Historia y Política - 19/12/21

La democracia portuguesa es más inclusiva y participativa que la española

fishman

 

 

Acaba de caer en mis manos un libro titulado Práctica democrática e inclusión. La divergencia entre España y Portugal del profesor de Ciencia Política y Sociología de la Universidad Carlos III, norteamericano casado con una española, Robert M. Fishman. El objetivo fundamental es comparar la calidad de la democracia en España y Portugal. Detrás de esta publicación hay 30 años de investigación. Con mucho trabajo directo con entrevistas a personajes del ámbito político, mediático, educativo en ambos países, como también una fundamentación bibliográfica impresionante. Me ha llamado la atención el enfoque muy original de comparar la evolución de la democracia en ambos países ibéricos. Y que tiene, por lo menos debería tener, gran interés para la sociedad española, ya que sirve para conocer la salud de nuestra democracia y además para subsanar ese un gran vacío informativo sobre el país luso. Los españoles desconocemos prácticamente todo lo que acontece en ese país vecino.

Empezando por el final, la principal conclusión del libro es que la democracia portuguesa es mucho más inclusiva y participativa que la española. Pero hay razones de peso. Tiene que ver con las grandes diferencias en el proceso de transición de la democracia en ambos países. En Portugal hubo una ruptura con la dictadura. En España fue una reforma, un proceso perfectamente controlado por parte de personajes provenientes de la dictadura. En alguna ocasión he comentado y escrito artículos sobre el proceso de la transición española, con título muy claro Atado y mal (bien) atado. En Portugal fue diametralmente distinto. La Revolución de los Claveles del 25 de abril fue en sus inicios una operación militar dirigida por veteranos de las cada vez más infructuosas guerras coloniales en África. La clave es que fueron los capitanes y no los generales o coroneles los que dirigieron la rebelión contra la dictadura. El hecho de que fuera dirigido por subordinados jerárquicos iba a tener enormes consecuencias para lo que siguió y para la construcción de determinada cultura democrática. Eso hizo que la cohesión y la disciplina interna de las Fuerzas Armadas se fuera deshaciendo y que el Estado perdiera la capacidad de utilizar la cohesión y la fuerza para limitar las reivindicaciones y las movilizaciones sociales, una dinámica característica de las revoluciones sociales. El contraste con España es total. La jerarquía del ejército se mantuvo en todo momento y las movilizaciones sociales, que las hubo, fueron cortadas por las fuerzas del Estado, como la policía. A lo largo de la transición española, altos cargos del Gobierno, como el ministro del Interior de Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa, y su predecesor con Arias Navarro, Manuel Fraga Iribarne, hicieron uso sin contemplaciones de la policía para evitar que las manifestaciones y huelgas de la oposición sobrepasaran los límites de la legalidad vigente. Según cuenta Martín Villa, durante su mandato como ministro del Interior: “Todos los días a primera hora de la mañana me reunía con los ayudantes para ver qué manifestaciones iban a tener lugar en toda España”. Esto le permitió preparar unidades policiales para evitar que las manifestaciones empujaran el proceso de cambio más allá de los cauces institucionales diseñados por los reformistas del régimen. Mientras que en Portugal las multitudes en la calle ayudaron a empujar el proceso de cambio en direcciones que reflejaban las preocupaciones y presiones sociales expresadas desde abajo, en España esas presiones fueron muy bien controladas. En ocasiones, ese control fue violento. Según Ignacio Sánchez-Cuenca, cada año de la transición española hubo al menos veinte víctimas mortales por el uso de la fuerza coercitiva del Estado, en manifestaciones, controles policiales, u otras circunstancias. El incidente más grave ocurrió en Vitoria, en marzo de 1976, durante la etapa de Manuel Fraga, como ministro de la Gobernación, con 5 muertos y muchos heridos. Esa diferencia hace que en los dos países se construya de manera muy diferente la idea de lo político y de la propia democracia. Se han creado culturas políticas diferentes. Podemos verlas en diferentes hechos. Me fijaré en los diferentes tratamientos o manifestaciones de las manifestaciones en la calle, de las políticas de empleo, de los medios de comunicación y de la educación.

