Historia y Política - 28/07/20

Grandezas y servidumbres de la política. Y especialmente en los momentos actuales.

Fernando Simón se niega a dar los nombres de los expertos...

 

De entrada en un aviso a navegantes. Sé que lo que voy a escribir es probable, mejor seguro, que va a molestar a muchos. Mas, como alguna vez he señalado en este mismo medio nada de lo que sale de mi ordenador va en contra de mi pensamiento. Quiero revalorizar la actividad política, tan denostada, e incluso, criminalizada en amplios sectores de la sociedad. La clase política tiene sus defectos como otras profesiones de nuestra sociedad.  Ni más ni menos. No sin antes reconocer que a ella se le debe exigir un plus de ejemplaridad. ¿De dónde salen los políticos? ¿Acaso vienen de Marte? ¿Cómo es posible que una clase política tan incompetente y corrupta haya surgido de una sociedad tan pura e inmaculada? Si los políticos lo hacen todo tan mal, no puede ser que el pueblo lo haya hecho todo bien. ¿No será que nos servimos de los políticos como chivos expiatorios para ocultar muchas de nuestras frustraciones? ¿La crítica generalizada hacia los políticos nos permite librarnos de algunas críticas que, de no existir ellos, tendríamos que dirigir a nosotros mismos?

Y también es muy común en amplios sectores de la sociedad española el que aparezcan unos determinados tópicos. “Todos los políticos son iguales”. Lo que se esconde tras este juicio es una mezcla de desconocimiento de la política y no poca pereza intelectual.  Con estos juicios no hay que pensar mucho.  Y así se ha impuesto la equidistancia. Y es una postura totalmente equivocada. No se puede poner en el mismo plano  de igualdad a aquellos políticos (Sánchez, Illa, Iglesias…) que con errores, han intentado encontrar una salida a una pandemia brutal, repito pandemia, y a aquellos como Casado, Abascal, Cayetana… para los que la única salida ha sido y es esperar, y que “el cuanto peor mejor” les abra la puerta de entrada al gobierno, sea como sea. Se degrada la política con el «todos políticos son iguales». Quienes no capten esta diferencia tienen un grave problema de percepción de la realidad política, debido a algún prejuicio político. Ocurre lo mismo con la crispación. ¿Quiénes han embarrado el campo de juego?  ¿Cómo se puede ser equidistante? ¿Quiénes han (ab)usado de las mentiras y las insultos más truculentos desde el primer día, expuestos al principio ? El insulto es, sin duda alguna, un síntoma de cobardía. Es la carencia de argumentos. Cohesiona a las tropas enardecidas dirigiendo su agresividad hacia la ofensa o la humillación del rival, reducido a un enemigo a destruir. La agitación emocional del insulto convierte a la masa en turba, que no quiere justicia, aunque la exija vociferante. Quiere venganza, que es otra cosa muy distinta. Mas, la política iracunda contagia. Ese contagio ya es visible en nuestra sociedad, polarizada con tal agresividad que disuade a los sensatos, inhibe a los tolerantes, intimida a los moderados y ensucia el campo de juego democrático. Mas el odio solo se combate rechazando el contagio. Hacerle frente con más odio, es lo que quieren quienes odian. No les hagamos el juego. Que odien ellos. Lo grave es que hoy se ha expandido una pandemia mucho peor que la del Covid-19, la del odio. Está ya en nuestras calles, en los medios y en la política.

Para hablar pertinentemente de temas jurídicos, parece necesario el haber cursado estudios de derecho, Sin embargo, para hablar de política, se presupone que todo el mundo tiene el mismo derecho y la misma capacidad. Naturalmente que todos podemos opinar sobre política, criticar al gobierno o a la oposición o hacer un comentario sobre la marcha global del mundo. Pero para saber de política hay que hacer algún esfuerzo. Saber y hablar con propiedad de política exige, al menos, el tiempo que dedicamos a hablar de futbol, leyendo periódicos  o escuchando programas deportivos. Para hablar de política con propiedad hay que leer, escuchar  en diversos medios y reflexionar sobre ella. La política tiene muchos ángulos. Hay quienes prefieren aburrirnos con ella para que desconectemos. Otros nos prefieren ignorantes, para dejarlo todo en manos de los que saben. La política es una disciplina que requiere estudio. También se trata de un tema colectivo que reclama diálogo. Y, como además nos afecta a todos, exige nuestro compromiso.

