Historia y Política - 15/12/19

Visceralidad, vehemencia y encabronamiento ante el tema catalán.

 

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En su libro publicado en 1936 Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado nos cuenta: «Preguntadlo todo, como hacen los niños. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? ¿Por qué lo de más allá? En España no se dialoga porque nadie pregunta, como no sea para responderse a sí mismo. Todos queremos estar de vuelta, sin haber ido a ninguna parte. Somos esencialmente paletos».

¿Y para qué este prólogo? La respuesta es muy clara. Tiene plena actualidad, está relacionado con todo lo que está ocurriendo en estos momentos en Cataluña. Si estamos donde estamos, es porque ha sido abandonado el diálogo, porque nadie en ambos lados pregunta, a no ser para responderse a sí mismo. Lo único que le interesa de su propia pregunta, es su propia respuesta. Y esto no es diálogo, sino puro y estricto monólogo.

Afortunadamente ahora se está intentando el diálogo. Que nivel de degradación se ha alcanzado en nuestra democracia, que quien defiende el diálogo es acusado de traidor a la patria. En la parte final haré una reflexión sobre qué significa la palabra diálogo.  Tal actitud, en contra del diálogo, puede que tenga que ver con la idiosincrasia de los españoles, que consideramos estar en posesión absoluta de la verdad. Mas la verdad no es patrimonio de nadie, por ello Machado nos advirtió: «Tu verdad no; la verdad; y ven conmigo a buscarla».

Y por otra parte, los españoles, según otro gran conocedor de nuestra idiosincrasia, Manuel Azaña, somos extremosos en nuestros juicios: «Pedro es alto o bajo; la pared es blanca o negra; Juan es criminal o santo… Los segundos términos, los perfiles indecisos, la gradación de matices no son de nuestra moral, de nuestra política, de nuestra estética. Cara o cruz, muerte o vida, resalto brusco, granito emergente de la arena».

Y nuestra verdad inmutable e irrefutable la defendemos a muerte sin concesiones con una extraordinaria visceralidad, vehemencia y encabronamiento. Ante el tema catalán, gente educada, con formación universitaria pierde los estribos y la compostura. No hablo de cenutrios ni botarates, ni de aquellos fuera de sí tras tomar cuatro copas en la barra del bar, sino de abogados, médicos, ingenieros, profesores, comerciantes, gentes que convencidos se autoproclaman progresistas, que ante el tema de Cataluña mientras les late la vena en la frente, al tiempo que la saliva  les aparece en las comisuras de los labios y luego la  escupen, arrojan opiniones incendiarias y extraordinariamente simplistas, sin mostrar el mínimo esfuerzo de tratar de entender un problema extraordinariamente complejo, con muchas aristas. Sin pretensión de convencer a nadie, y mucho menos a todos aquellos que ya están convencidos, y que por lo tanto en su caletre la duda no cabe, me limito a exponer una serie de preguntas sobre las causas del Procés, no sin criticar sin ambages la actuación de los líderes independentistas, al no haber respetado la legalidad vigente. Insisto condeno estas actuaciones. ¿Está claro? Lo repito de nuevo. No pueden saltarse las leyes. Dicho lo cual, planteo las preguntas. ¿No tiene nada que ver la crisis económica del 2008? ¿Tampoco tiene nada que ver el recurso de anticonstitucionalidad contra el Estatut aprobado en referendum por el pueblo de Cataluña? ¿Tampoco tiene nada que ver el uso y el abuso del anticatalanismo  para sacar votos fuera de Cataluña por parte de determinadas fuerzas políticas? Soy consciente que para muchos esas preguntas son supérfluas. ¿Y por qué son supérfluas? Porque para estos muchos, todo se reduce a que unos 2,2 millones de catalanes fueron abducidos y engañados a través de TV3 y la Escuela catalana, cual si fueran gilipollas, para tapar las vergüenzas del 3% y el caso de los Pujol. Y ya está la explicación.  Explicación  tipo “Inés Arrimada”. Explicaciones simples para problemas complejos, yo no las conozco. Sin embargo, muchos de mis compatriotas sí que las conocen. ¿Por qué? Lo explica muy bien Francisco Ayala «el español acostumbra a creer que lo sabe todo». Al ser todos tan sabios, tenemos solución para todos los problemas, por arduos que sean. Por ello, ¿para qué vamos a dialogar? Además nuestros argumentos los exponemos gritando, y hablamos todos a la vez, y encima, lo que parece milagroso, nos entendemos. No hay tema que se nos resista. Nos da igual el fútbol, la educación, la historia, la literatura, el cine… Y por supuesto la política. De todo manifestamos nuestra opinión, que, por supuesto, es siempre la mejor. ¡Y ay de aquel que se atreva a discrepar de nuestras afirmaciones! No necesitamos el diálogo. ¿Para qué? ¡Qué bien nos conocían también el poeta sevillano y el político de Alcalá! Machado en Proverbios y Cantares: «De diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Nunca extrañéis que un bruto se descuerne luchando por la idea». Y Azaña: «El percibir exactamente lo que ocurre en torno nuestro, es virtud personal rara. La moderación, la cordura, la prudencia, estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud. El caletre español es incompatible con la exactitud. Nos conducimos como gente sin razón, sin caletre. ¿Es preferible conducirse como toros bravos y arrojarse a ojos cerrados sobre el engaño? Si el toro tuviese uso de razón no habría corridas. Un cartelón truculento es más poderoso que el raciocinio».

