Cultura y Sociedad - 03/11/20

El tik-tok y la aventadora

Está de moda entre nuestros zagales.  Como advertía Alejandro Nieto en uno de los artículos recopilados en su obra “España en astillas”, los púberes van de un sitio a otro como bandadas de gorriones.  Pero ahora tienen algo nuevo en las manos.  Y no es un porro o una litrona.  Es un móvil.  Y se dedican a lo mismo que sus hermanos pequeños:  a ver vídeos de una aplicación china e incluso a grabarse ellos mismos, a “hacerse un tik-tok”.  Anda, amuélate.

Me ha picado la curiosidad.  He entrado en tik-tok.  Vídeos y más vídeos de gente de toda edad, clase y condición bailando, soltando chorradas en playback, recordando chistes peores que los de Morán; perdiendo el tiempo, en suma.

Y no tiene fin.  Nunca acaban los vídeos.  La gente sigue “subiéndolos”, lanzando sandeces a los cuatro vientos cibernéticos, haciendo el aire más irrespirable en un ambiente amenazado ya por el 5G.

Y he recordado entonces cómo nos divertíamos mis amigos y yo a su edad.  Me ha venido a la memoria cómo también nos movíamos como bandadas de pájaros.  Y cómo nos gustaba volar, sentir el aire fresco en la cara mientras batíamos las alas.  Para gozar de esa sensación, una noche de verano en el pueblo nos acercamos a las eras y nos hicimos con un viejo ingenio allí abandonado, lleno de óxido y mierda:  una aventadora.

Después de trillar, nuestros padres y abuelos (así nos lo han contado, como también nos hablaron de cómo una segadora destrozó el brazo de mi tío Isaac siendo niño y a punto estuvieron de amputárselo los médicos) introducían el trigo en la aventadora mientras accionaban una manivela de la misma que removía el aire en su interior, aire que empujaba la paja al exterior del artefacto mientras el grano, debido a su peso, caía dentro.  Luego llegaron los tractores y las cosechadoras y se arrinconaron las aventadoras en las naves o se olvidaban en las eras, cual bienes mostrencos.  Y mostrencos eran, en efecto, pues tuvieron aquella noche en nosotros a sus voceros para pregonar que eran vacantes (años después por la puerta entreabierta de una sala en el vestíbulo de la Facultad de Derecho admiré el retrato del abogado jacetano don Joaquín Gil Berges, autor de la conocida obra “Los mostrencos en el Tribunal Supremo”).

 

 

La empujamos hasta las calles del pueblo.  Las ruedas de hierro producían un ruido infernal aquella madrugada, más estruendoso aún cuando bajábamos las cuestas encaramados a ella (no como gorriones, sino como buitres alborotados por la carroña de la velocidad), dando alaridos y risotadas.  Acto seguido, nos arriñonábamos al subirla  para luego dejarla rodar calle abajo.

Con las primeras luces (las del alba, pues las nuestras estaban eclipsadas por el zumo de cebada;  con quince años se tiene mucha sed) y tras volcar junto a la Fuente Nueva, volvimos a dar la vuelta al pueblo escoltando aquel armatoste para gozar de una diana (y no precisamente floreada) amenizada por los varazos que propinaba uno de los mozos a la chapa del supersónico vehículo.  Semejante energúmeno me recuerda hoy al “Profeta” del escultor Pablo Gargallo, por lo arguellado del sujeto, por su actitud vocinglera y por el cayado con el que estaba despertando a medio pueblo.  “¡Tope cañero!”, se entusiasmaba otro, mientras yo lloraba de la risa sentado en el suelo.  Parecía una parodia de la escena de “El carro de heno” de El Bosco, con los personajes a los lados de la carreta y sobre ella, pero dudo que el célebre historiador del arte Víctor Jerónimo Stoichita se hubiera sentido inspirado por dicha semejanza a la hora de escribir su obra “Cómo saborear un cuadro”.

Cuando nos cansamos, devolvimos aquel cacharro, que gracias a nosotros se había ganado que le dedicaran un capítulo entero en el RAMINP, a su anterior ubicación para, inmediatamente después, irnos a oír misa.  Seguramente alguno, al ver en el retablo la rueda con cuchillas con la que se intentó acabar, finalmente fue decapitada, con la vida de Santa Catalina de Alejandría (que da nombre a la iglesia parroquial), se acordaría de las de la aventadora, que habían martirizado aquella noche con su estruendo a muchos feligreses.

He pensado que el tik-tok es como aquella aventadora.  Sirve para “divertirse”, con la diferencia de que en ésta se recogía el grano.  Mas del tik-tok sólo se saca lo que salía del extremo de la citada máquina agrícola:  la paja, lo inútil, lo superfluo.  Miseria (por utilizar la palabra que da título a otro artículo de don Alejandro Nieto dedicado al lenguaje utilizado por los jóvenes) en resumidas cuentas.  Hace treinta años nos cachondeábamos alardeando de que íbamos a formarnos como “técnicos de aventadoras” e “ingenieros de peñas”;  hoy los adolescentes afirman muy serios que quieren ser “tik-tokers”, “youtubers” o “influencers”…

Enseñemos, pues, a nuestros hijos a trabajar, a estudiar, a cultivarse.  Advirtámosles de la inutilidad de la moderna aventadora del tik-tok, porque, de lo contrario, acabarán (por utilizar la expresión que tantas veces le he oído a mi padre) “como la yegua de Torralbilla, que siempre iba con el morro fuera de la parva”.

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