Cultura y Sociedad - 09/02/21

‘Sálvame’: un producto televisivo de éxito

Icono de Sálvame

 

Cuando hablamos entre nosotros del consumo de programas de televisión, nos ponemos exquisitos al referirnos a series de plataformas privadas, cada cual más profunda, cada cual más sofisticada. Podemos hasta incluir documentales y películas de TV2. Y, aunque un consumo medio por habitante y día en España de más de cuatro horas da para mucho, las cuentas no salen o, mejor dicho, apuntan en otra dirección. ‘Sálvame’ es un programa vespertino de cinco horas de duración que emite Telecinco y que durante años está siendo líder de audiencia en su franja. Hibridación entre el género del corazón y un ‘reality’, es una fórmula de éxito continuado desde 2009. Analicemos con brevedad los porqués.

Paolo Vasile, Consejero Delegado de Mediaset-España

Tras las cámaras. El Consejero delegado de Mediaset España es hijo de un productor de cine italiano al que se debe, por ejemplo, la mítica Roma de Fellini, con la que perdió dinero. Paolo Vasile, con cara de senador romano, es el gran jefe de la compañía de Berlusconi en España, a donde vino en 1999 para hacerse cargo de Telecinco y convertirla en líder de audiencia. A él no le va a ocurrir lo que a su progenitor, porque “si yo hiciera la televisión que quiero, estaría arruinado. (…) Mi batalla final es mantener el empleo de más de 1.365 trabajadores porque mandar a casa a un trabajador es matar a tres personas” (El Español, 2-10-2020). Infatigable, firme protector de sus presentadores-estrella, recibe todos los días a las 8 h 20 min los índices de audiencia de los programas del día anterior que, si son buenos, reenvía a los conductores del producto en cuestión. Vasile viene consiguiendo su objetivo. Mediaset lidera el rating publicitario del pasado año, con Telecinco como cadena de mayor eficacia comercial y una de las más rentables compañías españolas ya que alcanzó 212 millones de beneficios declarados y facturó casi mil millones de euros en publicidad y ventas. Entre enero y septiembre del 2020, mejoró en un 281% la venta de contenidos. Telecinco se ha convertido en el ecosistema de los realities y se propone ante la competencia como una “cadena divertida” que celebra sus treinta años consiguiendo que Isla de las tentaciones, Supervivientesy Casa Fuerte sean las entradas más buscadas en Google en el apartado de ‘Cine, televisión y series’.

Adrián Madrid y Óscar Cornejo, directores de ‘La Fábrica de la Tele’

Orquesta Vasile un paraguas empresarial, Mediterráneo Audiovisual, que agrupa a distintos productores, participados por Mediaset (Telecinco Cinema, Megamedia, Alma, Melodía Producciones, Alea Media y La Fábrica de la Tele). Esta última se puso en pie el año 2007, colaborada por Mediaset que aporta el 90% de la facturación de la compañía. Diez años después, realiza el 17’2%  del total de la industria española audiovisual, un dato espectacular (“La Fábrica de la Tele se hace de oro”, EXTRAConfidencial, 30-1-2021). La dirigen dos jóvenes, Adrián Madrid y Óscar Cornejo; el primero comenzó a trabajar con Ana Rosa Quintana, donde conoció a Jorge Javier Vázquez con quien pondría en pie Rumore, rumore, origen de Aquí hay tomate. En este programa se relacionó con Óscar y, como decíamos, fundaron La Fábrica de la Tele que vertebra hoy Telecinco, con más de cuarenta horas televisivas a la semana. Solo en 2017, Madrid y Cornejo se embolsaron de sueldo 400.000 euros, a los que debemos sumar los beneficios (los activos patrimoniales de ambos superan los 27 millones de euros).  Sálvame diario y Sálvame de Luxe -ahora en sábado y domingo, en horario de noche- son el buque insignia de la productora que llegó a emitir el año 2019 hasta tres mil horas de televisión. La base de la pirámide se cierra con Raúl Prieto, Alberto Díaz, David Valldeperas y Carlota Corredera quienes, con algunos cambios dentro de la misma productora, han venido dirigiendo el programa de Sálvame a pie de obra.

