Historia y Política - 18/04/19

La cuestión ahora no es el predomino del mercado, sino su enorme capacidad de esterilizar todo tipo de pensamiento.

Resultado de imagen de nuestra obsoleta mentalidad de mercado

La  lectura del libro Historia del neoliberalismo del mejicano Fernando Escalante Gonzalbo me ha sugerido algunas reflexiones.

Que el sistema capitalista en su versión neoliberal ha sido un experimento fracasado es evidente. El intento de crear una sociedad mercantilizada, donde todo se rige por la ley de la oferta y la demanda, incluidos el trabajo y la naturaleza, ha ido más lejos que nunca. Y el resultado una catástrofe. Todavía sus ideólogos desde poderosos think tanks recurren a una última línea defensiva del programa, con un argumento parecido a la defensa del marxismo en los sesenta del siglo XX: el neoliberalismo “realmente existente” no es el verdadero, no se ha ensayado plenamente, todavía falta por mercantilizarlo todo. Insisten en que el mercado nos conducirá a la Tierra de promisión: crecimiento, consumo, empleo, bienestar, estabilidad y felicidad. Empero, el resultado nefasto está ante nuestros ojos: incremento de la desigualdad, pobreza y exclusión; militarización y desequilibrios en todo el planeta, precariedad laboral, destrucción del medio ambiente, deterioro de los servicios públicos, crisis económicas, reducción de salarios, aumento del desempleo, etc.

 

Resultó premonitoria la advertencia de 1944 de Karl  Polanyi en La gran transformación. Crítica del sistema liberal. Fijémonos en lo que concierne al trabajo, la tierra y el dinero, permitir que el mecanismo del mercado los dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Desprovistos de la protectora cobertura institucional, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda. La naturaleza se vería reducida a sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, el poder de producir alimentos y materias primas destruido.

 

Esta sociedad mercado, en la que todo está en venta si hay beneficio, nos dice Polanyi  no es el fin de la historia. En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, de pretensión de  desligar la economía del resto de la vida social, política o moral, ha surgido a lo largo de la historia un movimiento defensivo. Una sociedad digna, no puede renunciar a que haya algún control moral o político ante el  desenvolvimiento voraz e inhumano del mercado. No podemos seguir viviendo así. El crac de 2008 es una advertencia de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos. Por ello es razonable  esperar una reacción, como las hubo en el pasado. Como la de los campesinos ingleses contra la liberalización del mercado de granos en el siglo XVIII. O las luchas encarnizadas en el siglo XIX por los sindicatos y partidos obreros que supusieron la legislación protectora del mundo laboral. O todas las reformas que propiciaron el Estado de bienestar tras la II Guerra Mundial.

 

Parecemos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo,  pero la historia nos enseña y advierte- para eso sirve- que en ella no hay nada definitivo ni predeterminado por el destino. Ni por supuesto el neoliberalismo, a pesar de su expansión y domino rápido y apabullante en la actualidad. Lo primero e imprescindible para atisbar alguna alternativa es abandonar la convicción asumida por gran parte de la sociedad de que el neoliberalismo es y representa el sentido común, y de que la historia corre a su favor, como creía el marxismo. No podemos aceptar, como señala Tony Judt, que el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea sea consustancial a la condición humana. Mientras no nos despojemos de esa autodestructiva convicción todo camino de liberación permanecerá cegado. Insisto la salida no es fácil de ver. Pero es posible. En realidad es indispensable. Y la oportunidad está ahí para ser aprovechada. En pocas ocasiones se presentará una situación tan propicia para cambiar radicalmente la situación presente. Nada más hay que observar la profunda indignación, generalizada y expresada masivamente. Y sobre todo es cuestión de imaginación. La cuestión ahora no es el predomino del mercado, sino su enorme capacidad de esterilizar todo tipo de pensamiento. Recurriendo de nuevo a Polanyi: “La creatividad institucional del hombre sólo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar”. Mas, a pesar de todo, las generaciones que nos han precedido, además de imaginativas fueron valientes para luchar contra la injusticia. Así  nos dejaron una prodigiosa herencia, la más rica de toda la historia con una legislación laboral, un régimen democrático y un Estado de bienestar, que de no mediar un cambio radical, nosotros los más preparados de la historia, no vamos a transmitir a las generaciones futuras.

 

 

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