Publicaciones - 28/12/20

Después de las utopías: la revisión de un concepto

José Luis Rodríguez García

Postutopía

Prensas Universitarias de Zaragoza

2020, 256 págs.

 

Está de moda el hibridismo genérico. Pues no, este es un ejemplo de ensayo en su forma canónica: en Postutopía se discute un problema de actualidad candente, en tanto que vivido por el autor, lo que se aprecia por la presencia de un yo marcado y una escritura que no es la del estilo plano académico.

Y el término utopía suele recibir una valoración positiva, sin más, como sinónimo de sueño en el manido “perseguir su sueño”. Pues tampoco. Porque la utopía promete un futuro paradisíaco que exige sacrificar el presente y, para los que se opongan al sacrificio o no estén dispuestos a él, el Sabio o el Maestro vigila para que sean tratados como se merecen. Ejemplos históricos sobran.

Aquí nos encontramos, fieles al título, después de las utopías, en esa distancia que permite la apreciación crítica.

El libro se articula en una sucesión de capítulos muy breves que van tejiendo una reflexión que se apoya en multitud de referencias, que no discriminan entre literatura y filosofía, dado que ambas comparten el espacio de la reflexión. Aunque no hay que ocultar la preferencia por Nietzsche y por pensadores franceses contemporáneos como Foucault y Deleuze.

El punto de partida es la diferencia entre la pasión eutópica, el deseo de una vida mejor, concebida como marca antropológica, y la proyección utópica que surge de ella. Pero justo a partir de esa diferencia se constituye la contradicción mencionada, la necesidad de sacrificar el presente. Conviene puntualizar que, contra los que suman la República platónica al mundo de las utopías, aquí se defiende que la constitución del espacio utópico no es anterior a la Modernidad.

Para avanzar, es preciso diferenciar, a su vez, la ciudad ideal de la utópica: aquella, de hecho, no va más allá de consolidar el presente; esta, la utópica lo niega y se asienta en un no-lugar, que es lo que significa utopía. El siguiente paso consistirá en caracterizar la ciudad utópica, lo que se hace mediante principios topológicos, morfológicos y conceptuales. Por ejemplo, un principio topológico es la insularidad; otro el hecho de tratarse de ciudades; un principio morfológico: la ruptura con la vestimenta que nos es habitual; un principio conceptual, la ruptura con el orden productivo, negación del dinero, etc.

Naturalmente, más tarde o más temprano surge la figura del Sabio, o el Samurái, que, se llame como se llame, representa el orden que permite discriminar entre un dentro y un afuera del espacio de la bienaventuranza así como la necesidad de disciplina. Y, sobre todo, y creo que es lo crucial, surge el problema del tiempo. Porque la existencia misma de la utopía es inseparable de una temporalidad para la cual el pasado acompaña siempre como una sombra, pero el futuro es el que rige, de lo que resulta, como es inevitable, la devaluación del presente. Y se formula también la pregunta de si es esa la única forma de pensar y sentir el tiempo, de si no habría otra que respetase la pasión eutópica –recordemos: marca antropológica, es decir, estructural a la existencia– pero sin sacrificar el presente. Para comodidad del lector, diré que la pregunta se formula con toda claridad en la página 220, pero que carece de sentido si no se ha llegado a ella mediante el recorrido anterior.

Es bastante natural que el lector espere, llegados a este punto, alternativas, propuestas, palabras estas también favoritas del discurso político. Por eso sorprende gratamente el “delimitar propuestas es la obligación de los burócratas, no la nuestra”, de la pág. 246. Así como el reconocimiento de las dificultades para la intersubjetividad, de la tensión entre inmanencia y pragmatismo y, sobre todo… del Azar, así con mayúsculas, porque la eutopía benéfica, que eso significa la palabra, será o no será.

Creo conocer un poco la obra de José Luis Rodríguez, lo que me permite afirmar que la preocupación que inspira este ensayo no es nueva en su obra. Voy a recordar solo tres títulos; La mirada de Saturno: Pensar la revolución 1789-1850 (1990), cuyo título es ya bastante elocuente; Marx contra Marx (1996), donde se profundiza en la dialéctica propia del pensamiento marxiano y, justamente, su componente utópico; y El ángel vencido (2002), novela histórica de espléndida ambientación en el Quattrocento florentino, cuyo protagonista, Girolamo Savonarola, personifica la pasión utópica tanto como el lado oscuro de esta. A los que se podrían añadir muchos títulos de su obra poética en los que aparecen, de una forma u otra, las miserias del presente. Los tres títulos ratifican esa tensión entre literatura y filosofía que mueve la totalidad de la obra del autor y desemboca en este libro, que culmina, sin cerrarla, la trayectoria anterior.

 

 

 

 

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