contándole el argumento de la graciosa comedia “Mi mujer es un gran hombre”. Y Sarita Maynar, un momento antes que el magnesio la deslumbre, nos dice sonriendo siempre con su sonrisa blanda, amable, y su voz sin estridencias, convincente:

Lo que peor me sale es el nudo de la corbata.

Algo pensamos nosotros, que necesita saber el letrado cuidadoso de su buena presentación. Porque, lector, hace rato que estamos hablando con una letrada.

 

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