Cultura y Sociedad - 11/03/19

Santiago Ramón y Cajal y la tesis doctoral de su padre (II)

El 28 de octubre de 2015 y en esta misma web, www.andalan.es, calificamos de enigmática la “Memoria de doctorado” de Justo Ramón Casasús que, bajo el título de Consideraciones acerca de la teoría organicista, fue presentada en 1877 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid en cuya biblioteca se conservan dos ejemplares manuscritos con letra de su hijo Santiago Ramón y Cajal. Apuntamos entonces la posible presencia de influencias filiales en aquel texto, hipótesis más tarde invalidada cuando encontramos que constituía, en gran medida, una transcripción de fuente única, ajena al primogénito del doctorando y titulada: Unas cuantas consideraciones sobre la importancia del organicismo.

Manuel Ortega Morejón (Jaén, 1833 – Madrid, 1917) era el autor de la monografía reproducida en la Memoria doctoral de don Justo y la había leído en la sesión inaugural de la Academia Médico-Quirúrgica Matritense celebrada el 5 de febrero de 1865. Este discurso académico alcanzó notable eco en la prensa médica madrileña que le dedicó amplias reseñas, entre ellas la publicada el 26 de febrero en el número 36 de La Clínica, mientras el discurso íntegro lo ofreció a sus lectores El Genio Quirúrgico, semanario autodefinido en cabecera como “Periódico científico oficial de la Academia Quirúrgica Mallorquina y protector de la Morañega”, en los números 476, 479, 480 y 481, de 28 de febrero, 22 y 31 de marzo, y 7 de abril, respectivamente. La colección de El Genio Quirúrgico se encuentra, digitalizada por la Biblioteca Nacional de España, en hemerotecadigital.bne.es. Manuel Ortega Morejón formaba parte, cuando escribió su discurso, del prestigioso Cuerpo facultativo de la Beneficencia Municipal de Madrid, capital donde residía y desarrollaría una brillante carrera profesional que le facilitó el nombramiento de senador, en la legislatura 1908-1909, tras propuesta formulada por la Real Academia Nacional de Medicina.

Justo Ramón Casasús

Según la legislación universitaria entonces vigente, la Junta de Catedráticos formaba anualmente una colección de cuarenta temas de las diversas materias estudiadas en la licenciatura y el aspirante al grado de Doctor debía escribir “sobre el asunto que prefiera entre los comprendidos en la colección expresada, un discurso, cuya lectura no dure más de media hora ni menos de veinticinco minutos, tomándose para hacer este trabajo el tiempo que tenga por conveniente”.  El doctorando tenía que leer el escrito y realizar luego su defensa contestando a las preguntas formuladas durante un cuarto de hora por cada uno de tres jueces.

En relación con el texto de Ortega Morejón la memoria doctoral de don Justo presentó pequeñas modificaciones que consistieron en el cambio de algunas palabras, supresión de varios párrafos breves y adición de otros nuevos de extensión parecida. Don Justo afirmó en  el último párrafo de su memoria: “El trabajo que acabo de someter a vuestra ilustradísima opinión, es redactado en ocasión desfavorable para el que tiene el honor de presentarlo; la edad avanzada, el servicio de su clientela, obligaciones de familia y sobre todo su escasez intelectual son poderosas razones para que se le juzgue con benignidad. Adolece pues, de ligerezas, repeticiones, errores, pero cual siempre, seréis grande con el pequeño, indulgente con el débil y caritativo con el ingenuo.” Entre las circunstancias señaladas, definitorias de la “ocasión desfavorable”, el doctorando no aludió a las dificultades inherentes a un cambio que se avecinaba  y afectaba directamente al posible cese forzoso de la actividad docente que ejercía en la Escuela Libre de Medicina de Zaragoza. Esta institución local, financiada por el Ayuntamiento y la Diputación, se transformó en 1877 en Facultad de Medicina estatal y la nueva situación requería una ratificación de nombramientos, mediante oposición, en los miembros del claustro. El veterano profesor, dotado de fuerte carácter y gran sentido de la justicia natural, frecuentes en quién se ha hecho a sí mismo prodigando enormes esfuerzos y sacrificios, se encontraba ahora con la necesidad de obtener en Madrid el grado de doctor y superar en Zaragoza ante un tribunal las pruebas que le permitieran continuar con la docencia, una de sus ocupaciones predilectas.  Don Justo ya había superado diversos obstáculos a lo largo de su complicada trayectoria académica y, en este momento, se enfrentaba a uno nuevo cuando sus conocimientos anatómicos y méritos profesionales eran de dominio público, contaba con suficiente experiencia docente y reanudaba las colaboraciones en la prensa médica que había iniciado durante sus años de residencia como cirujano en el medio rural.

