Historia y Política - 26/08/19

“Yo, por el interés nacional, voy a las Azores y a la Patagonia. Donde haga falta”,

 

 

 

Este artículo lo escribí en el 2008 sobre la guerra de Irak. A pesar de los años trascurridos sigue teniendo actualidad, ya que refleja algunas circunstancias poco conocidas de los conflictos bélicos.  El papel de los medios de comunicación que forman parte del campo de batalla, así como el alto porcentaje de desertores.

Terminaré con una alusión a José María Áznar, que tiene su  parte de responsabilidad en esta guerra de Irak interminable. Eso sí, no ha pedido disculpas por la ausencia de armas de destrucción masiva, que fue la coartada para la intervención.

 

 

Siento una mezcla de asco y hastío ante los acontecimientos sangrientos de Irak, una de las cunas de la civilización. Todos los días se suceden masacres y atentados. Ahora mi intención es fijarme en otros efectos colaterales de esta guerra, que pueden pasar desapercibidos.

 

Para gobiernos y militares los medios de comunicación, en tiempos de guerra,  forman parte del campo de batalla.  El desenlace de una guerra depende en buena parte de los armamentos disponibles por los contendientes, aunque es fundamental la  percepción que los ciudadanos tengan del conflicto. Por ende,  la cobertura periodística forma parte de la planificación bélica. En tiempos  de conflicto una sofisticada maquinaria de propaganda puede operar en contra del lector inadvertido, con pocas restricciones éticas.  Para los que están dispuestos a morir y matar mentir es un gaje más del oficio o, si prefiere, un mal necesario o menor. El Alto Estado Mayor proporciona la información de acuerdo con sus intereses, y, a veces, oculta el desarrollo de los acontecimientos bélicos. Durante años el Pentágono, conforme a la práctica castrense universal del triunfalismo,  proclamó que ganaba el conflicto de Vietnam; el público escuchó una y otra vez que bastaba  un pequeño esfuerzo adicional y el Vietcong terminaría reculando en forma definitiva. Como los corresponsales de guerra pretenden informar a su público con el mayor detalle posible, de ahí que las relaciones entre militares y periodistas hayan sido y lo sean  a menudo tensas y difíciles.  Nada nuevo bajo el sol.

 

Muchos ciudadanos, americanos o británicos, desconocen el alto porcentaje de desertores de los ejércitos desplegados en Irak o Afganistán. El inglés creó una nueva palabra: Awol, que es la sigla correspondiente al concepto absent without leave o ausente sin permiso. En el Ejército británico, los “Awol” desde 2003 –inicio de la invasión de Irak- hasta principios de 2007, superan el millar. En marzo, el ejército estadounidense anunció que en 2006 se registraron 3.300 deserciones o Awol,-en este país un soldado se considera Awol tras una ausencia de 30 días-  comparado con 2.357 desertores en el 2004. En el primer trimestre de 2007 desertaron 1.871 soldados. Algunos casos se han hecho célebres. El de Agustín Aguayo, paramédico del ejército de USA condenado, en marzo de 2007, por un consejo de guerra estadounidense a ocho meses de prisión por negarse a participar en la guerra en Irak como objetor de conciencia. El del sargento de 28 años, Camilo Mejía, hijo del cantautor y activista sandinista Carlos Mejía Godoy, que fue puesto en libertad el 15 de febrero de 2005, después de ser condenado a un año de prisión militar por negarse a volver a Irak. O el de Pablo Paredes, de 23 años, condenado por negarse a embarcar en la nave USS Bonhomme Richard, que se dirigía a la región del Golfo, el 6 de diciembre de 2004. Hay otros muchos: Abdulá Webster, Kevin Benserman, etc.

 

Las deserciones, problema crónico para el ejército, no son tan comunes como en los años más duros de la guerra de Vietnam, sostuvo recientemente The New York Times. No obstante, los soldados y sus familias se están organizando en contra de esta guerra mucho antes de lo que lo hicieron sus homólogos durante la Guerra de Vietnam. Es el caso de Fernando Suarez del Solar, un mexicano con ciudadanía norteamericana, que reside en California. Desde la muerte de su hijo, Jesús, en Irak en 2003, integra la asociación Military Familias Speak Out (familiares de militares que hablan claro), entidad que reivindica el fin de la ocupación militar de Irak y el retorno inmediato de los soldados norteamericanos a su país.

