Cultura y Sociedad - 15/04/10

Perdonar a un criminal

Benedicto XVI saludando a los jóvenes en la XX Jornada Mundial de la Juventud

La gran ventaja con la que los católicos han contado siempre con respecto al resto de los credos es, sin duda alguna, la absolución de los pecados. Pegar a tu mujer, robar a tus conciudadanos, cometer adulterio o matar al prójimo no se convertían en causa de condena eterna si, el autor de tan graves faltas, descargaba su conciencia con un sacerdote que le liberara de la culpa por obra y gracia de una conveniente penitencia. El confesor se convertía en cómplice silente de cualquier átrocidad que le hubiera sido revelada y su connivencia quedaba respaldada por el secreto al que le obligaba el desempeño de sus funciones. Un auténtico chollo para las almas descarriadas que, a pesar de aquello del propósito de la enmienda, podían sufrir innumerables recaidas sin que las puertas de ese cielo prometido se cerrara definitivamente para ellos.

Aunque también es cierto que siempre ha habido clases, hasta con el perdón de los pecados. Y muestra de ello es que genocidas conocidos, como Franco o Pinochet, fallecieron en olor de santidad con la complaciente bendición del Vaticano mientras que las mujeres que se practican un aborto son condenadas, irremisiblemente vía excomunión, a caer de cabeza en las fauces del infierno.

La Iglesia Católica no esconde su naturaleza de institución machista y dominante ni su militancia misógena y homofóbica. Sin embargo no le produce ningún empacho ocultar, bajo las níveas faldas pontificales, a los curas pedófilos u obispos pervertidos y administrarles, no solo el perdón, también el amparo y la coartada para justificar todos sus crímenes.

Vincular la pedofilia y la homosexualidad es, además de aberrante desde el punto de vista ético, una falsedad. Un insulto a la gente decente que, independientemente de su inclinación sexual, saben controlar cualquier pulsación que atente contra la dignidad y la integridad de los niños. Ni siquiera el celibato, con toda la carga represiva que impone a quienes lo practican, es motivo para excusar o entender este tipo de delitos.

Porque es exactamente de eso, de graves delitos, de lo que estamos hablando. Soslayando el terreno espiritual, que personalmente me deja fría, el abuso de menores es un quebrantamiento de la justicia de los mortales y sus encubridores, sean quienes sean, son responsables últimos de las terribles fechorías cometidas bajo su amparo.

Entonces, si el máximo representante de esta organización, el propio Papa, era sabedor de estos hechos y optó por ocultar a los culpables, ¿no debería recibir el castigo que la ley de los hombres determina para este tipo de transgresiones?

Al margen de las justificaciones teológicas y sobrenaturales, ¿no le convierte su conchabanza en este asunto en otro delicuente, tanto o más culpable, que sus ministros pederastas? ¿Acaso está por encima de las leyes humanas y solo su dios, de existir, tiene potestad para juzgarle?

Yo no lo creo. Ni seguramente las víctimas de estos desmanes cuyo horror se reproduce, una y otra vez, al verse condenados al silencio y al ninguneo por parte de una religión a la que le importa más preservar su prestigio que defenderlos de los monstruos que se aprovecharon de su confianza.

Quizás el Supremo Hacedor pueda perdonarle pero, personalmente, preferiría verle sentado en el banquillo de los acusados. Cosas de ateos.

1 comentario sobre Perdonar a un criminal

  • kepa

    Una buena «tirade». Yo sólo quiero decir que, por lo que yo sé , mientras no se devuelva lo robado no se perdona el pecado ( non remititur …nisi…). y aún más … y aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza o el Pisuerge pasa por Valladolid…si el domingo sigue estando la columna de humo en del volcán que ha paralizado los aeropuertos…al dia siguiente es lunes.

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