Publicaciones - 20/05/19

Una lúcida atalaya

Raúl Carlos Maícas, La nieve sobre el agua. Diario. Fórcola. Señales, Madrid, 2019

Las montañas miran
un punto lejano
F. García Lorca

 

Pertrechado de un inventario de sensaciones, sentimientos, sueños, lecturas e ideas, un invisible jinete cabalga desde el centro a la periferia de una isla interior, amurallada. Recorre así la pequeña Siberia que hiberna su acomodaticio gregarismo. Expoliado desde dentro y desde fuera, este Teruel de la carcundia se muestra endogámico, parasitario, triste e insulso. Mira hacia adentro el caballero locuaz y ve (¿solo él lo ve?) una:

Urbe anquilosada, ceremoniosa, protocolaria, sombría, temerosa, rancia, tópica, poblada por gentes desagradablemente ásperas, ociosas o subsidiarias. Abomina uno –dice- de esa densa tropa de gerifaltes y lacayos (…) que nos imponen un respeto que no merecen.

 

Es una valoración libre, no contaminada por quienes únicamente desean halagar el oído o buscar el aplauso fácil. Sin embargo, el jinete no sale de ahí: se sabe vitalmente ligado a ese lugar “zarandeado por la Historia”. A lo sumo, se eleva a las altas torres y lo que viene a divisar del exterior no es mejor: unos exaltan su propio ombligo; otros constituyen verdadera cohorte de imbéciles y trogloditas; los hay profetas de falsos estereotipos; fanáticos estúpidos, bucaneros, ambiciosos, truhanes, contaminados todos ellos por la burricie y la banalidad. Verdadera bajada a los infiernos que ni el mundo literario alivia, dirigido como está por el mercado y dispuesto a ensalzar el ruido frente a la sustancia, la apariencia frente a la verdad.

En ocasiones, leyendo este La nieve sobre el agua evocaba “La experiencia interior” de Bataille, “Memorias de ultratumba” de Chateaubriand, “El hombre rebelde” de Camus o el “Breviario de podredumbre” de Cioran hasta que vinieron a mi mente los Caprichos de Goya: estampas del vicio y la superstición de la naturaleza humana, presentados en toda su crudeza. Pero esa representación goyesca quiere ser curativa, lenitiva, moral. Sin medias tintas, el mal se des-vela para ser expurgado y operar así una verdadera regeneración del mundo prójimo y del propio castillo interior.

Raúl Carlos Maícas (Teruel, 1962) dirige desde el año 1983, a los veintiún años, la revista Turia, editada cuatrimestralmente hasta hoy mismo y referente obligado de la difusión nacional e internacional de la cultura. Como escritor se prodiga poco y, de hecho, es este libro la tercera entrega -precedida de Días sin huella (1998) y La marea del tiempo (2007)-, abonada también al género diarístico. Son, no obstante, diarios muy particulares en los que no encontraremos ni fecha, ni día, ni año. Es más, se refiere a visiones que vienen de un tiempo atrás que no precisa. Fragmentos de esa “escritura en marcha” de la que habla Juan Bonilla y que todo lo permite: de impresiones de lecturas a visitas a exposiciones, pasando por juicios sobre algunos contemporáneos, amigos y enemigos, paseos, viajes a Albarracín o por el “Teruel existe” y hasta aforismos.

La creación está en los márgenes porque el centro de la pista no da de sí más que para Juegos Florales. En los arrabales, en la periferia, se aprecia la totalidad sin ambages. Aún a costa de la caída, del naufragio. Buscará Maícas refugio natural en el “yo” pero no deja de apreciarlo con igual radicalidad que a la realidad exterior. Irredento, solitario, ansioso, devorado por demonios internos es sabedor de la nada que le espera.

Agradece el lector ser invitado a ese sincero desgarro y devuelve al escritor con la lectura la complicidad que reclama:

Siento miedo de la monotonía, de la vejez, de la soledad impuesta, del otro, de la prepotencia de la manipulación informativa, de la dictadura de las modas, de la mala educación, a vivir, a morir, a enfermar.

 

Raúl se lo cuestiona todo; no es ni de los suyos. Si los cuarteles de invierno están desabastecidos; si la bruticie y la barbarie enseñorean la realidad puede no quedar otra que cerrar con siete llaves una amarga torre de marfil o (¿por qué no?) investirse de la tarea del héroe. Escribir, aunque sea para minorías, por necesidad, para aprender a quererse, como fórmula de autoconocimiento, como exorcismo, para denunciar o compartir admiraciones. Ahí están las boyas de salvación ante tanto desamparo. Son artistas, poetas, pensadores… Baroja, Sennet, Pessoa, Octavio Paz, Savater, Madariaga, Proust, Ramón Gómez de la Serna, siempre Ramón; o Pertegaz, Derain y algunos otros. Y, a través de ellos, la reconciliación con la naturaleza humana y con uno mismo. Las referencias ayudan al rebelde a sobrevivir y a creer en el espíritu de resistencia democrática, en la redención por la cultura:

De ahí que algunos todavía creamos en la capacidad de diálogo y en una firme voluntad de cambio como ingredientes fundamentales no solo para intentar resolver aquellas cuestiones lastradas por la injusticia histórica, también para enfrentarnos con provecho a los problemas de hoy y las necesidades emergentes.

 

Quizá este libro sea un diario. Para mí ha supuesto un interesante y bien redactado ensayo sobre la condición y la comedia humanas, realizado por alguien que todavía cree que para escribir es fundamental tener algo que decir. En este caso, desde una “lúcida atalaya”.

 

 

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