Poesía - 10/05/19

Francisca Aguirre (Homenaje a una “mujer poeta”…)

Francisca Aguirre (Alicante 1930 -Madrid 2019) fue Premio Nacional de Poesía en 2011 por su obra “Historia de una anatomía” y Premio Nacional de Poesía en 2018 por toda su obra. Persona cercana, mujer excepcional, testigo de una cruel posguerra, viuda del recordado Félix Grande, luchadora, resistente y escritora que “ahonda – cito palabras del escritor y crítico Manuel Rico- y evoluciona en la búsqueda del núcleo, de la médula de la existencia humana, de la existencia propia”, su lenguaje poético, impecable formalmente y desprovisto de elementos prescindibles, cala en el lector hasta la emoción que perdura. Su obra “Ensayo general” reúne su poesía entre 1966 y 2010.

«He venido hoy aquí a escuchar poemas de los demás, no los míos, y de pronto me he encontrado con un grupo de excelentes criaturas como vosotros, que absorben todo lo que leen. Y no sólo eso, sino que lo desmenuzan y hacen con ello su propia creación»

Fue siempre persona sencilla y accesible, ponemos un ejemplo de ello con estas palabras pronunciadas ya hace algunos años, en la presentación en el Centro Cultural ‘José Saramago’, del libro homenaje a la poeta que elaboraron los alumnos de 16 Institutos de Enseñanza Secundaria de Leganés y las escogemos por ser pronunciadas ante jóvenes estudiantes en un acto sencillo y emotivo a los que nunca negaba su asistencia y su apoyo. Este y otros muchos detalles definen el carácter cercano de Francisca Aguirre, que afirmó siempre su identificación con el pensamiento de Antonio Machado con respecto a la creación literaria.

 

Ha sido llamada poeta de la desolación y la lucidez y con su muerte desaparece una poeta de la denominada “otra generación de los 50” formada por mujeres que no fueron especialmente reconocidas en su momento y que, poco a poco, han ido ocupando el lugar que les corresponde en la poesía española contemporánea. Paca publicó su primer libro (Ítaca) en 1971, con el que obtuvo el premio Leopoldo Panero y su reconocimiento, aunque tardío, ha llegado para alegría de sus últimos años tan tristes para ella desde el fallecimiento de su marido el gran poeta Félix Grande en enero de 2014.

Mujer cercana, receptiva, buena melómana y excelente conversadora, tuve varias ocasiones de compartir con ella horas inolvidables en torno a la mesa redonda de su domicilio madrileño, en el que vivía desde los años cuarenta, llena de recuerdos, libros y cuadros de su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, condenado a muerte por la dictadura franquista y ejecutado a garrote vil en 1942. Fueron años terribles en los que tuvieron ella y su familia serias dificultades para sobrevivir y de los que hablaba con tristeza pero sin rencor jamás. Así era su generosidad, su enorme capacidad de comprender y seguir adelante y su bondad innata.

Desde estas líneas de “Andalán” reiteramos nuestro abrazo a su hija, la poeta Guadalupe Grande, que con tanto cariño ha cuidado de ella. Es una pérdida dolorosa para quienes tuvimos el privilegio de tratar a la persona, aunque tenemos el enorme consuelo de que la admiración por su recuerdo y la vigencia de su poesía sigue y seguirá viva por mucho tiempo.

He aquí algunos de sus poemas de varias de sus obras y recitales:

El préstamo
(A Esperanza y Manuel Rico)
Apenas si veía pájaros.
Se oían voces y ruidos de vasos,
y una música triste, derrumbada,
una canción distinta, pero intensa.
Todo se hallaba absurdamente detenido
dentro de una burbuja de desdicha,
de distancia sin aire, de muralla de hielo.
Y la niebla besaba largamente
aquel rincón del mundo en que te hallabas,
aquella esquina mísera y absurda
desde la que mirabas hacia fuera,
hacia un lugar inhóspito y aislado,
un sitio que te rechazaba,
donde tú no existías,
donde nadie entendía tus palabras,
un sitio en donde sólo se podía llorar,
llorar como esa niebla que todo lo cubría.
Como una gasa vieja
aquel opaco manto te ocultaba
detrás de los cristales.
Allí, lejos del sol y falta de tu idioma
tu acorralada infancia descubrió
el castigo del abandono.
Cayó la noche sobre las aceras
como un charco de tinta:
apoyaste la frente en los cristales
y lloraste despacio en español.
Unos niños cantaban a lo lejos:
‘Au clair de la lune/
mon amí Pierrot/
prete moi ta plume/
pour écrire un mot’.
Y con la pluma que ellos te prestaron
has venido escribiendo sin reposo
la palabra tristeza.

