Historia y Política - 03/01/21

La discreción masónica a propósito del pasado

obre el sentido secreto o discreto de la Masonería se ha discutido mucho. Hoy en día predomina más la idea de que se trata de una sociedad discreta más que secreta. En eso hay un cierto consenso entre los masones y masonas. Otra cuestión distinta es el papel que deben tener los masones en la sociedad, si hay que tener o no más visibilidad, de que manera debería ser esta visibilidad y con qué fin. Ese es un debate actual en el seno de la Masonería.

Pues bien, en este artículo hacemos un ejercicio histórico que gira sobre alguna de estas cuestiones, sobre la discreción y la austeridad que deberían practicar los masones, a cuenta de unas recomendaciones que las autoridades del Gran Oriente de España emitieron en el Boletín Oficial de la misma, justo en el momento de renacimiento de la Masonería española en el Sexenio Democrático (el Gran maestre de la misma era Manuel Ruiz Zorrilla, protagonista político indiscutible). Creemos que tienen su interés porque inciden en lo complicado que era y es ser masón, pero no en relación con la posible masofobia que se pudiera padecer, y, por tanto, como un medio para protegerse, sino para seguir los principios masónicos, precisamente en un momento de libertades como aquel, cuando comenzaba a no ser peligroso ser y/o mostrarse como masón, además de para dignificar los propios signos masónicos.

“Precauciones” es el título de estas recomendaciones, y que aparecieron en el número nueve del Boletín, de primero de septiembre de 1871.

El texto dejaba muy claro desde el principio que la Orden exigía de todos sus miembros la “mayor prudencia” en las relaciones con el mundo profano, es decir, fuera de las logias y los templos masónicos, una regla de conducta que diferenciaba a la Masonería del resto de instituciones. Por ese motivo a un masón no le estaba permitido hacer ostentación de sus actos. Era deber de un iniciado rechazar o ser muy cautelosos cuando en el mundo recibiese cualquier signo o señal masónicos, que se hiciera sin la necesaria reserva, por puro capricho, entre personas ya conocidas. Estas actitudes eran calificadas como alardes innecesarios en los sitios públicos.

Por otro lado, una señal masónica, aunque, como es sabido, se crearon para ser solamente interpretadas por masones, no era un medio para tener la absoluta certeza de encontrarse realmente ante un masón porque ya en esa época muchas personas podían ser conocedoras de los mismos, precisamente por el abuso que se venía haciendo de los signos. Había que tener más certezas antes de entablar una relación masónica con un desconocido. Estas precauciones no solamente eran necesarias para no verse sorprendido, debían tenerse en cuenta también para que los signos masónicos no fueran objeto de burlas.

“Seamos sobrios en el uso de signos”

 

Hemos trabajado con el Boletín citado en el artículo, y que se puede consultar en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

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