 

Jorge Javier Vázquez y el equipo de colaboradores de ‘Sálvame’

Delante de cámaras. Variopintos son los colaboradores que comentan, la mayor parte de forma airada, las diversas noticias del corazón. El principio del que participan todos ellos es que la opinión acerada prevalezca sobre la información; que la fiesta no decaiga y aumente la tensión emocional; que lo banal parezca trascendental; que el latido del corazón se convierta en sangre derramada; que el tiempo de suspense se prolongue para servir de cebo a la audiencia; que el espectáculo prevalezca a toda costa, caiga quien caiga. Aunque hay cierta variabilidad en la composición, vamos a recorrer a los principales personajes que forman parte de este circo mediático.

Kiko Hernández (Madrid, 1976) fue concursante de Gran Hermano 3, pasó a colaborar en A tu lado y La noria y, desde 2009, en Sálvame. Trabajó en el sector inmobiliario (tras él hay una condena firme de seis meses por apropiación indebida ) pero, desde su participación en el reality, entró de lleno en el asunto del corazón. Asiduo colaborador de la revista Qué me dices, tiene un blog muy activo. Un sueldo de unos 30.000 euros al mes le garantizan un alto nivel de vida que se gana en el programa en el que, además del presentador, tiene un pinganillo para recibir las instrucciones directas del director, de quien se convierte en la ‘voz de su amo’. Tiene muy claro que el fuego debe avivarse continuamente para llevar en ocasiones la espectacularización hasta el paroxismo. Aunque el haber pasado por un cáncer y su paternidad por gestación subrogada parecen haber atemperado un poco sus impertinentes juicios sobre las personas, la inquisitorial actitud permanece entera.

Mila Ximénez (Sevilla, 1952) no llegó a terminar los estudios de periodismo. Es conocida por su matrimonio con Manolo Santana (con quien tuvo una hija) y su relación con el turbio abogado Emilio Rodríguez Menéndez. Ha colaborado con ABC, Lecturas y, antes, con Encarna Sánchez; desde el año 2000, trabaja para Telecinco. Ahora atraviesa un cáncer de pulmón. Es inmediatamente anterior su exposición y participación en algunos realitys, al parecer porque envidiaba la manera que tenían de facturar otros compañeros de pista. Su inteligencia no es menor que su bilis, lo que le hace tender a comentarios generalmente ácidos.

Belén Esteban (Madrid, 1973) ha sido durante mucho tiempo la reina de la fiesta. Una chica de barrio, que emparejó en su momento con el torero Jesulín de Ubrique, viene sacando de esta relación truncada todo el partido posible. La identificación de una parte importante de la audiencia con ella, le ha llevado a ser considerada “La princesa del pueblo”, aunque los cientos de miles de euros que ingresa (alrededor de 1.000 euros cada día de Sálvame; Lecturas llegó a decir que Belén ganó en un año 780.000 euros) le dan para poseer lujoso ‘castillo’ y deudas con Hacienda.  Esta “famosa por relación”, “heroína de telenovela” (Mª Lamuedra), confesó haber tenido problemas de adicción a las drogas que ya ha superado y se plasman en un cambio físico sensible que la cirugía estética no disimula. En la construcción de sus frases nunca falta el ‘yo’.

Kiko Matamoros (Madrid, 1956) es también todo un personaje en sí mismo. No terminó los estudios de Derecho y pasó a ser modelo y, posteriormente, representante, a raíz de su matrimonio con Marián Flores (hermana de la modelo Mar Flores). Carmen Ordóñez ha sido su representada más conocida. Aficionado a la cirugía estética (afición que comparte con el resto del plató) y a la coca (“soy cocainómano desde los 15 años”), sus 200.000 euros anuales de ingresos le han llevado a una vida de lujo que hace compatible con ser un reconocido moroso con Hacienda. Pero su especialidad es vender civiles enfrentamientos: con su hermano gemelo, con uno de sus hijos, su exmujer Makoke… Matamoros lo vende todo (hasta bodas sin amor) y, con su metro noventa, y su agresividad verbal se ha ganado fama de rival peligroso.

