Cultura y Sociedad - 03/02/19

Algunas figuras subjetivas de la crisis

 

 

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Un libro que acaba de caer en mis manos y que he leído con gran interés ha sido Declaración de Michael Hardt y  Antonio Negri. Ya conocidos ambos por haber escrito a cuatro manos y publicado tres libros que han revolucionado los estudios sociológicos: Imperio. Multitud: guerra y democracia en la era del imperio.  Y Commonwealth: el proyecto de una revolución de lo común. Retornando a Declaración, los autores indican que no es un manifiesto, ya que estos ofrecen un atisbo de un mundo por venir y engendran un sujeto que, aunque sea solo un espectro, tiene que materializarse para convertirse en el agente de cambio. Los manifiestos funcionan como los antiguos profetas, que mediante su poder visionario creaban su propio pueblo. Los movimientos sociales de hoy han invertido ese orden, haciendo que los manifiestos y los profetas se vuelvan obsoletos. Los agentes de cambio ya han salido a las calles y han ocupado las plazas, amenazando y derrocando a gobiernos, y mostrando visiones de un nuevo mundo. Lo más importante es que las multitudes con sus prácticas y sus deseos, han declarado un nuevo conjunto de verdades y principios. El problema fundamental es cómo la multitud se convertirá en sujeto político.

En el capítulo I nos muestran que el triunfo incuestionable del neoliberalismo y su crisis han fabricado nuevas figuras de subjetividad: el endeudado, el mediatizado, el seguritizado  y el representado. Sobre estas figuras deben actuar los movimientos de resistencia y rebelión, ya que estos, según los autores, tienen la capacidad no solo de rechazar estas subjetividades, sino también darles la vuelta y crear figuras nuevas capaces de expresar su independencia y sus potencialidades de acción política.

                Voy a referirme con más detalles a cada una de estas figuras de subjetividad. En cuanto al endeudado: estar en deuda se está convirtiendo hoy en la condición general para la vida social. No podemos vivir sin contraer deudas: crédito para estudiar, para el coche, para las vacaciones, hipoteca para el piso… Los préstamos se convierten en los instrumentos para satisfacer nuestras necesidades sociales. Sobrevivimos endeudándonos y vivimos bajo el peso de pagar nuestras deudas. La deuda nos controla, disciplina nuestro consumo, nos impone la austeridad y llega incluso a dictar nuestros ritmos de trabajo y nuestras elecciones. Si tenemos una hipoteca debemos procurar no perder el puesto de trabajo y aceptarlo en cualquier condición. La deuda nos hace responsables y culpables por haberla contraído. Y además se produce una sorprendente paradoja, que aunque estemos endeudados, el sistema capitalista nos anima a consumir sin parar- la máquina tiene que seguir funcionando-, por ello no tiene inconveniente en hacernos nuevos préstamos, con lo que estamos cada vez más encadenados a la deuda. En definitiva, la deuda es una fuente de sumisión para una gran mayoría de la población. Hoy la creciente generalización de la deuda marca una vuelta a las relaciones de servidumbre que recuerdan otros tiempos.  Ni que decir tiene que es otra dinámica que tiene el capital para explotar y dominar a la gran mayoría de la población, incluso a los mismos Estados. La cuestión de la deuda pública, buena parte de origen privado, que está provocando tantos recortes sociales, además de aumentos de impuestos con los consiguientes sufrimientos a la gran mayoría, merecería un capítulo aparte. En la figura del endeudado, aquí comentada, solo me he fijado en la deuda que asumimos y pagamos a nivel individual.

El control sobre las redes de información y comunicación ha producido al sujeto mediatizado, que tiene muy a su pesar la atención constantemente absorbida. En otras épocas, teníamos la impresión de que los medios de comunicación nos ocultaban información de la acción política. También es cierto que hoy los gobiernos represivos limitan el acceso a páginas Web, cierran blogs y perfiles de Facebok, y persiguen a periodistas. Sin embargo, los sujetos mediatizados sufrimos el problema contrario, estamos saturados por un exceso de información, comunicación y expresión.  Deleuze explica, “El problema no radica en hacer que las personas se expresen, “sino en procurarles espacios de soledad y de silencio a partir de los cuales tendrán finalmente algo que decir”.  Las fuerzas represivas no impiden que nos expresemos, por el contrario, nos fuerzan a hacerlo. Tenemos derecho a no tener nada que decir, puesto que esa es la condición para que formemos algo raro o enrarecido que merezca un poco ser dicho. Es posible que en nuestra comunicación y expresión voluntarias, en nuestras entradas al blog y navegación en la Web, y en las redes sociales estemos colaborando con las fuerzas represivas en lugar de oponernos a ellas. En lugar de tanta información y tanta comunicación, lo que necesitamos a menudo es el silencio necesario para pensar. No es una contradicción. El objetivo no es el silencio, sino tener algo que merezca la pena decir. No es la cantidad de información, comunicación y expresión, sino la calidad. También los trabajadores estamos mediatizados por los nuevos instrumentos de comunicación, nunca descansamos, ya que con nuestro móvil u ordenador no dejamos de trabajar para nuestra empresa, vayamos donde vayamos y a todas las horas. De aquí que la división entre trabajo y vida es cada vez más borrosa.

