Cultura y Sociedad - 18/12/19

En el 50 aniversario de su fallecimiento de Miguel Labordeta

En el 50 aniversario de su fallecimiento de Miguel Labordeta (1921-1969) la Fundación José Antonio Labordeta recordó y rindió homenaje al gran poeta aragonés el 12 de diciembre.

Abrió el acto Juana de Grandes, presidenta de la Fundación, que recordó la personalidad y la obra poética de Miguel, que tanto influyó en su hermano José Antonio: compartieron biblioteca, le inició en la poesía y le introdujo en las célebres tertulias literarias del Café Niké. José Antonio Labordeta sentía adoración por Miguel, del que decía que era uno de los grandes poetas de los 50, un poeta estremecedor y maravilloso; un agitador cultural como oficiante de la Oficina Poética Internacional y creador y director de varias revistas literarias. También evocó los recuerdos familiares, que vivió en primera persona, la madre doña Sara, los hermanos y otras personas alojadas y que trabajaron en el gran caserón del Colegio de Santo Tomás de Aquino.

Habló luego Antonio Ibáñez, biógrafo de Miguel Labordeta, que contó anécdotas y noticias no muy conocidas, y se refirió a su media docena de poemarios, desde “Sumido 25” (1948) a “Autopía” (publicación póstuma, 1972), originales y valientes poemas, con un estilo surrealista de verso libre y amplios registros, que reflexionan sobre la existencia del hombre. Y a su obra teatral “Oficina de horizonte”, que se estrenó en 1956 en el Teatro Argensola y años más tarde tuvo una adaptación televisiva a cargo de Antonio Artero. Una precisa, magistral “Aproximación a la poesía de Miguel Labordeta”, por Antonio Pérez Lasheras (de la que tomamos las palabras finales), dio paso a una vibrante Lectura de poemas a cargo de Mariano Anós.

Este encuentro ha sido preámbulo del congreso que la Fundación organizará sobre Miguel Labordeta en 2021, año en el que se cumple el centenario de su nacimiento.

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Fragmento de “Aproximación a la poesía de Miguel Labordeta”, por Antonio Pérez Lasheras:

“…Prefirió el exilio de la palabra y el silencio. De alguna manera podríamos decir que la trayectoria poética de Miguel Labordeta parte de la necesidad de comunicación, pero no se queda ahí la evolución: ‘metalírica’ es –frente a lo que se ha dicho- una nueva introspección en el yo, en el ser y el estar aquí, encerrándose en una peculiar ontología que, podría decirse, renuncia al nosotros para indagar en lo personal, en la peculiar angustia del poeta.

“Los mitos, las ‘claves circulares’, como las ha llamado Rosendo Tello, de Labordeta son rotundas, enérgicas, proféticas. Su único defecto es el de no seguir las corrientes en boga, no sumirse a las modas de cada momento. No ser ‘social’ cuando convenía, no ser lírico cuando la palabra aterciopelada era la norma. Pero su denuncia es mucho más profunda, más decisiva que cualquier otra posible. Su protesta no va dirigida a una determinada circunstancia histórica –aunque la incluya-, sino a todo un sistema social, a los valores que ese sistema propugnaba.

“Su denuncia se dirigió contra la hipocresía social, contra el poder ejercido desde una determinada posición contra los más débiles, contra esos ‘profesores inútiles’, ‘sabios’ de pacotilla, contra todo ese ejército de menesterosos que pulula en sus obras, o contra la oposición ejercida como mera imposición. Por ello, en una primera época –en esa ‘epilírica’ o poesía del fenómeno-, Labordeta parte de la concepción de angustia y desastre y ansía una salvación, destinada a los ‘jóvenes azules’: después se dará cuenta de que sólo es posible la salvación salvándose el yo individualmente. De ahí su constante desdoblamiento en múltiples máscaras que diluyen el yo y, al mismo tiempo, olo multiplican.

“Por lo tanto, su ‘metalírica’ podría considerarse como una metafísica del yo poético, transido de las obsesiones anteriores, pero concentrada en su forma, adelgazada de la retórica ‘verbalista’ 0 ‘tremendista’ que dominaba su época anterior”.

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