En Portugal ha habido y persiste una gran sensibilidad de los gobernantes hacia las demandas que vienen desde abajo, lo que no quiere decir que las asuman todas. Sin embargo, en muchas ocasiones han cedido ante ellas y eso ha ocurrido con gobiernos de izquierdas y de derechas. En 2012, en plena crisis, ambos países tenían ejecutivos de derechas y en Portugal fueron capaces de asumir demandas de las masivas movilizaciones y, además, reconocerlo ante la opinión pública. Un político portugués, que fue ministro en la época de la Revolución, cuenta que muchas veces se asomaba a la ventana junto al primer ministro para observar a los manifestantes que estaban delante de la sede del Gobierno y se daba cuenta, dice él, de que más que un actor político era un espectador. No creo, señala Fishman, que haya ningún político español que diga eso. Sería muy difícil encontrar declaraciones similares en un gobierno de derechas en España, donde incluso los gobiernos de izquierda o centroizquierda han visto a los manifestantes, en algunas ocasiones, como algo preocupante, como un enemigo antisistema. Esperanza Aguirre, la entonces líder del PP de Madrid, sugirió en 2011 que el movimiento en gran escala de los indignados del 15M era precursor del totalitarismo. Lo cual es extraordinario grave, ya que es una muestra inapelable de desconocimiento de la esencia de la democracia. Porque, vamos a ver. ¿Cómo un político de tal relevancia, que gana las elecciones autonómicas en Madrid por mayoría absoluta, puede asociar al totalitarismo a un movimiento masivo de protesta social pacífica que ayudó a dar forma al surgimiento poco después del movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos? Igualmente, otra gran diferencia. Mientras las marchas de protesta portuguesas acaban en las escaleras del Parlamento-en ocasiones llevando sus demandas al interior para ser escuchados por los representantes de los partidos presentes en la Asamblea de la República; en España está prohibido hacerlo. La prohibición original española de este tipo de conductas está incorporada en el artículo 77.1 de la Constitución: Las Cámaras pueden recibir peticiones individuales y colectivas, siempre por escrito, quedando prohibida la presentación directa por manifestaciones ciudadanas. Posteriores disposiciones legales han consolidado esta exclusión. No obstante, recientes manifestaciones se han realizado frente al Congreso. Ah, pero siempre ha habido colectivos privilegiado. ¿No somos todos iguales ante la ley? Cuando los manifestantes no están intentando tomar el poder, sino simplemente quieren expresar su descontento y / o influir en la toma de decisiones deben ser escuchados. El papel del ciudadano no acaba en el momento de votar y eso lo entienden muy bien los gobernantes portugueses. Ya no lo tienen tan claro la mayoría de los políticos españoles. La postura expuesta por Fishman va en la línea expuesta por Eric Hobsbawm, para el cual:Las marchas callejeras son votos con los pies que equivalen a los votos que depositamos en las urnas con las manos”. Y es así, porque los que se manifiestan eligen una opción, protestan contra algo y proponen alternativas. La acción colectiva en la calle, como acto de multitud o de construcción de un discurso, expresa una diferencia u oposición, muestra una identidad, y se transforma de lo particular a algo más general y cuando se mantiene en el tiempo se convierte en un movimiento social. La historia nos enseña que si en la sociedad democrática no se produjeran estas oleadas de movilización por causas justas no habría democratización, es decir, no habría la presión necesaria para hacer efectivos derechos reconocidos constitucionalmente, ni la fuerza e imaginación para crear otros nuevos. Todo esto les resulta difícil de entender a nuestros representantes políticos españoles. Con frecuencia, las sociedades se incomodan con los movimientos y aún los consideran peligrosos y nocivos. Solo cuando triunfan reconocen sus bondades e integran sus conquistas a la cultura e institucionalidad vigentes. Ardua tarea, a veces se necesitan siglos para alcanzar algunos derechos: jornada laboral de 8 horas, descanso dominical, sufragio universal, igualdad entre hombre mujer. En definitiva, con movilizaciones se han civilizado y avanzado las sociedades que hoy conocemos como modernas y democráticas. Según Boaventura de Sousa Santos «Los momentos más creativos de la democracia rara vez ocurrieron en las sedes de los parlamentos». Ocurrieron en las calles, donde los ciudadanos indignados forzaron los cambios de régimen o la ampliación de las agendas políticas.