Sus artículos en la prensa profesional zaragozana aumentaron sus méritos pero no sirvieron para disminuir, sino al contrario, su enfrentamiento manifiesto con algunos de los catedráticos que formaban parte de los tribunales. La existencia de varios planes de estudio y sus correspondientes titulaciones médico-quirúrgicas de distintos niveles, vigentes en las décadas centrales del siglo XIX, ya había impulsado a don Justo, casi veinte años antes, a exponer su opinión crítica en Dos palabras acerca de los prácticos en el arte de curar, artículo firmado el 19 de mayo de 1858 en Valpalmas (Zaragoza) y publicado en el periódico La España Médica del 20 de junio. El artículo mereció notables apoyos por parte de sus colegas cirujanos. En el mismo medio, impreso en Madrid y subtitulado “Periódico de Medicina, Cirujía (sic), Farmacia y Ciencias ausiliares (sic). Oficial de la Academia Quirúrgica Cesaraugustana”, publicó días más tarde: Escirro .Tratamiento por los cáusticos. Curación, el 5 de julio; y Práctica de la sutura seca. Sus ventajas, el 5 de septiembre, aportaciones en las que demostró sus conocimientos y pericia profesionales. Justo Ramón apuntó, en el penúltimo de estos artículos citados, su relación con Genaro Casas, médico que ejercía su profesión en Ejea de los Caballeros, amigo y condiscípulo, admirador de su cultura anatómica y habilidad quirúrgica, en quien siempre encontró apoyo. El doctor Casas llegaría a ser posteriormente destacado promotor de la Escuela Libre de Medicina de Zaragoza y luego catedrático y Decano de gran prestigio de la Facultad de Medicina de la Universidad zaragozana.

Santiago Ramón y Cajal escribió en Recuerdos de mi vida: “Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877”, y no mencionó la Memoria doctoral, de su padre que, probablemente, él mismo había entregado, aprovechando el desplazamiento a Madrid, realizado en 1877, para depositar y luego defender la suya propia. La lectura de la misma obra autobiográfica de Cajal permite comprobar que entonces compartía la mayor parte de las ideas expuestas en el discurso del doctor Ortega Morejón, luego copiadas en la memoria de su padre, así como las añadidas posteriormente, entre ellas las referidas a “las inmensas aplicaciones del  microscopio”. Eran frecuentes entonces las controversias académicas entre partidarios de las modernas teorías organicistas y los defensores del vitalismo. Estos últimos, discípulos de veteranos catedráticos como Genaro Casas, a cuyas ideas vitalistas se opuso públicamente en Zaragoza Santiago Ramón y Cajal, y Tomás Santero, catedrático en Madrid, a quién más tarde el mismo hijo de don Justo calificaría de “terror de cirujanos”, “dictador de San Carlos”, “árbitro de los tribunales” y “ardiente partidario del vitalismo” que, “juzgaba con severidad y encono a quienes no tenían la fortuna de comprender o estimar su oscura, enfática y estrafalaria doctrina médica, así supiesen más patología que Hipócrates y discurriesen mejor que Aristóteles.” Según Santiago Ramón y Cajal, su padre “sufrió en Madrid los enervantes y dolorosos efectos del austerísimo Dr. Santero”, y parece ser que estos efectos influyeron decisivamente en la decisión tomada por el cirujano aragonés cuando se trasladó a Valencia para finalizar sus estudios de licenciatura en Medicina cuyo examen de Grado superó en 1862. Don Justo volvió a encontrarse con el “austerísimo Dr.Santero” cuando necesitó volver a la Universidad Central, única que podía expedir en España el grado de Doctor.

Seguimos ignorando la existencia de otros documentos académicos del expediente doctoral de don Justo Ramón, entre ellos los relativos a la matrícula y a las  calificaciones correspondientes a las cuatro asignaturas previas, así como la calificación final obtenida tras la exposición y defensa de la memoria. No consta que llegara a obtener el grado de Doctor y siguió impartiendo docencia universitaria hasta marzo de  1883, fecha en la cual presentó la dimisión de los cargos de auxiliar y Catedrático de disección que con carácter interino desempeñaba en la Facultad de Medicina, sin haber logrado obtener la Cátedra en propiedad por oposición.

Algunos miembros “desequilibrados” de aquel claustro zaragozano, enemigos y jueces de don Justo, inclinaron la balanza en 1887 hacia Barcelona cuando su hijo Santiago decidió no  trasladarse a su “Alma Mater” zaragozana para ocupar la Cátedra de Histología y Anatomía Patológica.

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