Señala Daniel Innenarity en La política en tiempos de indignación, que en el menosprecio a la clase política se cuelan no pocos lugares comunes y descalificaciones que muestran una gran ignorancia sobre la naturaleza de la política y propician el desprecio a la política como tal. A estos críticos les deberíamos recordar que siempre que impugnan algo tenemos derecho a exigirles que nos diga qué o quién ocupará su lugar. No ocurra aquello de la paradoja del último vagón. Se trata del chiste relacionado con unas autoridades ferroviarias que, al descubrir que la mayoría de los accidentes afectaban al último vagón, decidieron suprimirlo en todos los trenes. ¿Hacemos lo mismo con la clase política? ¿La suprimimos toda? Si hablamos de su incompetencia, favorecemos que sean los técnicos los que se apoderen del gobierno. ¿Queremos a tecnócratas? Deseamos en el Parlamento a los mejores, pero no estamos dispuestos a pagarles un sueldo digno, con lo que solo puedan hacerlo los ricos. El movimiento cartista en la Inglaterra del XIX entre sus exigencias llevaba una clave para democratizar la política y evitar su monopolio por la aristocracia: «Sueldo anual para los diputados que posibilitase a los trabajadores el ejercicio de la política». Los poderosos tienen otros medios para apuntalar sus intereses, por ello sorprende que pongamos en peligro esta gran conquista de la igualdad de acceso a la política con algunas propuestas. Exigimos las listas abiertas, y solo un 3% de los electores utiliza las ofrecidas en el Senado.

La política y los políticos son necesarios.  Los que no los necesitan son los poderosos. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos, pero perderían su representación los que no tienen otro medio de hacerse valer. Tales prejuicios sobre la política, según Aurelio Arteta, son una reminiscencia del franquismo y conducen a que una actividad se considera execrable, porque se ha politizado y no hay que politizar las cosas. Las frases “No te signifiques” o “No te des a notar” recuerdan y son una herencia de la dictadura. Muchos de nuestros abuelos por haberse significado políticamente fueron represaliados brutalmente ellos y miembros de su familia. Y esto ha dejado una huella, que costará mucho borrar. Dejando la vida privada al margen, debemos politizar todo aquello que nos afecta como miembros de la polis. ¿No debe someterse al debate público, de todos los ciudadanos, por ejemplo, nuestras pensiones, nuestra educación, el sistema fiscal o una solución pactada al tema territorial? Cuando se quieren eliminar del debate político, es que detrás debe haber algún interés bastardo. Somos seres tanto más libres cuanto más politizados. Por ello, la izquierda debería politizar frente a una derecha que no le interesa el tratamiento político de los temas. La derecha dominante en Europa promueve la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, flexibilidad, competitividad, crecimiento, tecnocracia…) Lo que la izquierda debería hacer es luchar contra la dictadura del sistema financiero, los expertos que reducen el espacio de lo que es decidible democráticamente, y el predominio y frivolidad de los medios, y así recuperar el protagonismo de la política. El auténtico combate que se dilucida hoy es entre los que aspiran a que el mundo tenga un formato político y a los que no les importa que la política se convierta en algo irrelevante. La defensa de la política es la gran tarea de la izquierda, de no hacerlo, esta se juega su propia supervivencia.

