Noticias - 07/01/19

“Bueno, ya saben ustedes: la Guerra Civil Española la ganaron los mexicanos

 

 

 

Mi buen amigo, José Manuel Asún, un jacetano, con el que trabajé en la Consejería de Educación del Gobierno de Aragón, y que hoy es rector de la Universidad Cristóbal Colón de Veracruz en México, me ha remitido unas fotografías por Facebook de unos monumentos erigidos en el puerto de Veracruz, para conmemorar la llegada a esta ciudad de muchos emigrantes españoles. Uno de ellos, sobre un pedestal se levanta una estatua de un hombre de mediana edad, vestido con traje rústico, gorra y con una maleta de madera en su mano derecha. Debajo aparece la siguiente inscripción “En recuerdo de todos los emigrantes españoles que llegaron a México por este puerto, en busca de un mejor futuro y que con su trabajo han contribuido a engrandecer esta generosa y hospitalaria Gran Nación Mejicana”.

Es altamente aleccionador y que nos puede servir de motivo para una profunda reflexión para los españoles. Por cierto, ignoro si en algún puerto español existe algún monumento parecido en agradecimiento a los emigrantes colombianos, rumanos,  marroquíes o ucra.

Otro monumento es un simple monolito rectangular, cubierto en su gran parte de inscripciones conmemorativas del exilio republicano español. Todas ellas llevan una honda carga de humanidad, por lo que me resulta complicado elegir una. Con motivo del 70 aniversario una señala lo siguiente “En 1939 arribó a este puerto de Veracruz, procedente de Séte, Francia, el barco “Sinaia” con 1.681 exiliados españoles, cuyas aportaciones a la vida productiva, la ciencia, las artes y la cultura, contribuyeron al engrandecimiento de la nación mexicana, en ese entonces gobernada por el general Lázaro Cárdenas del Río”.  Ya antes en 1937 se había producido la llegada  de 464 niños, llamados de Morelia, porque fue en esta ciudad, la capital del Estado de Michoacán, donde se alojaron, para apartarlos de los horrores de la Guerra Civil española.  Sus padres remitieron a las autoridades mejicanas desgarradoras cartas “No pueden darse idea de mi sufrimiento. En un año he perdido mi casa, mi marido y estoy separada de mi hijo. He buscado por todos los medios la manera de poder ir al lado de lo que me queda del mundo: ¡Mi hijo!“, escribió María Rodríguez Pacheco, madre de un niño de once años.

El viaje del Sinaia se organizó con ayuda del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles controlado por el gobierno republicano. Luego vinieron otros muchos buques como el Ipanema o el Mexique ; el último fue el Nyassa, en 1942. En estos años desembarcaron unos 25.000 exiliados republicanos. El 25 de mayo de 1939, el Sinaia zarpó con un pasaje, que duplicaba su capacidad. Iban poetas, historiadores, filósofos, fotógrafos, dibujantes, intelectuales y artistas, como Pedro Garfias, Tomás Segovia, Ramón Xirau, José Gaos, Eduardo Nicol, Adolfo Sánchez Vázquez, Julio Mayo, Manuel Andújar y Benjamín Jarnés. Mas, también mineros, agricultores, ganaderos, albañiles, artesanos, empleados, comerciantes, médicos, abogados y maestros. La vida a bordo fue recogida en un documento excepcional: una publicación editada en ciclostil bajo la cabecera Sinaia. En sus páginas, dirigidas por el escritor Juan Rejano, aparecen noticias relevantes de aquellos días, sobre la tierra de acogida, hondos análisis políticos y lógicas loas a Cárdenas. Y se reproduce el microcosmos del barco. Se habla de idilios surgidos en la inmensidad del Atlántico, del nacimiento de la niña Susana Sinaia Caparrós o de la vuelta a la humanidad tras abandonar los uniformes de los campos de concentración. Julián Atilano, entonces un chico de 12 años, tras 75 años, recuerda con tristeza: “Hubo un momento imborrable cuando pasamos por delante del Peñón de Gibraltar e íbamos a dejar definitivamente atrás España. Algunos integrantes de la Orquesta Sinfónica de Madrid que viajaban en el barco se pusieron a interpretar Suspiros de España. Ahí sentimos que no había retorno”.

 

El extraordinario poeta Pedro Garfias, rescatado de un campo de concentración francés por un noble, que le llevó a Inglaterra a su castillo en Eaton, donde con todo el dolor de la derrota, y la pérdida de España, creó -para Dámaso Alonso- el mejor poema del exilio español Primavera en Eaton Hastings. Su lectura encoge el alma.  Como también su poema de homenaje a México y a su presidente Lázaro Cárdenas que, según José Fuentes Mares, es el más bello canto jamás escrito a México:España que perdimos, no nos pierdas; guárdanos en tu frente derrumbada, conserva a tu costado el hueco vivo de nuestra ausencia amarga que un día volveremos, más veloces, sobre la densa y poderosa espalda de este mar, con los brazos ondeantes y el latido del mar en la garganta”.

 

Otro poeta exiliado León Felipe profundamente agradecido dedicó a su presidente Lázaro Cárdenas su obra Español del éxodo y del llanto, de la que extraigo este poema: “La España de las harcas no tuvo nunca poetas. De Franco han sido y siguen siendo los arzobispos, pero no los poetas. En este reparto injusto, desigual y forzoso del lado de las harcas cayeron los arzobispos, del lado del éxodo los poetas. Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan las harcas victoriosas, que lo oiga Franco: Tuya es la hacienda, la casa, el caballo, y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…más yo te dejo mudo… ¡Mudo! ¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?”

