Cultura y Sociedad - 13/05/20

Eric Rohmer: recordando su cine

Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Jean Marie Maurice Scherer (1920-2010), que firmó sus trabajos de director cinematográfico como Eric Rohmer. Para quienes seguimos y disfrutamos sus películas, es una ocasión para dedicar un recuerdo a su obra, que nos entretuvo e hizo reflexionar sobre las peripecias vitales y las contradicciones de los seres humanos.

 

Un cineasta distinto

Nace el 21 de marzo de 1920 en Tulle, población de unos quince mil habitantes, capital del departamento de Corrèze, en la región francesa de Nueva Aquitania. Estudia en Paris, en el Liceo Enrique IV, e inicia su afición al cine. Graduado, da clases de literatura en Nancy, escribe relatos, y se involucra en proyectos editoriales de comentario y crítica cinematográfica como La Gazette du Cinema y Cahiers du Cinema, en los que participan otros destacados cineastas de la “nouvelle vague”. En sus escritos muestra su capacidad teórica para reflexionar sobre el cine, sus objetivos, su técnica y su responsabilidad como arte.

Siempre discreto y celoso de su intimidad personal, dirigió treinta y seis películas, desde 1950 a 2007. Es  autor del guión de muchas de ellas, que parten de relatos escritos a veces con mucha antelación.  Sus películas más conocidas son las que agrupa en varios ciclos con una denominación común: “Seis cuentos morales” (1962-1972), “Comedias y proverbios” (1980-1987) y “Cuentos de las cuatro estaciones” (1990-1998). .

A Rohmer le preocupa reflejar lo que filma con el máximo realismo, representar fielmente la realidad, como un medio para acceder a la verdad y la belleza. De ahí, la aparente sencillez de sus imágenes, apegadas a la cotidianeidad de la vida. Su estilo pretende la transparencia, y busca lo esencial de las relaciones humanas. Todos estos criterios se traducen en la sencillez y realismo de sus películas, que cuentan historias ordinarias y reflejan  sentimientos comunes. Los diálogos, minuciosamente elaborados, tienen una importancia esencial para transmitir diferentes puntos de vista y opiniones sobre la vida cotidiana de sus protagonistas, que exponen sus dudas, debilidades, contradicciones y autoengaños, sin que se les juzgue ni valore. Con una modesta financiación y reducidos medios, la puesta en escena es austera, pero elaborada con todo detalle. Es un cine sin prisas, sin grandes aventuras, que contrasta con el cine comercial actual, tan preocupado por la acción trepidante y los efectos especiales.

 Rohmer opina que “el cine simbólico es lo más horroroso que existe”. “La imagen no está hecha para significar, sino para mostrar. Su papel no es decir  que alguien es algo, sino mostrar cómo es, lo que es infinitamente más difícil. Para significar, existe un instrumento excelente: el lenguaje hablado. Empleémoslo. Si se trata de expresar mediante imágenes lo que puede decirse en dos palabras, es trabajo perdido”.

En busca de lo esencial, Eric Rohmer no es partidario de la música como medio expresivo del cine. “Reprocho a muchas películas, especialmente a las  poéticas, el ser estropeadas por la música, muy a menudo banal y en absoluto necesaria.. No veo para qué puede servir la música, si no es para arreglar un film malo. Pero una buena película puede prescindir de ella. Y luego, no es moderno, es una convención que procede del mudo, cuando se tocaba el piano en la sala. El hecho de asociar una música cualquiera a las hojas de los árboles, a las nubes que pasan, o incluso a alguien que abre su puerta, es la peor de las convenciones, un estadio completamente superado. En mis “Contes Moraux” unicamente hay música real: cuando los persnajes escuchan discos o la radio. No existe absolutamente ninguna otra música: ni siquiera en el genérico”.

A lo largo de su carrera obtuvo diversas distinciones: en 1969, “Mi noche con Maud” fue nominada al Oscar para la mejor película extranjera; en 1970 el Premio Louis Delluc a “La rodilla de Claire”; en 1986, el León de Oro del Festival de Venecia a “El rayo verde”. En 1990, el David Luchino Visconti premió su carrera como personalidad del cine.

 

 

Algunas películas preferidas

De entre las películas de Eric Rohmer hay algunas a las que uno tiene especial cariño. Estos días de obligado confinamiento, he aprovechado para volver a ver varias de ellas, con tranquilidad y sin prisas, como requiere disfrutar de sus diálogos y de las peripecias vitales de sus protagonistas. Como selección personal, he disfrutado especialmente de las que paso a mencionar. En las dos primeras, que pertenecen a la serie de “Cuentos morales”, hay un hilo argumental común: los protagonistas masculinos tienen un cierto ideal de mujer, pero se sienten fuertemente atraídos por otra mujer perturbadora y menos convencional. Al final acaban volviendo a su elección inicial, menos problemática. La tercera película es una parábola con bastante ironía sobre la práctica de la política.

 

“Ma Nuit chez Maud” (Mi noche en casa de Maud, 1969, en blanco y negro), es para mí especialmente atractiva por la ironía de su planteamiento y las contradicciones que muestra y por las interpretaciones de la deliciosa Francoise Fabian y de Jean Louis Trintignant. Un ingeniero, católico convencido y practicante, se incorpora a su trabajo en Clermont-Ferrand. Allí se reencuentra con  Vidal, un  antiguo amigo, profesor marxista, y en la iglesia conoce a una joven, Francoise, que considera su pareja ideal. Acompañando a Vidal, acude una noche a casa de Maud, atractiva divorciada y librepensadora, que defiende valores y creencias muy distintos en un inteligente debate.

 

“L’Amour, l’après-midi” (El amor después del mediodía, 1972). Fréderic, felizmente casado, recibe en su despacho la inesperada visita de Chlóe, una antigua conocida, mujer muy atractiva y desenvuelta, con problemas de trabajo y de relaciones personales. Sus visitas se suceden y avanza su relación. Cuando las visitas se espacian, Frederic las echa en falta. Tras estar a punto de sucumbir a la tentación, Fréderic regresa al hogar, donde están esperándolo su mujer y sus hijos.

 

“L’arbre, le maire et la médiathèque” (El árbol, el alcalde y la medioteca, 1993), es un cuento político que plantea muchas cuestiones. El alcalde socialista de un pequeño pueblo, que tiene ambiciones políticas, proyecta construir un moderno equipamiento cultural y deportivo (teatro, cine, biblioteca, piscina), en unos prados cercanos al pueblo, donde hay un antiguo y hermoso árbol, aprovechando las subvenciones que le ha prometido su partido. El maestro se opone a ese proyecto, por considerarlo innecesario y perjudicial para el medio ambiente. En largas conversaciones con su pareja, entrevistas periodísticas e incluso en diálogo con una niña, el alcalde expone sus opiniones sobre muchos temas: el futuro del campo y del medio rural, la ecología, las interioridades de los partidos políticos. Finalmente, por falta de financiación suficiente, el alcalde debe renunciar al moderno equipamiento. Los vecinos disfrutan de sus reuniones y celebraciones en el prado comunal y bajo el árbol preservado.

 

Comentarios cerrados.