El régimen de seguridad (Foucault) y el estado de excepción generalizado han construido una figura presa del miedo y ansiosa de protección, el seguritizado (vocablo que no existe en castellano, aunque es muy claro su significado). Nos da miedo  pensar en toda la información que es constantemente producida acerca de uno mismo. Sabemos, desde luego, que en determinados lugares y situaciones la vigilancia aumenta. Si pasamos por los controles de seguridad de un aeropuerto, nuestros cuerpos y nuestras maletas serán escaneados.
Si nos quedamos sin trabajo y nos sumamos al régimen del workfare, inspectores controlarán nuestros esfuerzos, nuestras intenciones y nuestro progreso. El hospital, la oficina pública, la escuela, hacienda: todos tienen sus propios regímenes de inspección y sus sistemas de almacenamiento de datos. En  la calle nos graban cámaras de seguridad, nuestras compras con tarjeta de crédito y nuestras búsquedas en Internet y llamadas telefónicas son controladas. Las tecnologías de seguridad han progresado extraordinariamente para espiarnos cada vez más. El miedo es el motivo por el que aceptamos no solo nuestro doble papel, observador y observado, en el régimen de vigilancia, sino también el hecho de que tantas otras personas lleguen a estar privadas de su libertad.  Vivimos con el miedo de una combinación de castigos y amenazas externas. El miedo a los poderes dominantes y a su policía es un factor determinante, pero más importante y eficaz es el miedo a los otros y a las amenazas desconocidas, un miedo social generalizado. (…) Y en muchos casos uno de los mayores miedos es el de estar sin trabajo y por lo tanto no ser capaz de sobrevivir. Uno tiene que ser un buen trabajador, fiel a su empleador y no hacer huelga, o de lo contrario se encontrará sin trabajo e incapaz de pagar sus deudas. En ciertos aspectos quienes están encarcelados tiene menos que temer, además de estar menos vigilados que los que andamos por la calle.

Y la corrupción de la democracia ha forjado una figura extraña y despolitizada, el representado.  Nos dicen  que estamos inmersos en una larga trayectoria histórica que nos lleva de la tiranía a la democracia a través de la puesta en marcha del sufragio universal. Nos dicen que el mercado capitalista global siempre extiende el modelo de la  representación parlamentaria, como instrumento de inclusión política de las poblaciones. Y, sin embargo, muchos de los movimientos sociales se niegan a ser representados y dirigen sus críticas fortísimas contra el gobierno representativo. ¿Cómo podemos despreciar tal regalo que nos lo ha traído la modernidad? ¿Queremos volver a la tiranía? En absoluto. Para comprender sus críticas hay que reconocer que, en realidad, la actual representación no es un vehículo de la democracia, sino un obstáculo para su realización.

En primer lugar, los costos financieros impiden formar asociaciones políticas que puedan presentarse en campañas electorales. ¿Qué verdades pueden ser construidas políticamente si uno no controla los poderosos medios de comunicación? Los lobbies y los grandes grupos empresariales-financieros son los que llevan a determinados personajes a los gobiernos. Los poderosos medios de información solo dan cabida a las opciones políticas dominantes y bloquean las opciones independientes y críticas, imposibilitando cualquier forma emergente de participación política. Es cierto que votamos de una forma periódica. Pero todo ciudadano preocupado por la polis es plenamente consciente de que no se puede validar una democracia que sea simplemente un apego, aburrido a instituciones fósiles con las que se cumplen rituales cada tres, cada cuatro o cada cinco años, para elegir a los que vendrán a decidir de mala manera sobre nuestros destinos, y que por supuesto, no nos representan.

 

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