Noticias - 22/03/21

Colas del hambre, colas de las vergüenzas

Flavita Banana, ‘Opinión’ (El País, 5-3-2020)

 

 

 

 

 

 

C.,  voluntariado del  comedor social de la

 Parroquia del Carmen de Zaragoza

 

 

 

Cuantas más cosas avergüencen a un hombre, más respetable es. (Bernard Shaw)

Más de una vez, he discutido con mi mujer sobre si estas donaciones de tiempo que hacemos (ella también), al cubrir servicios esenciales a los que las administraciones no llegan, son convenientes. ¿No sería mejor dejar que los acontecimientos se precipitasen y los políticos, cercados por la opinión pública, se vieran obligados a ocuparse de todas las tareas que hacen los voluntarios en trabajos sociales? El Estado cuenta con más medios, instalaciones y técnicos, y se crearían nuevos puestos de trabajo. La denuncia pública, el ruido mediático, a veces funciona… Pero…, ¿mientras? Mientras, hay hambre, y no digo hambre de no tener para merendar, digo hambre de no tener para comer. Entonces, alimentando alguna contradicción, un domingo sí y otro no, colaboro con el comedor social de la parroquia. La parroquia… ¿Otra contradicción a alimentar? Creo sinceramente que la mayoría de los miembros de la Iglesia, de las iglesias, son buena gente, que piensa en los demás y que, simplemente, prefieren no pensar si esa organización podría hacer las cosas de otra manera… como por ejemplo, pagando impuestos por las propiedades que tienen, como todos sus feligreses. O sí lo piensan, y hacen como yo, y vuelta a la contradicción. Ya lo decía Nietzsche, Sólo los imbéciles no se contradicen tres veces al día.

Se trata del comedor que más raciones sirve al día en Zaragoza. Antes de la pandemia, entre 160 y 180 comidas al día. Ahora, no menos de 240. Todos los días del año. Dos platos, postre, pan, fruta y agua, caldo en invierno. Todo cocinado en el día. Hasta marzo del 2020, todos comían en el comedor; ahora, por las restricciones de aforo, sólo los que no tienen domicilio, unos quince. A los demás, se les reparte en la puerta en bolsas y contenedores de plástico. Cuando el segundo plato consiste en carne de cerdo, se prepara una alternativa para los que no pueden comerla.

El acceso no es libre ni descontrolado. Todo el que quiere comer debe pasar por una entrevista con María, la encantadora trabajadora social, y recibe un carnet válido para veinte días, renovable, que debe mostrar al recoger la bolsa.

Colas para el comedor del la Parroquia Ntra. Sra. del Carmen de Zaragoza

Interior del comedor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ramón, el párroco, es un tipo orondo y bonachón, que está al tanto de todo y de todos. Pero organizar el menú diario depende de una buena planificación semanal, con varias personas que se reúnen regularmente para ello. Hay días en que se improvisa, sobre todo cuando hay que consumir algo que ha llegado sin esperarlo, en gran cantidad o cerca de la caducidad.

Casi todo  -conservas, verdura, carne y fruta- viene del Banco de Alimentos. También de excedentes de empresas y productores, como el pan. Sólo algunas veces, el pescado es adquirido por la parroquia. Que también paga los dos cocineros que se tuvieron que contratar ahora hace un año. Hasta entonces, éramos un equipo de 9-10 personas por día, ocho equipos en total, que hacíamos de todo: preparar, cocinar, servir y fregar. Pero hubo desbandada casi general de voluntarios (la mayoría somos gente mayor, las patologías, el miedo…) y nos quedamos unos pocos, que ahora hacemos de pinches de los profesionales, y fregar. En el preparado, embolsado y reparto, en la limpieza y en organizar el comedor colaboran un equipo de cinco usuarios, que reciben a cambio el beneficio de comer antes y la gratitud de la parroquia. Conocen y tratan a los comensales de “especial” atención. Como colegas del resto, saben bien cómo actuar en situaciones particulares, y son respetados por ello. También, de tanto en cuanto, aparece algún adolescente que, gentilmente acompañado por un policía, viene a cumplir con su deuda con la justicia.

Y los “usuarios”, socorrido eufemismo. Están Lucky, el nigeriano grande y simpático con el que me comunico en inglés; María, “de toda la vida”, que nos cuenta cómo va lo del resfriado del nieto; el señor de traje raído y corbata antigua, muy educado y siempre agradecido;  Abdul, que hace uso de su particular bula cuando las sardinas de alternativa no le apetecen; el temporero, que viene de “la naranja” y va a “la fresa”; y, en fin, está el que siempre protesta y se queja de todo… como en la vida misma. Los mismos estereotipos, las mismas personas que nos podemos encontrar en cualquier otra fila.

Y también está Josefa, mi vecina de escalera durante muchos años en los que fielmente atendió en las labores del hogar a Don Antonio, sacerdote. El hombre falleció, la mujer se quedó sin ingresos y sin techo. Nos vemos todos los días, ella evita mi mirada, yo la complazco y no busco la suya. Y es que la mayoría no nos miran a la cara. Da más vergüenza ser pobre que ser rico, aunque la vergüenza, como el orgullo, sólo nos lo debería producir aquello que elegimos libremente. No tiene mérito que te toque la lotería. Y, en cualquier caso, ¿no deberían pasar más vergüenza quienes, debiendo por ley poner los medios, ceden su obligación a terceros, que basan su labor en el voluntarismo y la limosna?

Dice Saramago: “Para quien pasa hambre la realidad no es huidiza, es algo que está allí. Se puede filosofar mucho acerca de la realidad, de si lo que vemos es lo que es y todo eso, pero hay que reflexionar sobre los hechos que tienen que ver con la situación del mundo”.

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