Pasemos ahora a las políticas de empleo. El desempleo ha sido mayor en España que en Portugal durante prácticamente todo el periodo democrático. Solo durante un breve tiempo a fines de 2066 y principios de 2007-en el período de la burbuja inmobiliaria y de la construcción en España- se invirtió la posición relativa de los dos países, pero esa inversión duró poco tiempo. Durante el año siguiente, el desempleo portugués descendió, mientras que el español ascendió hasta niveles muy superiores al 20%. Un ejemplo de dar respuesta a las demandas sociales, es la prioridad política de creación de empleo. Según Fishman hay tres razones de esta mejor situación del empleo en Portugal que en España. Primero, la diferencia en la estructura y el funcionamiento del sistema financiero. En Portugal, el banco más importante es público y entiende que su misión es servir a intereses públicos. Eso hace que se preocupe por los créditos a las pequeñas y medianas empresas y, por lo tanto, por la creación del empleo, el gobierno socialista español optó en cambio por reprivatizar dos bancos que habían sido nacionalizados por medidas de emergencia.

Por otro lado, la temprana y masiva incorporación de las mujeres portuguesas al mercado laboral. Hay una teoría de Esping-Andersen que defiende que la incorporación de las mujeres es especialmente importante para que haya empleo suficiente en una economía posindustrial. Y eso es lo que ocurrió en Portugal inmediatamente después de la Revolución, junto con otros cambios sociales muy profundos. Con altos niveles de empleo de las mujeres, los hogares disponen de más fondos, pero menos tiempo que en el modelo tradicional de empleo del hombre como sostén de la familia. Numerosas tareas, como los cuidados a niños y a la familia se externalizan y se crean más puestos de trabajo.

Por último, las diferencias de los expertos y políticos con cargos institucionales de relevancia que formulan y toman decisiones públicas. En Portugal, han mirado hacia los neokeynesianos y se han preocupado fundamentalmente por la creación de empleo. Han escuchado a economistas progresistas estadounidenses como Stiglitz y Krugman. En España, durante la transición, se enfrentaron a dos grandes problemas: inflación y desempleo; y decidieron dar prioridad a la lucha contra la inflación. Además, que en España ha dominado la idea de que son el mercado y la regulación del mercado de trabajo los elementos que influyen en la creación de empleo. ¡Vaya fracaso! Mas en esta vorágine neoliberal, nunca faltan economistas prestos a satisfacer los intereses de las clases dominantes, para construir modelos macroeconómicos adecuados. Como señaló con gran perspicacia el exministro griego Yannis Varoufakis, la economía es poco más que ideología con ecuaciones.

Los medios de comunicación tienen una gran relevancia a la hora de construir una democracia. Una cobertura informativa de alta calidad e inclusiva es esencial para que los ciudadanos se informen plenamente sobre los asuntos públicos, como condición previa para una participación cívica activa. Jeffrey Alexander articuló muy bien la importancia de los medios de comunicación: “El hecho de que se produzcan movimientos de protesta no garantiza, por sí mismo, que vayan a ser representados públicamente en los medios de comunicación y mucho menos que vayan a ser representados de una manera civilizada que suscite simpatía del público por el movimiento y la posible identificación con él”. Muy en consonancia con el resto de la práctica democrática posrevolucionaria e inclusiva de Portugal, los periodistas portugueses se han comprometido a informar de las voces de todos los actores democráticos, incluidos los de medios económicos o poder político muy limitados. Justo después de que Cavaco Silva ganara la presidencia, en el que iba a producir un desalojo forzoso de migrantes de un asentamiento ilegal en los alrededores de Lisboa, en Amadora, los principales canales de televisión cortaron la emisión de sus programas para entrar en directo desde esa barriada con entrevistas a las personas afectadas.

Los importantes trabajos de Víctor Serrano sobre la cobertura periodística en España de movimientos sociales como Nunca Mais, los insumisos antiguerra, entre otros, muestran que su tratamiento ha sido muy desigual, presentándolos como elementos disruptivos, en lugar de mostrar sus demandas de fondo. El análisis de Jaume Asens sobre la cobertura de prensa del movimiento okupa en Barcelona ha dado resultados similares. En una entrevista Enric Bastardes, de julio de 2008, líder dela Federación Española de Sindicatos de Periodistas, manifestó el desinterés de los directivos de los medios de comunicación por las voces de protesta, y la falta de voluntad de la mayoría de los periodistas de base para desafiar a estos directivos. Algunos periodistas españoles han señalado que tienen una presión desde arriba para transmitir una determinada versión de los hechos. En Portugal eso es inconcebible. Los periodistas lusos entienden que tienen una autonomía de interpretación completa y la defienden a ultranza. Además, asumen que tienen la responsabilidad ética de dar cabida a todas las voces, también las de los más desfavorecidos. Según entrevistas de Fishman a periodistas portugueses, estos le señalaron que esta práctica de control de facto de los reporteros sobre el contenido completo de las noticias se inició cuando la revolución. Allí la mayoría de los periodistas escuchan a la gente con poco poder. El contraste con España es brutal. Nada más hay que ver el tratamiento de criminalización de las grandes cadenas y medios a movimientos como los okupas, stop desahucios. ¿Tiene algo que ver con el hecho de que los grandes bancos son grandes poseedores de viviendas, así como la publicidad de empresas como Securitas?