También tuvo que exiliarse  el gran poeta, Luis Cernuda, autor del probablemente mejor poema del siglo XX en nuestra lengua Díptico español, del que no me resisto a exponer un breve fragmento, que refleja perfectamente la España que dejaron, la de Franco: Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos,/ adonde ahora todo nace muerto,/ vive muerto y muere muerto;/ pertinaz pesadilla: procesión ponderosa/ con restaurados restos y reliquias,/ a la que dan escolta hábitos y uniformes,/ en medio del silencio: todos mudos,/ desolados del desorden endémico/ que el temor, sin domarlo, así doblega.

 

Algunos de los desterrados regresaron a España, otros se quedaron para siempre. Éstos no se sintieron desterrados sino más bien  trasladados dentro de la propia tierra española, como lo expresa José Gaos: «En México no me sentía desterrado, sino trasterrado, con palabra que ha hecho fortuna, sin duda por dar expresión a una realidad psicológica colectiva».

 

¡Cuánto daño causado! ¡Cuánto talento perdido para España! Por ello, me parece muy oportunas las palabras de  la exrectora de la Universidad Veracruzana, Sara Ladrón de Guevara: “Franco habló del oro robado por la República, pero se le escapó que el mayor tesoro lo transportaba el Sinaia”.

 

En relación a esas palabras tan emotivas y que cualquier español de bien debería valorar, me parece oportuno  mencionar el artículo publicado en noviembre de 2011 en El Espectador de Bogotá Digresiones sobre un poeta muerto del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Es breve pero pleno de densidad histórica para los españoles. Nos dice Juan Gabriel: “Mis alumnos norteamericanos suelen tener serios problemas para entender la Guerra Civil Española. La clase que les doy trata del boom de la literatura latinoamericana y están confusos cuando les hablo de la República legítimamente establecida en España, de sus leyes progresistas y su espíritu liberal, y luego de la sublevación armada de Franco, de su victoria en 1939, de la persecución y el exilio de los republicanos vencidos. Llenos de perplejidad  uno levanta la mano y pregunta: “¿Pero qué tiene que ver esto con el boom?”. Les contesto: “Bueno, ya saben ustedes: la Guerra Civil Española la ganaron los mexicanos”. Y les cuento que el boom no es concebible sin el exilio republicano: sin las editoriales, las revistas, los libros escritos en Latinoamérica por republicanos expulsados de España tras la victoria del fascismo. En México escribió sus novelas Max Aub e hizo sus películas Luis Buñuel. En Argentina escribió sus poemas Rafael Alberti, y en Puerto Rico Juan Ramón Jiménez. Hasta Estados Unidos, que recibió a Pedro Salinas y a Ramón J. Sender, recibió los beneficios indirectos de aquella desgracia geopolítica… Pensé en esto al enterarme de la muerte del poeta Tomás Segovia, que con 13 años llegó a México. “Yo no fui al exilio”, solía decir para evitar aprovecharse de su situación: “A mí me llevaron”. Segovia creció en México y en México hizo lo suyo: dirigió la redacción de la revista Plural —una de esas que han marcado su tiempo— y escribió algunos de los grandes poemas del siglo pasado. Fue un extraordinario traductor de un raro talento: nos dejó la única traducción de Hamlet que nos hace olvidar brevemente la lengua sobrehumana del original”.

Quiero terminar estas líneas manifestando mi profundo pesar. ¡Cuánto talento perdimos y que disfrutaron los sudamericanos! Y también, ¡Cuánto dolor y sufrimiento tuvieron que soportar todos esos españoles exiliados!  El culpable es conocido por todos, no quiero ni citar su nombre. Pero quiero acabar con un fragmento del artículo Aterrados, desterrados y enterrados: La represión franquista del profesorado universitario de Marc Baldó Lacomba de la Universitat de Valéncia. Es muy duro, y que usa los términos aterrar, desterrar y enterrar, que fueron creados por el profesor chileno de origen valenciano José Ricardo Morales, que también desconocía hasta hace poco. Insisto es un texto durísimo.

La exclusión del disidente se realizó mediante tres procedimientos violentos que nadie ha definido mejor –creo– que el profesor chileno de origen valenciano José Ricardo Morales. Los tres procedimientos, según este profesor, tienen que ver con la palabra tierra. A unos disidentes se les enterraba: se les fusilaba, se les mataba a palizas o en penosas condiciones en la cárcel… A otros disidentes se les desterraba: se les forzaba al exilio, se les expulsaba del país, se les trasplantaba… Y a otros, en fin, se les aterraba –se les echaba a tierra, se les derribaba–: se les abatía, se les encarcelaba, se les castigaba, se les dejaba sin trabajo, se les depuraba, se les confiscaban los bienes, se les humillaba, se les hacía callar, se les imponía el exilio interior, se les obligaba a unas condiciones de vida y trabajo durísimas que constituyen la autarquía. A los fusilados se les privaba de la vida, a los exiliados del entorno, la tierra y las raíces, y a los aterrados de la libertad (prisión), del trabajo (depuración) y de los bienes (sanciones económicas)”.

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