Publicaciones - 20/11/20

Una violencia indómita. El siglo XX europeo

La estupenda web “Conversación sobre la Historia” ha publicado recientemente este texto de nuestro compañero Eloy Fernández Clemente sobre el libro de Julián Casanova. Según nuestra costumbre, reproducimos el texto, y remitimos a quienes deseen ver directamente el artículo con muchas ilustraciones al enlace:

https://conversacionsobrehistoria.info/2020/11/14/violencia-indomita/

 

Sumidos en una pandemia inusitada, que afecta ya a más de 50 millones de personas contagiadas en el mundo y varios millones de muertos, la mirada hacia el siglo pasado europeo, en que sólo en guerras murieron más de cien millones puede parecer inoportuna para los autosatisfechos con esta era de progreso ahora en suspenso. Leer el libro de Julián Casanova “Una violencia indómita. El siglo XX europeo” (Crítica), nos parece, en cambio, una cura de realismo, de humildad, de reconocimiento de esos demonios familiares demasiado ocultos bajo las alfombras. Es el autor uno de los más brillantes historiadores de la España actual, discípulo de los Fontana, Juliá, Preston, excelente maestro universitario, investigador y docente viajero de Budapest y Viena a Princeton en numerosas universidades, autor de dos docenas de libros memorables, en los que aborda honestamente grandes temas vidriosos y complejos. Varios editados en inglés y alguno en árabe y turco.

El comienzo es contundente: “Europa era en 1900 el continente más rico y poderoso del mundo, con el monopolio, casi exclusivo, de la fuerza militar moderna”. Y esperaba aún más bienestar, crecimiento y progreso, y los hubo  también en lo cultural, lo científico, el deporte, el arte, las comunicaciones, lo social, pero la crónica precisa de lo acontecido en ese siglo ofrece una visión escalofriante de horrores violencias, guerras. Es curioso que en los comienzos estuviera la revolución bolchevique, gran consecuencia de la Gran Guerra aún apenas europea, y que el siglo casi acabe con la caída del sistema en Rusia y otros países europeos.

Hubo en las primeras décadas varios asesinatos de reyes y gobernantes, resistencia de un mundo que se resiste a dejar de brillar y dominar, algo disimulado en Gran Bretaña a pesar de la miseria de sus masas frente a la inmensa riqueza de su burguesía industrial y comercial, o en Francia; pero no admitidos cambios en Rusia y la Europa central y del este, donde estallan todas las formas del terrorismo, ferozmente combatido por los zares, o en su caso por gobernantes españoles ante un anarquismo radical, enfrentado al sistema.

Un asunto todavía ahora replanteado tras décadas de ocultación o infravaloración (la voraz ambición del rey de los belgas, por ejemplo), es el colonialismo, opresor de África, como antes lo fuera en el resto del planeta, depredador de sus grandes riquezas, generador de un atraso social y económico y el racismo más brutal, bajo excusa de llevarles religión y civilización. Conquistas y mantenimiento violento hasta mediados del siglo (India, Argel, descolonizaciones desde 1960) gracias a ejércitos reclutados obligatoriamente, con armas modernas muy efectivas, forzando decisiones de los políticos civiles.

“La confianza mostrada en las décadas anteriores en que la guerra podía ser gobernada por reglas, codificada… se hizo añicos” durante la primera Guerra Mundial, que iba a ser, y todas las del siglo, “sin cuartel, total, apocalíptica, en la que el conflicto ente el bien y el mal… no admitía ninguna forma de transigencia”. El análisis de la revolución rusa y su furia revolucionaria es especialmente delicado, frente a muchas simplificaciones. Un mantenimiento en el poder por el terror, en el que “la importancia de Lenin en todo este proceso está fuera de duda”, como el papel continuador de Stalin. Y el auge en toda Europa de un sentimiento contrarrevolucionario en defensa de la propiedad, el orden y la religión, que “reducirá las posibilidades de la democracia y las perspectivas de un compromiso social”.

El balance de esa primera fue de ocho millones de muertos, tres de viudas y diez de huérfanos. Marcaban el camino hacia la Alemania nazi, el gulag soviético o la España de Franco. Un modelo para todo el siglo: “guerras de larga duración, con fuerte carga ideológica, enorme movilización de recursos económicos y humanos, donde la separación entre frente y retaguardia no existía, acompañadas de masivos desplazamientos de población”…

El periodo entreguerras verá crecer golpes y sublevaciones, violencia paramilitar. Se nos explican asuntos mal conocidos o abordados en nuestros viejos manuales, o dejados a un lado por los estudiosos: los Balcanes, Polonia, Hungría, la eliminación de minorías étnicas como los armenios, el antisemitismo. Liebneckt y Rosa Luxemburgo denunciaron la guerra como “un conflicto imperialista que debería ser aprovechado por los trabajadores para derribar el capitalismo”. Los apuntes culturales contribuyen a esponjar un texto duro aunque brillante: se cita a Conrad, se nos cuenta la destrucción por incendio de la biblioteca de Lovaina (y pensamos en la de Sarajevo) o el bombardeo de la catedral de Reims.