 

Por ello, quiero hacer una revalorización de la actividad política por lo que me parece oportuno recurrir a la figura de Manuel Azaña, en concreto a un discurso “Grandezas y miserias de la política” que pronunció en abril de 1934, cuando estaba apartado de la actividad de gobierno, en la Sociedad de Los Sitios de Bilbao, donde obsequió al auditorio con unas hondas reflexiones como hombre político, aparentemente deslavazadas tal como le vienen a la mente. Lo he leído en numerosas ocasiones y también utilizado en algunos de mis artículos.

Considera la política como la aplicación más completa de las capacidades del espíritu, tanto del entendimiento como del carácter. La política, como el arte, como el amor, no es una profesión, es una facultad, que no tiene nada que ver con la elocuencia. La facultad política se tiene o no se tiene, y el que no la tenga, inútil será que se disfrace con todos los afeites exteriores del hombre político, y el que la tiene, tarde o temprano es prisionero de ella. Un hombre político tiene que sentir emoción delante de la materia política. La emoción política es el signo de la vocación y la vocación es el signo de la aptitud.

Los móviles que llevan a la política pueden ser: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, no son los auténticos de la verdadera emoción política. Los auténticos son la percepción de la continuidad histórica, de la duración; es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda; observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella, el ánimo del político se enardece como el de un artista al contemplar una obra bella, y dice: vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo.

El problema de la política es el acertar a designar los más aptos y los más dignos. Se fracasaba en los regímenes cuando el que elegía era la voluntad de un príncipe, su querida, o su barbero. La democracia es quizá y en teoría el mejor sistema para elegir a los más dignos. Aunque nunca es perfecta esta elección.

La profesión política es tarea sublime, pero tiene sus servidumbres. A ellas me quiero referir. Todos los políticos son los más espiados, más juzgados, más escrutados y más sometidos a una crítica implacable. El político está siempre al borde del precipicio. Y si se cae, la gente dice: «Se le está bien empleado, era un majadero». La política no admite experiencias de laboratorio, no se puede ensayar, es un caudal de realidades incontenibles, no admite ensayo, es irrevocable, es irreversible, no se puede volver a empezar. Estas palabras son muy adecuadas para la situación del Gobierno de Pedro Sánchez. Es difícil encontrar a un político sometido a una crítica tan brutal. En el Parlamento, en los medios, en la sociedad y con una justicia al acecho. No tengo dudas que el Gobierno y sus técnicos asesores –Fernando Simón– lo han hecho lo mejor que han podido, como en Francia, Italia, etc. Y mucho mejor que en los Estados Unidos o Brasil. Y como señalaba Azaña, la política no admite experiencias de laboratorio, no se puede volver a empezar. Y es lo que han tenido que hacer. Tomar decisiones muy difíciles e irreversibles sobre la marcha, como el estado de alarma, sin libro de instrucciones, que afectan a la salud de más 47 millones de españoles es muy complicado. Gobernar con mayoría absoluta y con la economía boyante es fácil. Lo complicado es hacerlo con una pandemia, la más grave desde 1918, y con una crisis económica y social brutal. Y acosado por tierra, mar y aire. Con una oposición inmisericorde e implacable. Ahí se muestra la talla de un político. Políticamente el covid-19 derribará muchos gobiernos, pero las presuntas malas gestiones de este Gobierno –en todo caso habrá que juzgarlas después no ahora en medio de la pandemia– no deben ocultarnos que los políticos son, hasta que alguien demuestre lo contrario, seres humanos mal pagados por el volumen de responsabilidad y riesgo que les exigimos y sobre todo, en estos momentos tan críticos. El sueldo de Pedro Sánchez es de 80.953,08 euros, que lo supera un gerente de una empresa mediana. Todo este contexto de presión brutal tiene que dejar unas secuelas profundas a nivel físico y psíquico en los miembros del gobierno, y sus asesores. Secuelas que estamos observando ya en aquellos que día tras día ante los medios están dando la cara, como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Salvador Illa y Fernando Simón. Resulta muy fácil y gratuito lapidarlos a partir de nuestra tendencia política guiada más por la visceralidad que por la racionalidad, y también cuesta mucho, por impopular, agradecerles los servicios prestados.

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