 

El último mohicano
No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,
comprendo que lo tuve todo
no teníamos nada, nada, salvo el miedo, el dolor,
el estupor que produce la muerte.
Cuando mataron a mi padre, nos quedamos en esa zona
de vacío que va de la vida a la muerte
dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto,
ahí nos quedamos, como peces en una pecera sin agua,
como los atónitos visitantes de un planeta vacío.
Nada teníamos, aunque también es cierto que ya nada queríamos.
Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí
nos dieron la noticia en el cuarto de aseo de aquel colegio
para hijas de presos políticos.
Había un espejo enorme y yo vi la palabra muerte
crecer dentro de aquel espejo hasta salir de él y alojarse
en los ojos de mi hermana
como un vapor letal y pestilente.
Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos
salvo algunas horas de amor en que Félix y yo éramos
dos huérfanos, y el rostro milagroso de mi hija.
Y nada más tuvimos durante mucho tiempo
pero mamá tuvo menos que nadie,
mamá quedó como un espejo sin azogue,
lo perdió todo, salvo un hilo delgado que la unía a nosotras.
Y por aquel inconcebible puente, como tres hormiguitas, íbamos y
veníamos a su estatua de vidrio restituyéndole el azogue.
Volvió a nosotras desde el país del hielo.
Y volvió tan absolutamente, que gracias a ella, nosotras,
que nada teníamos, lo tuvimos todo.
Mamá fue nuestro esparzo nuestro guerrero del antifaz, el país de las hadas, la abundancia dentro de la miseria,
nuestro mejor amigo, nuestro escudo contra los moros,
la enamorada de las bellas artes
la que hizo posible que papá no muriera,
la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.
Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
que adoraba los libros, que no podía vivir sin la música,
y que fue amigo de Unamuno.
Cierto que no tuvimos nada.
Que muchas veces nos faltaba todo
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven.
Y un día de reyes de 1944 mamá y los tíos fueron al Rastro.
Nos compraron tres libros: La Cuesta encantada, Nómadas del Norte y el último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano. Y de la mano de ese
indio solitario entramos en el mundo de lo maravilloso.
Y lo tuvimos todo para siempre.
Y ya nadie podrá quitárnoslo.

 

Los trescientos escalones
(A Susy y Margara)
Estaba todo quieto en la casa apagada.
Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
No funcionaban las leyes de tráfico,
esas imprescindibles ordenanzas
que hay que acatar para transitar el pasillo.
Es como si la noche propusiera una tregua,
como si al apagar la luz se apagara el peligro.
Escucho. Nada. Todos callen unánimes.
Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
los ojos van de lo negro que nos habita
a lo negro que nos envuelve.
Somos los apagados, los ausentes,
los que gavillan tiempo en sus muñecas;
somos los auditores del silencio
y ese silencio es como un túnel por el que sólo avanza el tiempo.
No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.
El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
porque se iban de viaje:
se acababan los bombardeos,
ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
que conducía a las habitaciones superiores
mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
Y así, llegamos a Bañolas:
nosotras contentísimas de ver el lago,
papá, mamá y la abuela
arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
un gato que dormía al lado de una estufa.
Yo nunca vi París: tan sólo vi ese gato.
Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
Nosotras con dos muñecos y un monito,
papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
un sueño convertido en pesadilla,
un sueño multitudinario
arrastrado como único equipaje
por una inmensa procesión de solos.
Pero aquel barco no llegó a su puerto:
esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
cantaba algunos días El niño judío: “De España vengo, soy española”.
No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
que estaba frente al puerto.
Aquel hotel tenía un nombre,
se llamaba “La Rotonde de la Gare”.
Papá pintaba. Y como Modigliani,
iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
Nosotras aprendimos francés en dos semanas.
El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato.
Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
Para siempre quedé con mi abanico,
con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
en una edad más bien indefinida
y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.
Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
y luego vámonos corriendo a ver el Bois des Hallates,
vamos, que se perdió tu cuadro y ya sólo podré verlo contigo y para
siempre.
Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.
Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
Está mi casa sosegada,
apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
Los que más amo duermen:
mi hija, arropada en sus nueve años
y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
Al fin se extingue el eco de los barcos.
vuelvo a la cama.
—Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere.
Que descanses.

 

Y si después de todo, todo fuera
Y si después de todo, todo fuera,
un ir muriendo para al fin morirnos
a qué este loco empeño en convertirnos
en contables de un tiempo que no espera.
Y si resulta que lo cierto era
este sermón que viene a repetirnos
que avanza el huracán para abatirnos
y es inútil y absurda esta carrera.
Entonces, amor mío, ten sosiego,
y aprovecha esta cueva que te ofrezco
y apura el agua que yo no he bebido.
el viento nos arrastra, frío y ciego,
toma mi manta mientras yo envejezco,
amarte de otro modo no he sabido.

 

 

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