De acuerdo con lo expuesto, es lógico que todos aquellos que hemos tratado y tratamos de introducir en la cuestión catalana ciertas dosis de mesura, de equilibrio, de transacción y de sentido común estemos marginados. Aquí se ha impuesto el todo o nada. Victoria o derrota. No se pretende convencer, sino derrotar y humillar al enemigo. Por ello es inevitable e imprescindible el diálogo. Es obvio que la sociedad española está muy polarizada. Lo que se explica por la tendencia a informarnos sólo a en los medios de comunicación que transmiten lo que nos gusta y no en los que se expresan distinto. Y también en las relaciones sociales, ya que nos comunicamos solo con los que compartimos opiniones. Hemos perdido la curiosidad para entender los motivos de aquellos que piensan diferente. La gente se aferra a sus verdades y así se reduce la autocrítica.

En la vida política el conflicto es inevitable, como ha irrumpido en Cataluña, donde por primera vez después de la Transición, hay una mayoría independentista en su Parlamento y no hay respuesta institucional por parte del gobierno central. Esta situación no estaba prevista en los mecanismos institucionales existentes. Y en lugar de gestionar el conflicto de forma constructiva, se ha generado una espiral que ha generado tensiones entre instituciones y sectores de la población que defienden y se oponen a la independencia. Estamos saturados de análisis y especulación política.

Nos cuesta salir de la dinámica de confrontación, en la que unos ganan y otros pierden. Esta dinámica no es sostenible, porque las «victorias» son efímeras. Quien pierda no se resignará. Y así el conflicto seguirá.

Por ello, el diálogo es irrenunciable, pero lo primero es acordar sobre qué entendemos por diálogo. A menudo cuando se pide diálogo algunos entienden que dialogar es para que el otro asuma que tengo razón. Diálogo implica entender que el otro tiene una razón legítima para pensar diferente y, por tanto, tener la voluntad de entender esta otra perspectiva y cambiar la tuya, en función de lo que escuchas. El diálogo debe ser el instrumento para la negociación. Negociar es para llegar a algún tipo de acuerdo, lo que supone hacer cesiones por ambas partes. Debe ser un diálogo social y político. El diálogo político debe derivar hacia una negociación política institucional. Si no existen las condiciones, se crean y esto es tarea de la clase política. No puede hacer dejación de funciones, como lo ha hecho en nuestra historia. No puede traspasar un problema político para su resolución a los militares como ocurrió en el XIX y XX; ni a los jueces en el XXI. Eso degrada nuestra democracia.

Todo el argumento expuesto he podido hacerlo al haberlo escrito en el teclado de mi ordenador. Cuando he tratado de hacerlo verbalmente cara a cara con algún compatriota, me ha sido materialmente imposible, al ser interrumpido constantemente. No he podido emitir dos frases seguidas necesarias para construir un argumento. Por ello, lamentándolo he tomado la decisión de renunciar al debate sobre este tema cara y cara y verbalmente. Lo mismo en relación al uso de las redes sociales, donde proliferan los insultos e improperios. A partir de ahora quien quiera conocer mis ideas políticas sobre este tema podrá hacerlo en mis artículos, que acostumbro a publicar semanalmente en El Periódico de Aragón, Nueva Tribuna ,Conacentoinfo., Andalan.es, CronicasdeLanzarote,  CanariasNoticias.es. Luego suelo colgarlos en la página Web  de la Fundación Bernardo Aladrén.

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