Lydia Lozano, una de las colaboradoras, llorando

Lydia Lozano (Madrid, 1960) es licenciada en periodismo, esta sí, dedicada desde hace muchos años a las cosas del corazón. Participa en portadas digitales, Europa Press, El Mundo y en otras plataformas hasta que colaboró con éxito en Tómbola y A tu lado para recalar en Sálvame desde su principio. Lleva a cuestas la losa de haberse equivocado largamente al querer defender sin pruebas concluyentes que estaba viva la desaparecida hija de Al Bano y Romina (el llamado ‘Caso Ylenia’). De manera recurrente, es el propio programa en el que trabaja el que resucita este error una y otra vez. Canta, baila, ríe, comenta –sin profundidad alguna la mayor parte de las veces- los casos que cada día se suscitan así como los reality de la casa pero lo que mejor hace es llorar. Objeto cruel de mofa por parte de algunos compañeros, la madrileña-canaria rompe en llanto y se victimiza. La respuesta del público es siempre ponerse de su lado.
María Patiño (Ferrol, 1971) estudió periodismo por CEADE y comenzó su trabajo televisivo en Sabor a ti y Dónde estás corazón de Atresmedia en Antena3, para pasar definitivamente el año 2012 a Telecinco y encontrar su lugar. Suma a Sálvame la dirección del programa Socialité los fines de semana, producida también por La Fábrica de la Tele. Sus venas se inflaman como sierpes y la pasión le puede en el desempeño de esta profesión de la que se dice enamorada. Incapaz de cobrar la mínima distancia de cualquier cosa que se aborde, esa desmedida entrega a la banalidad, como si se tratase de asunto sustancial, es su rasgo más sobresaliente.

Sin embargo, toda esta variopinta orquesta solo puede sonar si tiene un director de primera y ese es Jorge Javier Vázquez (Barcelona, 1970), Premio Ondas en 2009. Licenciado en Filología Hispánica, cita con desparpajo, y a la vez, a Belén Esteban junto a Lorca, y ese eclecticismo es uno de sus rasgos más significativos. Cuanto más es despreciado por las elites de la comunicación más es adorado por el público. Vázquez no grita y parece ser el único capaz de ver el espectáculo desde dentro y desde fuera donde, en ocasiones, se sitúa como director teatral de su propia obra, que también interpreta. Es un gay deslenguado, con mano derecha, que se define de izquierdas (Guillermo Alonso, “El milagro de Jorge Javier Vázquez. Cómo el desprecio de las élites le convirtió en estrella y superviviente”,  El País Icon, 9-junio-2019). En ocasiones, parece mostrar interés por las polémicas, el morbo y las discusiones y, en otras, se mantiene ausente pero siempre cómodo ante la cámara que parece ser su medio natural. Como su gran jefe, Vasile, hace gala de cinismo en cantidades abundantes y oscila entre calificar el formato como propio de “rojos y maricones”, a decir que es más honrado que la “información seria” para pasar después a restarle toda importancia, más allá de los dos millones de euros que gana anualmente (El País, 2012):

¿Cuánta gente ve Sálvame? Dos o tres millones de personas. ¿Cuánta gente hay en este país? Estamos elevando a la categoría de problema algo que es anécdota. (…) ¿Por qué nos empeñamos en que le televisión tenga que ser un modelo? En mi contrato no pone que yo tenga que ser modelo para la sociedad.

