Cultura y Sociedad - 23/03/19

Juan Domínguez Lasierra, un verso libre de nuestra Cultura

Periodismo y literatura han estado íntimamente unidos en la trayectoria profesional de Juan Domínguez Lasierra. De un modo natural, su periodismo está teñido de narratividad; su literatura, de reporterismo. En este sentido, su obra rompe con la tradicional autonomía de ambas disciplinas y responde a los cánones del nuevo periodismo.

Juan es zaragozano de nacimiento, de infancia mallorquina y melillense,  antecedentes familiares zamoranos y oscenses (Almudévar) y residencias laborales en Cataluña y Navarra. El cine, la lectura, la música y los viajes han sido sus pasiones. Guillermo Brown, su gran escuela de enseñanza. Ha escrito lo mismo de China que de Albania, de Irlanda que de Argelia. Ha frecuentado los países árabes, en los que dice encontrarse como en su propia casa. Pero sus ciudades donde vivir (al menos una larga temporada) son Londres, Nueva York y Buenos Aires. Sus cuentos recorren esos distintos países y ciudades, donde siempre encuentra personas a las que convertir en personajes. El autor cree en la humanidad y la humanidad le responde. Como no juzga, ningún personaje le es ajeno, sea Michael Jackson o David Bowie. Tampoco le es ajeno ningún tipo de  periodismo. Ha hecho de todo, desde maniobras militares a certámenes de mises. Y cientos de entrevistas: Severo Ochoa, Salman Rushdie, Yoko Ono o Henri Cartier-Bresson han pasado por su curiosidad.

Redactor de Heraldo de Aragón desde 1970, hasta su jubilación en 2009, tras ser redactor-jefe en Cultura y Opinión, fundó el suplemento cultural “Artes y letras”, que dirigió durante veinte años. Ha sido jurado de los premios de la Crítica. Fue premio Jerónimo Zurita por su serie periodística Visión de Zaragoza, luego convertida en libro, donde hace un repaso de viajeros y escritores ilustres que pasaron por la capital del Ebro. Ha sido redactor de la Gran Enciclopedia Aragonesa, fundador de la revista de poesía Albaida y colaborador de las revistas Turia, Crisis y Alazet. Hasta ejerció de crítico de arte del ABC madrileño. Ha estudiado las revistas literarias (su tesis de Periodismo en la Complutense) y el periodismo literario en general en su inédito Musas en las rotativas; el cuento popular, infantil y de fantasía; la literatura en Aragón (en “Los biznietos de Gracián” hace un repaso a las letras aragonesas del siglo XX); es autor de una antología general de la poesía aragonesa (Los cisnes aragoneses); ha recopilado los testimonios de los Viajeros por Aragón… Sus últimas ocupaciones en el campo literario, aún inéditas, lo llevan de la biografía íntima de un escritor de culto, Benjamín Jarnés, a una larga novela que se adentra en la mitología burguesa y provinciana de su ciudad. En la actualidad mantiene su columna “En saco roto” en Heraldo de Aragón.

 

 

  1. Estás considerado muy bien por todo el mundo, en la cultura aragonesa, sin adscribirte claramente ni tú ni los demás en uno de los varios grupos posibles, algunos dirían que eres lo que ahora se dice “un verso libre”. ¿Te lo consideras tú?

—  Soy un verso libre porque los sonetos se me dan muy mal. He hecho sonetos, porque la vida te obliga, pero los he sorteado como mejor he sabido. Prefiero ir a mi aire, haciendo lo que considero que soy capaz de hacer, mejor o peor, pero siempre procurando exigirme al máximo, incluso en las tareas más pequeñas.

 

 

  1. Una larga y fructífera etapa de cuidado de las Letras en el Heraldo te ganó gratitudes y simpatías, te hizo conocer nuestra literatura aragonesa, clásica y en marcha, y ello ha dado lugar a varios importantes libros sobre ella, de lo que querríamos sacar algunas consecuencias tuyas. La principal, ¿una visión global?

— Desde mi incorporación al Heraldo, finales del 69, me he interesado por la cultura, y las letras aragonesas en general. ¿Dónde podría yo aportar alguna cosa a la que no se prestase demasiada atención? Y vi que la literatura realizada en Aragón solo tenía, entonces, grandes maestros que se habían ocupado del asunto con mucha erudición. Yo quería divulgar, poner algo de aquel legado erudito a disposición de un público mayor, menos especializado, y el periódico me lo permitía, aunque, eso sí, en mis horas libres, y a ellas dediqué mi tiempo, con ganas e ilusión. Y empecé por lo que había que empezar, buscando las “Fuentes para una historia de la literatura en Aragón”, que publiqué en capítulos en aquellos años setenta. A partir de ahí todo fue rodado. Aquella serie, una y otra vez ampliada, se convertiría en libro, publicado por la IFC. Para mi licenciatura de periodismo en la Complutense hice el estudio sobre las revistas literarias, que también se convertiría en libro. Me interesé por lo que no se interesaban muchos, el cuento popular, muy poco valorado, y de ahí surgirían mis antologías de “Cuentos, recontamientos y conceptillos aragoneses”, del cuento popular, y sus variantes, infantiles y de fantasía, pasé a viajeros, y luego a poetas, y a narradores y a todo lo que se movía en la grey literata.  Unas cosas traen otras y hasta ahora. He querido divulgar un patrimonio que, a mi entender, estaba un tanto enclaustrado… Ya no se puede decir lo mismo, porque se producen muchos estudios y muy buenos. Pero yo sigo con mis panoramas generales, que no exigen tanta disciplina académica, y puedo afrontar el riesgo que los disciplinados no pueden.

