Cultura y Sociedad - 22/01/21

En la muerte de José Antonio Biescas

Me llegó un mensaje de mi primo Jorge: “Me comunican que ha muerto José Antonio Biescas”. Más allá de la conmoción que provoca conocer la muerte de un amigo, miembro de tu propia generación, pero de cuyo delicado estado de salud ya sabía, la noticia avivó la máquina de los recuerdos.

Conocí a José Antonio en 1973 cuando, al regresar del Sáhara donde había hecho mi servicio militar, me incorporé al equipo del periódico, entonces quincenal, Andalán. Repaso ahora los índices de aquella publicación que tanto significó para Aragón y su trayectoria democrática, y me asombro ante la ingente cantidad de artículos que José Antonio escribió firmando con su nombre o con el seudónimo Normante. Gran cantidad y también gran variedad pues, a los de economía, habría que añadir los que versaban sobre historia, pensamiento, comarcas aragonesas, problemas laborales, política hidráulica… En aquellos textos pueden encontrarse muchas de las líneas que marcarían luego el hacer del Partido Socialista de Aragón, al que perteneció, y también del PSOE aragonés de los primeros años de la democracia.

De ese período recuerdo con especial cariño su actitud moderadora en los encendidos debates que se producían dentro del variopinto equipo, formado sobre todo por profesores y periodistas, de Andalán. Él, junto con Eloy Fernández y José Antonio Labordeta, ejercían eficazmente esa función, además de animarnos siempre a continuar la labor, incluso cuando las circunstancias eran difíciles. Cómo no evocar su artículo “Razones para seguir” que, en abril de 1978 y tras la salida del grupo de varios importantes y queridos miembros, apuntaba en esa dirección.

 

 

Durante aquellos años y poco a poco, porque él no presumía de ello, me fui enterando de que José Antonio, hijo de un guardia civil destinado en Sabiñánigo, había entrado a trabajar de botones en el Banco Zaragozano, simultaneando esta labor con sus estudios de bachillerato, luego de Comercio y, finalmente, de Economía. Su trabajo y formación le fue haciendo ascender en la plantilla de ese banco hasta llegar a dirigir nada menos que su Servicio de Estudios. En ese puesto estaba cuando, tras las primeras elecciones autonómicas de 1983, Santiago Marraco le nombró consejero de Economía y Hacienda.

Dejo para otros la valoración de la labor política de José Antonio Biescas, porque prefiero narrar un hecho muy poco conocido, pero que define perfectamente algunas de sus principales virtudes, cuales eran la modestia, la honradez y la austeridad. De la primera da fe lo difícil que resulta encontrar una fotografía suya en internet. Y de todas ellas hizo gala cuando, entre 1979 y 1982 representó a Zaragoza en el Senado. Recuerdo haber viajado con él en el primer tren de la mañana hacia Madrid, en un coche de segunda clase, por supuesto, y haberle acompañado luego en Metro hasta la estación de Ópera, cerca del Senado y del modesto apartamento que compartía con el también senador turolense Isidro Guía, cuando eran muchos los parlamentarios que se alojaban en el Hotel Palace.

Pero el hecho al que me he referido ocurrió a orillas del Ebro. Las virtudes de José Antonio Biescas que he enumerado casaban perfectamente con la discreción de la primera Diputación General de Aragón que, por no tener, no tenía ni siquiera un coche para cada consejero y todo su aparato administrativo cabía en el edificio de la plaza de Los Sitios que antes había alojado a la Delegación Provincial de Hacienda. Pero José Antonio, naturalmente modesto, no se limitaba a practicar la austeridad en su vida y su vestimenta (lo que provocaba frecuentes comentarios) sino que la exigía a todos los que trabajaban o se relacionaban con él.

El reglamento de las recién creadas Cortes preveía que a las reuniones de la Junta de Portavoces pudiera asistir un representante del ejecutivo. Normalmente lo hacía el consejero de Presidencia y Relaciones Institucionales, Andrés Cuartero, pero cuando dicha Junta iba a elaborar el presupuesto de las Cortes, quien acudía era José Antonio Biescas, para vigilar que la institución parlamentaria no se pasase en sus previsiones de gastos. Recuerdo que algún compañero de partido le aconsejó que no fuera tan exigente, pues aquellos diputados eran quienes, luego, tenían que aprobar o rechazar todo el presupuesto de la comunidad autónoma. Pero él no hacía caso y mantenía sus exigencias de rigor y austeridad. Podía hacerlo porque él no era un profesional de la política, que entendía como una dedicación temporal y altruista. Y siguió siendo coherente con los planteamientos que había defendido hasta entonces. De hecho, terminada la legislatura, se fue la Universidad donde trabajó como profesor hasta su jubilación.

La última vez que le vi fue hace ya unos meses. Quedamos a desayunar en un bar cercano a su domicilio, al que acudió con Benilde, su compañera de toda la vida. Vino también Manuel Delgado. La conversación fue larga y fructífera, como siempre. La mente de José Antonio seguía siendo completamente lúcida, pero su cuerpo ya no obedecía los mandatos de su cerebro y, sin la ayuda su esposa, no era capaz de hacer casi nada. Maldito párkinson. Paseamos luego un ratito, José Antonio en su silla de ruedas que, a ratos, utilizaba para apoyarse mientras caminaba muy, muy despacio. “Tenemos que vernos más veces. Os llamaré”, les dije. Pero he dejado pasar el tiempo y ahora ya es demasiado tarde.

 

Foto a la salida del Seminario en su homenaje en la Facultad de Economía y Empresa, en 2017. De izquierda a derecha: su esposa, Benilde Bintanel, Jaime Sanaú, Vicente Salas, Iñaki Iriarte, Maite Aparicio, Vicente Pinilla, Pilar Egea, Eloy Fernández, Antonio Aznar, José Antonio Biescas, Julio Sánchez Chóliz, Julio López Laborda, Luis Germán, Dulce Saura, Maribel Ayuda y Marta Melguizo.

 

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