La orquesta de este circo suena más o menos afinada, aunque su tono generalmente chirría. Los colaboradores se constituyen en un tribunal, casi inquisitorial, en el que se es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Los miembros del hipotético jurado podrían ser recusados uno a uno, como queda visto: el que esté libre de culpa que tire la primera piedra; pero el programa es una pedregada. ¿Será ese el motivo del surrealismo que señala Vasile?

El producto

Sálvame es un neorrealismo actualizado, donde hay personajes que se interpretan a sí mismos y se convierten en un personaje que no es un actor. Esto implica dosis de surrealismo porque al interpretar a una serie de personajes que no existen, por momentos la realidad se hipertrofia y de ahí se pasa al surrealismo.  (Paolo Vasile)

Un decorado con mucho colorín. A derecha e izquierda, mesa con sillas para los colaboradores (antes sentados en sillones y sofás) y, en el centro, el presentador/a con un fondo de plasma de gran tamaño. Esta herradura en la disposición tiene su cierre en el salón de la casa del espectador. Sin embargo, la cuarta pared se rompe (y hasta la quinta y la sexta): ocasionalmente se ve al director del programa, a las cámaras, el espacio auxiliar, y el escenario se prolonga por pasillos, camerinos e incluso baños. Hasta la entrada de servicio de Telecinco en Fuencarral se convierte en plató. Cables y cámaras persiguen al protagonista por escaleras y dependencias varias. Intempestivo directo que acusa la sensación de tiempo real, de activo presente.

Se estrena el jueves 19 de marzo de 2009 como colofón de Supervivientes y, un mes más tarde, pasa de la emisión nocturna a vespertino diario. Se divide según franjas horarias por aquello de la protección de contenidos entre las 16 h y las 21 h (Limón, Naranja y Tomate). Las noticias del corazón se alternan con secciones más o menos fijas. En una de ellas, de nombre muy significativo, “Quiero dinero”, el colaborador-concursante se somete a una serie de retos que lo que quieren es llevarlo al límite: preguntas comprometidas; meter la cabeza en una caja llena de cucarachas; limpiar un WC; enseñar las bragas; buscar un objeto en un baño de vísceras… humillaciones y torturas.

En una ocasión, Kiko Hernández le dice a su amiga Belén: –Belén, no te va a sentar bien la pregunta. -Belén: De eso se trata en este trabajo, de dar contenido, ¿no?

Se comenta la actualidad del corazón y de los personajes conocidos del país (chismografía), considerando que hay carta blanca si en algún momento han expuesto su vida en las revistas. Se glosan los realitys de turno de la misma cadena y se invita a los participantes al plató. Alternan con infructuosas conexiones, en las que los reporteros hablan mientras tienen detrás puertas cerradas o famosillos que salen a toda prisa sin decir nada, con lo que la conexión se resume a las preguntas del periodista rebotadas en las puertas del coche. Ahora llevan horas de televisión tratando la relación entre Kiko Rivera y su madre, Isabel Pantoja, sobre la deuda de la herencia que correspondería al chico de su padre Paquirrín. No sueltan la presa hasta que ha sido devorada o hasta el agotamiento.

Hace ya algún tiempo, la dirección descubre que el esquema de buscar las noticias fuera puede resultar caro. Entonces Sálvame deriva a un reality, un sociodrama que tiene como protagonistas a los propios colaboradores: sus intimidades y sus afectos y rencillas personales; encuentros, desencuentros y reconciliaciones. Muchos se rompen temporalmente y deben abandonar, el plató primero y el programa después, durante un tiempo. El resultado ha derivado en la hibridación entre reality y periodismo de corazón, casi un nuevo género televisivo.

Mirar más allá. La actual Ley de Comunicación Audiovisual es de hace diez años. Se espera una nueva que va a realizar la trasposición de la directiva europea aprobada el año 2018 y que fija una nueva franja horaria infantil preservada de contenidos perjudiciales. Reserva el 51% de emisión a obras audiovisuales europeas y hará que plataformas como HBO o Netflix financien al cine europeo con el 5% de lo que generan en España. Se apunta lo que sigue en el anteproyecto: “los servicios audiovisuales son un medio de integración y participación en la vida social y cultural”.