Que se produzcan tantas deserciones se explica porque las situaciones de combate y los atentados con coches bombas generan un enorme estrés. Dos meses bajo la tensión de resultar herido o morir termina minando la voluntad de los soldados. Por ello los ejércitos efectúan una rotación permanente, cuando pueden, de sus efectivos para reducir las crisis nerviosas, proporcionales al tiempo de la exposición a los riesgos.

 

Hasta ahora, las misiones duraban doce meses, pero serán alargadas hasta los quince. Esto desalienta a los uniformados, separados de sus familias, que viven cercados en sus cuarteles a lo largo de esos dos Estados asiáticos. En ambos países están confinados permanentemente, sin contacto con la población. Están prohibidos los paseos y las salidas, que son frecuentes en otros países. Una vez cumplido el período, pueden regresar a EEUU para permanecer en suelo patrio durante, al menos, un año.

 

Los procesamientos por deserción y otras ausencias no autorizadas en el Ejército de Estados Unidos “han aumentado sustancialmente en los últimos cuatro años” desde el comienzo de la guerra en Irak, para disuadir al número creciente de soldados que tienen dudas acerca del envío, o el retorno, a Irak; y a que también las fuerzas en servicio activo están extendidas casi a sus límites, informó el diario The New YorkTimes.

 

Hoy, el Gobierno de Estados Unidos tiene desplegados 145.000 soldados en Irak. Sin embargo, el Pentágono considera esta cifra insuficiente para enfrentarse a la insurgencia iraquí. En su búsqueda de nuevos efectivos, el Pentágono se plantea revisar su política hacia los homosexuales y las lesbianas. Entre 1994 y 2005 el Ejército dio de baja a 11.000 uniformados por su orientación sexual. Aunque la política oficial es la de no investigar el comportamiento sexual privado de los soldados, algunos en el alto mando los rechazan. El general Peter Pace, comandante de Estados Mayores, declaró hace poco: “Yo creo que los actos homosexuales entre dos individuos son inmorales”. Pese a esta opinión, se estima que unos 65 mil homosexuales y lesbianas visten uniforme en la defensa estadounidense. Pero cualquiera sea la orientación sexual, el Pentágono tiene crecientes dificultades para reclutar tropas de primera línea para despachar a sus guerras.

 

En este contexto se explica también el reclutamiento de mercenarios en América Latina, que de simples guardias, se convierten en combatientes en Irak. Son fuerzas de choque, sin estar sometidas a control alguno. La Oficina en Washington para los Asuntos Latinoamericanos calcula que rondan el millar de los reclutados, que trabajan para empresas de seguridad norteamericanas en Irak.

Ahora quiero detenerme en la figura de José María Áznar en un fragmento de un artículo escrito en el 2008.

La entrada en la Guerra de Irak, con el pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva, y que ha producido una serie de secuelas gravísimas en Oriente Medio, le debería servir  como motivo de reflexión. Aznar mostró sentirse orgulloso de haber participado en esa cumbre previa a la guerra de Irak en el programa “Mi casa es la tuya”, presentado por Bertín Osborne. Y que él iría “cien veces, cien mil veces, si el interés nacional de España está en juego” y explica que en esa foto aparece junto a sus aliados: “con mi vecino Portugal, con el aliado más fuerte, Estados Unidos, y con un gran país como el Reino Unido”. Esa imagen considera que era la expresión fundamental de la política atlántica, que cree que representa la libertad, la democracia y la tolerancia. “Yo, por el interés nacional, voy a las Azores y a la Patagonia. Donde haga falta”, insiste. En una entrevista del 16 de marzo de 2008 para un especial de Radio 4 de BBC sobre la invasión de Irak. Así vio la situación de aquel momento: “El mundo está mejor sin los talibanes y está mejor sin Sadam Husein. ¿Han desaparecido todos los problemas? No, simplemente está mejor”.¿Incluso siendo la situación muy difícil para la gente normal en Irak?, le preguntan. “En este momento, es cierto, pero es menos difícil que en tiempos de Sadam Husein. La gente puede participar en elecciones, puede hablar libremente, hay libertad en el país y existe la posibilidad de establecer una democracia, hay más seguridad”, opina Aznar, que no ha visitado Irak desde diciembre de 2003. “No es una situación idílica, pero es una situación muy buena”. Pero podemos elegir algunas otras perlas de este caballero con posterioridad: “Hoy que el mundo vive “una explosión de libertad” y que los cambios que se han producido en Irak, en países como Ucrania, el “sometimiento” del Líbano a la autoridad internacional o el “acercamiento” entre israelíes y palestinos son consecuencia de la ‘Cumbre de las Azores’. Y se quedó tan ancho. Incomprensible. Vergonzoso.

 

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