Es una obviedad que la escuela otra institución básica a la hora de construir una democracia. El sistema educativo público tiene un papel vital que desempeñar en la democracia; solo un compromiso activo de las escuelas y de los profesores con la potenciación de las capacidades cívicas de los alumnos puede crear una ciudadanía ampliamente competente y con compromiso cívico. La práctica dentro de las escuelas públicas de los dos países también varía considerablemente. Un estudio del sociólogo Stephen Stoer sobre el sistema educativo portugués ha constatado que la revolución dejó como legado en las escuelas un ethos participativo: “Una pedagogía radical que trató de fomentar la libertad personal y la autonomía de los estudiantes”. Un destacado sociólogo español de la educación Fernández Enguita, cuyo trabajo se basa en la práctica dentro de las escuelas, ha argumentado que en España la práctica y el entendimiento relativamente jerárquico se vio reforzado dentro del escenario de la democratización en España. Otros expertos aducen que incluso cuando las reformas institucionales en España han pretendido promover una pedagogía innovadora y de capacitación, la práctica real dentro de las escuelas ha ido sustancialmente a la zaga de dichas iniciativas de reforma. Las entrevistas de Fishman en las escuelas portuguesas y españolas confirman este contraste. Luis Costa, profesor de Educación Cívica y de Educación Física en la ciudad portuguesa de Quelluz, sobre los órganos electivos dentro de la escuela, reflexionó: “Hay mucha discusión, mucho desacuerdo, muchas horas. Se necesita mucho tiempo para llegar a un consenso; intentamos llegar a un consenso”. También relató que explicaba a los alumnos sus derechos y las formas de manifestarse para defenderlos. También informaba a los alumnos de las manifestaciones programadas en Lisboa. ¿En los institutos españoles se hablaba de los indignados del 15M? Algún compañero profesor me decía que no entraba en el programa. Hablando de sus alumnos, Sara, profesora de Filosofía en un instituto de Lisboa, explicó: “Intentamos abrir sus mentes para que piensen por sí mismos, no como sus padres. El profesor es alguien que intenta desarrollar las capacidades de los alumnos y no se limita a trasmitir información”. Muchos profesores españoles también se sienten llamados a desempeñar ese papel –como mostraron en algunas entrevistas-, pero otros colegas suyos tienen una concepción más tradicional centrada en los contenidos de sus responsabilidades curriculares como profesores.  Elvira, una profesora madrileña comprometida con los esfuerzos innovadores para despertar las capacidades de sus alumnos, informó en una entrevista que pudo conseguir ese objetivo en una escuela gracias al apoyo de sus colegas, pero no en otra en la que le faltaba el apoyo. En un caso más desalentador, una profesora, con el seudónimo de María que pretendía innovar, en la escuela pública más prestigiosa de una capital de provincia al sur de Madrid, lamentó que tanto las actitudes jerárquicas como la rigidez profesional de algunos profesores y administradores se interpusieran en sus intentos de despertar las capacidades culturales de los alumnos. Fishman destaca que en ningún profesor portugués entrevistado pudo constatar impedimento o desaliento alguno.

Otras evidencias apuntan en la misma dirección. TALIS, una encuesta transnacional de profesores patrocinada por la OCDE, encuentra una gran diferencia en la forma de evaluación de los profesores. Los profesores portugueses más que los españoles son mucho más propensos a informar de que los comentarios de los alumnos desempeñan un papel importante en sus evaluaciones profesionales. La inclinación portuguesa por escuchar atentamente las voces de los estudiantes no se ha limitado a las evaluaciones formales de los profesores. En una reunión de 2016 organizada por el ministro de Educación orientada al debate con estudiantes en Leiria, una ciudad del centro de Portugal, un estudiante presente señaló: “No queremos ciudadanos formateados, queremos ciudadanos del mundo”. La práctica institucional, tanto en los medios como en la escuela, ha sido más participativa, desjerarquizada e inclusiva en Portugal que en España. Este contraste entre ambos países es, según Fishman, producto de los divergentes caminos a la hora de implantar la democracia, como hemos comentado ya.

 

Publicado en NuevaTribuna y Público 16 de dciembre de 2021

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