¿Es así verdaderamente? Casi 32 millones de españoles ven televisión diariamente. Siete de cada diez, una media de cinco horas y cuarto. Quienes más tiempo dedican preferentemente a este menester son mujeres y, sobre todo, mayores de 64 años. Son habitantes de esa Telépolis que describía en tres libros Javier Echeverría.

Vammini, ‘Desmontando la televisión’ (I. Cipriani, La televisión, p. 145)

Pero, ¿cuáles pueden ser las claves del éxito de un formato tan demencial como el de Sálvame?

  1. Subrayar más que sugerir, porque se trata de urgir, no de pensar. Todo rapidito. Al espectador hay que dárselo mascadito. Como gusta decir a algunos directivos de la cosa, “los purés se los come todo el mundo”. El programa no es de calidad porque no la pretende. La reiteración forma parte del mensaje y enseña al espectador “lo que quiere ver” (Mariola Cubells, ¿Y tú qué miras?). Sentarse en corrillo para “machacar-entrevistar-abrasar-bombardear-masajear” a un personaje conocido o a un personajillo por conocer. El objeto de trabajo no es su habilidad especial sobre alguna materia sino su vida sentimental o sexual. Igual que nacen de manera abrupta, acompañados de estas heroicidades íntimas, estos títeres mueren abrasados pero han dado, casi gratis, contenido televisivo.
  2. La clave está en rasgar la frontera entre lo privado y lo público. Entrar en la intimidad, avasallarla, mercantilizar la vida personal, prostituirla.

Habrá que pensar porqué este formato no triunfa de igual modo en Europa. No consiste en cotillear acerca de famosos conocidos por su posición social o económica elevadas: esto era la prensa rosa de antaño. Ahora se trata de sacar del anonimato a personas más o menos corrientes que venden su yo y convertirlos en fulgurantes protagonistas a cambio de que expliquen (o se les pille) en lo más privado y personal. A una sociedad como la española, que ha vivido en tiempo record el paso del mundo rural a la era urbana, se le brinda la oportunidad de que la televisión descorra el visillo (la antigua cortina del pueblo) para convertir al otro en el espectáculo principal. La pared de cristal te permite entrar en la cocina, en el dormitorio; tele-ver lo prohibido, lo que durante mucho tiempo se ha logrado conquistar que es la intimidad. La visibilidad de lo propio, la mirada de lo impropio.

Los seres humanos crean a los dioses pero los dioses también los terminan modelando. Es pulsión humana querer saber del otro hasta lo inconfesable. El hombre invisible se convierte en voyeur de las vidas ajenas. Pero así como esta pulsión existe (como otras no recomendables), parece indeseado potenciarla, y mucho menos aplaudirla. Se desarrolla hasta el paroxismo la visibilidad total; se convierte en único entretenimiento; y se presenta el producto de manera que se haga adictivo. Esta televisión no solo vive de esta nefasta pulsión de la curiosidad por la vida del otro sino que la potencia. El espectador lo sabe. Sabe que obra mal viendo lo que no debía, por eso oculta que lo hace pese a los datos que una y otra vez lo reiteran.

El televidente mira lo prohibido pero también “aprende” una brutal lección, en esta ocasión menos transparente: que el capitalismo mercantiliza con todo. Ya no está a la venta la fuerza de trabajo sino el propio yo. Todo es mercancía. Y gana la partida quien es capaz de vender en la almoneda su propia intimidad, y la de los otros. ¿Entretenimiento? Toxicidad, se llama toxicidad porque también envenena y hace peor al espectador. La solución está, no obstante, al alcance de nuestra mano: cambiar de canal o desconectar. Solo hace falta reflexionar un poco sobre esta fórmula de capitalismo salvaje y este negocio se les acabará.

 

 

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