Esta no es una historia de batallas, armas, estrategias. Sobre la II Guerra Mundial, afirma Casanova que “insistir, por ejemplo, en la imposibilidad de comparación del Holocausto es situarlo fuera de la historia. Y tampoco los crímenes del franquismo o del terrorismo de Estado en la Argentina de Rafael Videla pierden peso o se relativizan por no incluirlos en la categoría de genocidio”. Un análisis pulcro y riguroso sobre los crímenes del nazismo da paso a otro semejante sobre el Gulag y el Terror del sistema soviético, “un elemento intrínseco del proyecto de Estado”.

Tras ese horror vendrán posguerras, purgas y ejecuciones, como la de Mussolini. Violencia “retributiva y vengadora” no solo en la Alemania de Nurenberg, sino en Austria, donde los tribunales procedieron contra 137.000 personas, y en el resto de la Europa ocupada y colaboracionista (Francia elude cuanto puede Vichy). Y afirma Casanova: “la responsabilidad histórica de todos esos fascistas y criminales de guerra sentenciados y ejecutados está fuera de duda, pero la mayoría de los tribunales populares no se equiparon de las garantías suficientes para establecer su criminalidad”.

Volver a la normalidad no fue fácil. Continuaron las dictaduras fascistas en Portugal y España, surgieron las comunistas en el Este bajo la URSS en que se “vivió en un estado permanente de guerra declarada contra sus propios ciudadanos”, como lo demuestran los levantamientos de Hungría y Checoslovaquia, o el sindicalismo católico en Polonia. Y que, “el derrumbe del socialismo de Estado, de dictaduras de un solo partido…fue una transformación revolucionaria, pero sin mucha violencia ni muchos muertos”.

España es contemplada en su justo término: breve pero suficientemente, en el marco general que le corresponde, con explicaciones y datos, resúmenes de muchos libros. Sumida en una dictadura fascista tras tres años de guerra, en que cristalizaron “batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, oscurantismo y modernización… [en] una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la guerra civil para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo xx español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936”.

Atiende en varias ocasiones a la situación de la mujer, aún invisible, pero ya protagonista y víctima de un tipo de violencia especialmente cruel: la sexual, entendida como “violación, mutilación, prostitución, rapado de pelo, matrimonios y embarazos forzados”. Particularmente ominosas son las situaciones en que “miles de mujeres ‘rojas’, ‘individuas de dudosa moral’, fueron asesinadas durante la guerra civil y la posguerra en España, sentenciadas a penas de prisión, víctimas de extorsiones y de incautaciones de bienes y condenadas a la miseria y persecución cotidiana. Huérfanas y viudas a miles…”

El siglo termina con la masacre étnico-cultural de los bosnios musulmanes. Otra guerra inexplicable, o mal explicada hasta hace poco, y por tribunales europeos… Porque “resulta difícil examinar e interpretar esas guerras que siguieron a la desintegración de Yugoslavia de acuerdo con un solo relato, pero vale la pena conocer los diferentes enfoques”,  que el autor viene a resumir rebatiendo con la mayoría de académicos el argumento de los “odios ancestrales”, apuntando a “la manipulación de esas identidades por parte de las elites, que construyeron y exageraron ‘relatos étnicos’ y perpetraron acciones brutales para polarizar a las comunidades”.

Julián Casanova concluye este, que considera (y con razón) su mejor libro, caracterizando este “siglo de violencia indómita, con cicatrices visibles u ocultas de masacres y destrucción. Un pasado hecho presente, recordado, olvidado, confrontado, reprimido”. Se lo debemos a un esfuerzo titánico, físico, mental, moral. Echa mano de la mejor y más actual bibliografía (a su alcance la inusual de URSS y Este de Europa), una precisa cronología, fotos no muy vistas en otros libros o documentales con pies muy expresivos, cientos de notas, útiles índices… Y una redacción muy cuidadosa de comprender, razonar, empatizar con esos mundos de nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros.

Nos debíamos el trago, para poder seguir soñando y luchando en lo que de mejor tiene (muy lejos aún de alcanzar) la Europa de que formamos parte, en un mundo en el que parecía, hasta la caída de Trump, que no cabían a medio plazo muchas esperanzas de democracia, justicia y progreso.

 

 

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