Cultura y Sociedad - 09/12/21

En la muerte de José Juan Chicón

Sonrisas en la mochila

Luis Granell, que fuera director del Andalán de papel durante unos años, escribe esta peculiar despedida/recuerdo de otro de los compañeros de otrora, al que todos preferimos recordar en aquellos buenos tiempos. Otro golpetazo más, amigos. Andalán

Debo confesar que cuando, el 3 de diciembre pasado, escuché por la radio la noticia de la muerte de José Juan Chicón, no me sobresalté. Y no porque la esperara, sino porque, de unos años a esta parte, a uno le ha tocado despedir ya a muchos amigos y la costumbre hace callo. Edad obliga. Tampoco se apoderó de mí la tristeza, a pesar de que la noticia era triste. Porque enseguida vinieron a mi mente buenos recuerdos de peripecias y trabajos vividos a su lado. La mayoría, claro, relacionados con nuestra común profesión de periodistas.

 

 

El primer recuerdo fue el de una mañana del mes de abril de 1974. Todavía estábamos bajo la dictadura, pero el movimiento obrero estaba muy activo. Y no solo en Zaragoza. Nos avisaron de que los trabajadores de Minas y Ferrocarril de Utrillas se habían puesto en huelga y sus representantes se habían encerrado en el pozo Pilar, el último abierto por esta empresa que se dedicó a extraer lignito y trasladarlo primero a Zaragoza y luego a las centrales termoeléctricas de Escucha y Andorra. Yo era entonces secretario de redacción de Andalán y, en el quincenal, estaba a cargo de una sección de información laboral. Había que cubrir esa información, pero no tenía coche. José Juan sí, un Seat 600 en el que ambos nos trasladamos hasta esa localidad minera.

Aquellos eran otros tiempos y nadie quiso darnos información de lo que estaba pasando y mucho menos dejarnos entrar en la empresa y bajar al pozo en el que estaban los encerrados. Ya que no de los protagonistas, quisimos hacer algunas fotos para ilustrar el reportaje y salimos por la carretera de Teruel buscando un buen lugar para fotografiar la estructura metálica del pozo Pilar y, cuando lo encontramos, dejamos el coche en la cuneta y nos dispusimos a hacer las fotos. A los pocos instantes se detuvo junto a nosotros un Seat 1.500 negro, del que bajaron cuatro hombres trajeados y con corbata que vinieron hacia donde nos encontrábamos. No tuvimos ninguna duda: eran policías; más concretamente, miembros de la temida Brigada Político-Social.

Lo que estábamos haciendo no era ilegal, pero en aquellos tiempos todo podía suceder. Pero no sucedió nada porque, cuando llegaron a nuestro lado, reconocí entre ellos a un antiguo compañero del colegio en el que cursé el Bachillerato, del que ignoraba que hubiera accedido al entonces llamado Cuerpo Superior de Policía. Él también me reconoció y me preguntó qué hacíamos allí. Le respondí que lo mismo que él: trabajar. Así que se fueron y no hubo más consecuencias que el susto inicial.

Fracasado nuestro intento de conseguir información in situ, José Juan y yo nos desplazamos hasta Teruel donde, afortunadamente, un letrado del sindicato vertical, que más tarde, en la transición, se afiliaría al Partido Socialista de Aragón y jugaría un papel destacado en la política provincial, nos dio los datos clave que a mí me permitieron informar en la sección “Aragón Laboral” y también en los periódicos de Madrid y Barcelona de los que era corresponsal, y a José Juan hacer un extenso reportaje que se publicó en el Andalán de la primera quincena de mayo.

A él, que trabajaba en Radio Zaragoza, le atraían más para Andalán los reportajes extensos y valorativos que la información pura y dura. No formó parte del Equipo inicial, ni de la posterior Junta de Fundadores, pero él se sentía un hombre de la casa. Repaso ahora los índices de nuestro periódico y recupero otros temas que abordó en sus páginas: los barrios y el movimiento vecinal, comarcas, cultura, educación, política… A José Juan no le iba centrarse en un tema, ni limitarse a la información inmediata que podía hacer en su emisora, ni ajustarse a los límites que en ella encontraba en ocasiones.

Era un hombre de acción. Lo digo por el segundo recuerdo que vino a mi mente cuando conocí su muerte. Fue solo unos pocos meses después de lo de Utrillas. El 18 de julio de 1975, aniversario de la inauguración del ferrocarril de Canfranc, que Francia había cerrado cinco años antes, el Sindicato de Iniciativas y Propaganda de Aragón (SIPA) organizó un “tren memorial” que subió hasta la estación pirenaica para reivindicar su reapertura. Fue un viaje singular, plagado de incidencias, de un convoy en cuyos departamentos viajaron desde el presidente de la Diputación Provincial de Huesca y otros prohombres del régimen, hasta la, ilegal por supuesto, Junta Democrática de Aragón. José Juan, ayudado por los técnicos de la radio, montaron altavoces en los coches y se inventó “la radio del tren”. Por su micrófono fueron pasando los principales protagonistas de la jornada, incluidos los miembros de partidos políticos ilegales. Fueron unas horas de radio totalmente libre en tiempos en los que hasta las emisoras privadas estaban obligadas a conectar con Radio Nacional de España para dar información.

Por aquel entonces se habían creado las facultades universitarias de Ciencias de la Información, así que José Juan y yo, junto a varios otros compañeros zaragozanos, nos matriculamos en la de la Universidad Complutense. Al recordarlo hace unos días, por mi mente desfilaron los recuerdos de nuestros viajes de seis horas, en el expreso nocturno Barcelona-Madrid, para asistir a las clases de tutorías que en aquel centro nos daban los sábados a periodistas que llevábamos años viviendo del ejercicio de nuestra profesión. También los de las sesiones en las que las preparábamos en Zaragoza, casi siempre en su casa. Su hija Natalia era una niña preciosa que respetaba nuestro trabajo, pero su hijo Diego, creo que nacido el año anterior, se colaba en la habitación donde trabajábamos y se metía bajo la mesa, buscando las rodillas de su padre. Laura, la hija menor, todavía no había nacido. Sonreí al recordarlo, como sonrió el propio Diego cuando se lo comenté el otro día en el tanatorio.

Años después vino la enfermedad y el voluntario apartamiento de José Juan de Andalán y aún de toda actividad profesional. Podría extenderme aquí sobre la evidencia de que nuestro estupendo sistema de salud pública tiene un déficit terrible en lo que a salud mental respecta. Pero no lo haré. Prefiero quedarme con esas sonrisas, con esos gratos recuerdos de la parte de mi vida que compartí con él y que, como ocurre con tantos que ya se han ido, voy guardando en la mochila de la vida. Me acompañan y me dan paz.

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