 

  1. En concreto, haciendo clásicos a todos los muertos, ¿tu más valorado y querido autor/autora en novela, ensayo, poesía, teatro?

— Esta pregunta da un salto mortal, pero vamos a él… Para mí el escritor aragonés por antonomasia, y sin parangón, es Baltasar Gracián. Pero esto es una obviedad. Con el antecedente de Marcial, que también ha signado a los escritores aragoneses. Luego hay que recurrir a dos valores esenciales, Benjamín Jarnés y Ramón J. Sender. Entre mis “caprichos”, además de Ana María Navales, claro, admiro la obra, entre otros, de Manuel Derqui, José María Conget o Encarnación Ferré, a la que aún tenemos que descubrir.

 

  1. ¿Crees que la imagen de Aragón plasmada en muchos de nuestros autores, y otros de fuera, coincide con tu percepción, tanto el paisaje físico, urbano, los personajes, la visión moral?

—— Hay tantas visiones que no es difícil coincidir con algunas. Y disentir con otras. Pero en general hay una visión muy positiva de Aragón y lo aragonés. El sentido ético, por ejemplo, en lo positivo. Y el pesimismo, en el negativo. Lo que se deduce de nuestros autores es que somos más sentimentales que prácticos. Más ilusorios que realistas. Pero esta es nuestra grandeza y nuestra miseria. Ejemplo clave, Joaquín Costa, que tú tan bien conoces. Pero hay antecedentes emblemáticos, como el Papa Luna.

 

 

  1. Queremos ahora que nos hables un poco de tu esposa, la gran escritora Ana María Navales. Coincidimos contigo en que estos diez años transcurridos desde su muerte la han situado y nos han explicado algunas cosas. Se han publicado y reeditado algunos de sus libros, cuentos, etc., pero ¿quizá falten estudios parciales y globales sobre la figura y la obra?

— La edición de sus relatos por Isabel Carabantes es, de momento, el estudio fundamental. Pero sí, habría  que estudiar su poesía, sus novelas, su obra periodística…, parcial y globalmente. Se hará, estoy seguro.

 

  1. Ella llevó, y no sé si cultivó encantada una cierta fama de mujer terrible, de muchísima personalidad, dura como profesora, exigente como crítica e historiadora literaria. ¿Hay algo de mito positivo/negativo en esa imagen?

—  Creo que he contestado a esta pregunta recientemente, no recuerdo a quién (¡).  Sí, tenía carácter, pero también era muy tierna, muy generosa, a cuántas gentes ayudó, sobre todo a jóvenes. Si hasta hacía tertulias literarias con sus alumnos en casa, los sábados, quitándose tiempo para sus cosas y para escribir… Era una docente incombustible, además de escritora impenitente. Sus enfados venían de no poder actuar con su exigente criterio, y a su estilo, por ciertas inercias o amiguismos… En fin, para qué seguir. Ahora que estamos en la cresta feminista, ella sacaría a relucir su sarcasmo. Hace muchas décadas que ella ejercía el feminismo sin necesidad de sacar pancartas, exigiéndolo sin más y consiguiéndolo. Pero era luchadora de verdad, claro, no como otras, que solo lo son de boquilla y de oportunismo. ¿Que hay algo de mito positivo/negativo en esa imagen? Pues claro, en la vida lo positivo y lo negativa van de la mano, son indisolubles.

  1. ¿Qué destacarías de toda su ingente labor como escritora?

— ¡Qué te voy a decir yo! No sería objetivo, sino subjetivísimo a tope. Yo destacaría, distanciándome un poco, su voluntad de estilo, su persecución incansable por hacer una obra eminentemente literaria, genuina, auténtica, personal, sin adscribirse a géneros o escuelas.

 

 

  1. ¿Y de la tuya, solo mucho tiempo, con ella, solo otra vez?

— Si entiendo la pregunta, mi obra solo es voluntariedad, empeño por responder a una vocación de escritor, que no ha conseguido publicar nada de su obra creativa, y solo ha tenido opción a entregarse a otra de mis manías, la divulgación de los asuntos literarios de los demás. Y esto, solo y acompañado. Tal vez la fuerza creadora de Ana María paralizó la mía, me di cuenta de que no podía estar a su altura. Pero esto son conjeturas a posteriori. La vida nos llega y nos trae, y seguramente somos juguetes del destino, o de las circunstancias.

 

 

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