Cultura y Sociedad - 15/10/21

La división del trabajo y el cambio

 

 

 

 

 

 

Son muchas las cosas que no cambian de la naturaleza humana. Como cualquier otro animal, buscamos comida, deseamos sexo, cuidamos a las crías, evitamos el dolor. De manera específica, la especie ríe, canta, habla y tiene sentido del humor, inventa religiones, posee conciencia de la finitud, engaña, hace arte, goza de talento para el aprendizaje social y la imitación. Si pudiésemos viajar en el tiempo (si lo hacemos en el espacio), nos percataríamos de que hay mucho de nuestra vida que no se ha visto modificado en absoluto, sea cual fuere el lugar y la cronología.

Sin embargo, el mayor rasgo distintivo de la humana condición es el cambio, el cambio acumulado. Como afirma Matt Ridley (El optimista racional):

Lo que yo argumento es que el interior de nuestras cabezas no es el lugar donde encontraremos una explicación a esta extraordinaria capacidad para el cambio en la especie. No es algo que haya pasado dentro del cerebro, sino algo que pasó entre cerebros. Fue un fenómeno colectivo.

Se modifica la cultura y no la naturaleza. Aquella interactúa con la evolución biológica y el resultado es que la inteligencia humana se hace colectiva y acumulativa como no ocurre con ningún otro animal. Sigo a Ridley. Mientras escribo esto hay delante de mí dos artefactos distintos: un ratón inalámbrico y un hacha de mano de la Edad de Piedra, ambos diseñados para amoldarse a la mano humana. El primero ha sido confeccionado por muchas sustancias y contiene y refleja variadas ramas del conocimiento; el segundo es de una sola sustancia y ha sido realizado por un único individuo mientras que el ratón ha necesitado a miles de personas, muchas de las cuales desconocían que su trabajo iba a desembocar en este resultado. Porque no hay una persona que sepa hacer un ratón por sí solo ya que quien lo armó en la fábrica no tiene ni idea de cómo extraer el petróleo que produjo el plástico y viceversa. La especialización y el intercambio dan como resultado la división del trabajo que nos permite hacer algo por otras personas que, a su vez, cubren algunas otras de nuestras necesidades o deseos. Es lo contrario de la autosuficiencia. Es, también, una fábrica de tiempo libre porque ya no requerimos levantarnos cada mañana para abastecernos solamente con nuestros propios recursos. Esta es la clave del cambio, del crecimiento. Adam Smith lo explica así en La riqueza de las naciones:

Esta división del trabajo, de la cual se derivan tantas ventajas, no es originalmente el efecto de una sabiduría humana que haya predicho y tenido como intención la opulencia generalizada que ha hecho posible. Es más bien la consecuencia necesaria, si bien muy lenta y gradual, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no contempla dicha utilidad tan extensa; la propensión al trueque, a canjear y a intercambiar una cosa por otra.

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Permítaseme una apostilla concerniente a algo que tiene que ver con cómo se vive la división del trabajo en nuestras latitudes. Uno de mis hermanos es músico y ha viajado mucho por el mundo. Su oficio es dado a convivir con afinadores de guitarras, técnicos de iluminación, montadores, compositores, instrumentistas, intérpretes… Jamás se ha encontrado con lo que aquí se estila: que quien pone el atril para el concierto se crea el cantante; que el cantante vaya de compositor; que el que ilumina el escenario se ve como el artista; que quien afina la guitarra se considere intérprete… Sin embargo, lo habitual es que cada cual quiera conseguir hacer bien su oficio y no pretenda usurpar el papel del otro. Se trata de una complaciente división del trabajo que sería bueno imitar.

 

 

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